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MIEDO AL ACUERDO DE LA UE CON LOS PAÍSES DE MERCOSUR

Arroz amargo: la crisis del precio pone al cultivo centenario en una situación límite

Foto: KIKE TABERNER
8/04/2018 - 

VALÈNCIA. “Al salir del canal, la barca-correo comenzó a deslizarse por entre los arrozales, inmensos campos de barro líquido cubiertos de espigas de un color bronceado. Los segadores, hundidos en el agua, avanzaban hoz en mano, y las barquitas, negras y estrechas como góndolas, recibían en su seno los haces que habían de conducir a las eras. En medio de esta vegetación acuática, que era como una prolongación de los canales, levantábanse a trechos, sobre isletas de barro, blancas casitas rematadas por chimeneas. Eran las máquinas que inundaban y desecaban los campos, según las exigencias del cultivo. Los altos ribazos ocultaban la red de canales, las anchas ‘carreras’ por donde navegaban los barcos de vela cargados de arroz. Sus cascos permanecían invisibles y las grandes velas triangulares se deslizaban sobre el verde de los campos, en el silencio de la tarde, como fantasmas que caminasen en tierra firme”.

El novelista Vicente Blasco Ibáñez ha sido quizás la voz que mejor ha retratado la València del tránsito del XIX al XX, una forma de vida de la que aún quedan muchos vestigios. El fragmento anterior corresponde a Cañas y barro, escrita en 1902 y considerada como una de las mejores novelas españolas del siglo XX. Su retrato de la Albufera, de la València del Palmar, forma parte de la iconografía local, como los cuadros de Sorolla. Cien años después la vida de los agricultores del arroz valencianos es considerablemente mejor, pero no menos dura. Es una forma de vida exigente, sacrificada y ahora, además, está en peligro de extinción por la presión de los mercados y los acuerdos internacionales.

Fue el pasado mes de febrero cuando Miguel Minguet, miembro del comité ejecutivo de AVA-Asaja, dio la voz de alerta. En un comunicado remitido por la asociación de agricultores, Minguet advertía de los peligros que conlleva el acuerdo que la Unión Europea prepara con Mercosur (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay) para importar 45.000 toneladas de arroz con arancel reducido, un pacto que, vaticinó, tendrá consecuencias “perjudiciales” sobre el sector arrocero de Europa, español y valenciano. Minguet había participado en una reunión celebrada en Bruselas a la que asistieron el director general de Comercio Internacional de la Comisión Europea, John Clarke, el secretario general del COPA-COGECA, Pekka Pesonen, y los representantes de la carne de vacuno y del azúcar, puesto que estos productos, junto al arroz y también cítricos, figuran entre los más sensibles a las consecuencias negativas del acuerdo comercial con los cuatro países del Mercosur.

Las importaciones por parte de la UE de arroz procedentes de Asia (Tailandia, Camboya o Vietnam) se han disparado los últimos años empujadas por la firma de sucesivos acuerdos comerciales. Esto se ha traducido en que en Italia, los precios “se han hundido” y esa tendencia comienza a contagiar al resto de países comunitarios, indicaban desde AVA-Asaja. Es por ello, decía Minguet, que sería “una barbaridad” favorecer la entrada de arroz de los países del cono sur en condiciones ventajosas ahora el equilibrio comercial del sector en la UE es “muy precario”. Los arroceros se enfrentarían a “un efecto pinza” en el mercado por la doble presión de los arroces de Asia y los procedentes de países como Uruguay o Estados Unidos. Una concesión que sólo se explicaría por la intención de la Comisión Europea de firmar “nuevos acuerdos para introducir automóviles y productos manufacturados en esos países utilizando la agricultura como moneda de cambio”, afirmó Minguet.

Foto: KIKE TABERNER

El motivo por el que estos arroces son considerablemente más baratos lo explica el decano del Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Levante, Baldomero Segura. “Los procesos productivos son sustancialmente diferentes tanto en lo que afecta a los factores de producción utilizados como al coste de los mismos, en particular la mano de obra. A esto hay que unir la normativa medioambiental vigente en la Unión Europea, que también tiene un impacto negativo en el coste de producción, por lo que resulta muy difícil competir en precios ahora que los costes de transporte se han reducido y la posición geográfica o proximidad a los mercados no influye tanto”. Es por eso que Segura plantea que un buen filtro sería “la exigencia de cumplir en origen las mismas reglas medioambientales que en la UE”.

Desde el colegio de ingenieros agrónomos entienden que para mejorar la situación habrá que iniciar además otro tipo de iniciativas. Partiendo de que no se va a renunciar a “nuestros derechos laborales, a la protección del medio ambiente y de nuestra salud, para mejorar la situación”, el objetivo debe pasar, por una parte, por minimizar costes y, por otra, “incrementar el valor de nuestras producciones”. “Si no podemos competir por precio, tendremos que competir con otras “cosas”. 

En el primer punto, los ingenieros agrónomos creen que todavía queda margen para optimizar los costes de producción actuando sobre las estructuras agrarias y sobre los medios. Pero es en el segundo punto donde creen que hay mucho más camino por recorrer. “La explotación arrocera puede mejorar su rentabilidad diferenciando su producto y rentabilizando sus externalidades”. Es aquí donde desde el colegio valoran estrategias como las que lanza la Denominación de Origen para la puesta en valor de la producción o como las que están emprendiendo algunos productores para “crear marca” y diferenciar su producto, como la recién experiencia de producción ecológica, o como la de recuperar variedades y ponerlas en valor, como se ha hecho recientemente con la variedad bombón.

Rentabilizar las externalidades de la producción es un concepto marcado por la política agraria comunitaria y sobre el que el Colegio de Ingenieros Agrónomos viene trabajando durante años para reclamar un ordenamiento que lo facilite. “La idea es muy clara”, explican: “si el cultivo del arroz, además de producir alimento, produce otras cosas, como paisaje, recursos faunísticos, de flora… se debe propiciar que los agricultores lo puedan explotar para obtener rentas a partir de ellos. Opciones existen tantas como ideas: las relacionadas con el turismo, con la gastronomía…”. Unas medidas que contribuirían también a preservar el Parque Natural de l’Albufera, que “es lo que es en una gran parte por la actividad agraria que en él se desarrolla. Si se pierde la actividad, se pierde el parque”.

Foto: KIKE TABERNER

Una pérdida que también será patrimonial, porque el arroz no es sólo un cultivo o un medio de producción. Ha estado presente en la historia de la ciudad y del reino centenares de años, si bien no siempre como cultivo industrial. Ferran Esquilache, especialista del Grup Harca sobre el tema, explica que su presencia es prácticamente milenaria porque “llegó a la Península Ibérica muy probablemente hacia el siglo VIII con los primeros musulmanes, tras la conquista del 711, los cuales trajeron con ellos la irrigación y numerosas plantas similares que en Occidente no eran conocidas”. Aunque apenas hay noticias de su cultivo en al-Ándalus “porque apenas hay documentación de esta época”, recuerda Esquilache, “es evidente que se producía pero no parece que fuera en grandes cantidades”.

Tras la conquista cristiana de Jaume I, en el siglo XIII, su cultivo pasó a los nuevos colonos cristianos que adoptaron la planta. “En el siglo XIII sabemos que ya se producía en pequeñas cantidades y además hay documentados en la Huerta de València molinos de picar arroz (es decir, para separar la cáscara del grano). Ahora bien, al contrario que en la actualidad, y a pesar de lo que la mayoría de la gente cree, en la Edad Media el arroz no se cultivaba en los marjales, sino en medio de la huerta –como los campos de alcachofas, melones o cebollas que vemos en la actualidad–, y esto conllevaba conflictividad puesto que, además de consumir mucha agua, al mantener los campos inundados se producían filtraciones a los campos vecinos, que podían estar plantados de trigo o viña, y afectaba a estas plantas por exceso de agua”. Una explicación, otra más, que permite recordar el porqué de instituciones tan singulares como el Tribunal de las Aguas.

Pese a todos estos problemas, el alto rendimiento económico del arroz provocó su paulatina expansión en los campos valencianos. Su éxito y singularidad era tal que prácticamente toda su producción iba dirigida a la exportación. Así, Esquilache recuerda que en los tratados de comercio italianos medievales “el arroz aparece como una exclusividad valenciana en el Occidente europeo”. Y es que, a excepción de unos contados terrenos en Murcia, se puede decir sin ánimo de exagerar que el arroz era un monopolio valenciano. En el delta del Ebro no comenzaron a plantar arroz hasta el siglo XIX, y en las marismas del Guadalquivir fue a principios del siglo XX. Cuando el Reino de Valencia se integró hacia el siglo XIV en las rutas comerciales marítimas de cabotaje que unían las repúblicas italianas con Flandes y el norte de Europa, el arroz pasó a ser, junto con el azúcar y otros productos como el azafrán, “el producto estrella que se podía cargar en los puertos valencianos”. “Además con gran éxito entre las clases altas europeas por su exotismo”.

Visto desde la perspectiva actual puede resultar chocante que pese a su éxito el arroz no fuera el producto mayoritario en la huerta valenciana. Para entender esta aparente contradicción, Esquilache recuerda varios aspectos. El primero de ellos, que en la sociedad feudal primaba antes el consumo propio o de los alrededores que la producción para exportar. “Ni el arroz ni el azúcar ocuparon nunca la mayoría de los campos valencianos en aquella época, puesto que el cereal y la viña (los dos alimentos principales de la Edad Media, que podían ser consumidos a razón de un quilo de pan y casi un litro de vino al día) tenían prioridad para todas las clases sociales”. A ello hay que unir las numerosas prohibiciones municipales a su cultivo en todo el reino. El agua estancada en los campos de arroz se corrompía y ello provocaba enfermedades y muerte. Famosos son los escritos de Antonio José de Cavanilles al respecto en el siglo XVIII. Para completar el escenario, hay que unir que las clases dirigentes urbanas encargadas de la salud pública no tenían, muchas veces, nada que ver con el comercio del arroz.

Foto: KIKE TABERNER

“Con todo, su cultivo se fue imponiendo por sus altos beneficios económicos, si bien desde finales del siglo XV y, sobre todo a principios del siglo XVI, se produjo un gran cambio de tendencia”, explica el historiador valenciano. “Por primera vez el arroz abandonó las huertas y se empezó a plantar en los marjales como todos conocemos hoy, lo que llevó su cultivo a una gran expansión nunca antes conocida en el reino. Es a lo largo del siglo XVI que los términos municipales de Sueca y Sollana, por ejemplo, se expandieron notablemente en detrimento de la Albufera, con el objetivo siempre de plantar arroz en los nuevos marjales desecados. Por lo tanto, el paisaje típico que todos conocemos hoy en esta zona se empezó a crear en esta época, y se alargó en los siglos XVII, XVIII y XIX, hasta convertirse en época contemporánea en un cultivo casi industrial”.

La llegada de las revoluciones burguesas y con ellas de la revolución industrial implantó la mentalidad capitalista de sacar el mayor rendimiento posible, que empezó a influir en el cultivo de arroz. Fue entonces cuando se construyeron verdaderas factorías de cultivo, de moltura a motor y de almacenamiento, de las que algunas aún hoy perviven. De ahí que Esquilache señale que la cultura del arroz tal y como la conocemos se consolidó “en realidad” entre los siglos XVIII y XIX. Y es precisamente en esta época cuando su consumo entre la población valenciana empezó a generalizarse. “La paella, por ejemplo, se documenta abundantemente a partir del XVIII”, apunta Esquilache. Algo que a su parecer se produjo, sin duda porque el aumento de la producción “permitió su abaratamiento y, con ello, se pudo desviar una parte de la producción desde la exportación hacia el consumo interno con una mayor importancia que en el pasado”.

Convertido en parte indispensable de la personalidad gastronómica, etnológica y cultural de València, cualquier situación que le afecte es un tema relevante para la gestión pública. Es por ese motivo que no resulta extraño que el Ayuntamiento de València haya querido tomar cartas en el asunto ante el grave peligro que supone para el sector los futuros acuerdos de la Unión Europea con Mercosur. En el último pleno se impulsó una declaración institucional por la que se solicitó al Gobierno del Estado que respalde la cláusula de salvaguarda impulsada por el Gobierno italiano ante la Comisión Europea, dirigida a prevenir la bajada del precio del arroz. Leída por el secretario Pedro García Rabasa, y suscrita por todos los grupos políticos municipales, incluido el PP, en ella se recuerda que València se encuentra muy ligada al cultivo del arroz, “una actividad que reporta un gran número de beneficios no sólo económicos”, al tiempo que se insiste en que “el cultivo del arroz va íntimamente ligado a la sostenibilidad (…) de la Albufera”.

La declaración institucional muestra su apoyo a las peticiones firmadas durante el Segundo Foro del Sector que se celebró el pasado día 23 de enero en Bruselas, donde se pidió la aplicación de la cláusula prevista al artículo 22 del Reglamento de la UE, que tenía como finalidad última iniciar un proceso de salvaguarda “y, por lo tanto, que se introduzcan los aranceles sobre las importaciones del cultivo del arroz”. Italia, recordaba el consistorio valenciano, ya ha pedido a la Comisión la activación de esta cláusula de salvaguarda en defensa de los productores italianos. Motivo por el cual el Estado Español, dicen, también tendría que apoyar esta petición y, como reclaman los ingenieros agrónomos, exigir a su vez a los terceros países que produzcan acordes a las normas fitosanitarias, comerciales o ambientales europeas, “así como la promoción de un mercado justo en cuanto a los derechos sociales y de los trabajadores”. Esta encendida defensa del sector arrocero valenciano por parte de todos los partidos políticos del ayuntamiento sólo se puede entender si se tiene en cuenta que no se trata de salvar el arroz exclusivamente como cultivo, sino también como lo que es: una seña de identidad.

Foto: KIKE TABERNER

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