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pobreza energética

Así viven los olvidados por la recuperación

Para algunos, lo peor de la crisis ya ha pasado; otros siguen anclados en ella. Según un estudio de la Asociación de Ciencias Ambientales, mueren seis veces más personas por pobreza energética que por accidentes de tráfico

12/02/2018 - 

VALÈNCIA.- El 23% de la población de la Comunitat la sufre. Como el mal silencioso que estalla ante nuestras consciencias durante los meses de frío pero que acarrea consecuencias duras y a largo plazo. Enfermedades físicas y emocionales que se ceban con los más vulnerables, especialmente niños, mujeres y personas mayores, y que tienen responsables directos no solo en factores internos sino externos. Una subida del precio de la luz desorbitada en los últimos años, un sistema de viviendas mal acondicionadas y una percepción social y política de que no pasar frío es todavía una cuestión de poder y no de derecho. Es pobreza a secas, dicen algunos. Quienes la padecen les contestan que sí, pero que tiene causantes y un apellido. Energética. 

Refresca en la terraza de la cafetería de la estación de tren de Godella. Conforme avanza la tarde, el frío y la humedad va calando en los huesos a pesar de que el temporal de lluvia y viento ha escampado hace ya algunos días. En la mesa, Miguel se termina el cortado que ha pedido. Le acompaña su perro. Ni rastro de los seis compañeros que en un principio iban a estar en la entrevista. «No es fácil dar la cara cuando vives en un sitio pequeño. Temes que te vayan a reconocer y a asociar con personas morosas. Es un estigma que recae sobre deudores de buena voluntad que no pagan porque no pueden», comenta con el último sorbo disponiéndose a ir hacia su casa.

Una vez dentro, las manos entumecidas se siguen protegiendo en las mangas de la chaqueta a cuadros que, bien entrada la tarde y la noche, Miguel seguirá vistiendo en el interior del piso. El invierno valenciano es sigiloso. Húmedo como pocos, pernicioso para la salud. Doloroso para quien lo sufre sin poder hacerle frente en igualdad de condiciones. 

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Miguel Ballesteros tiene 53 años. A lo largo de su vida profesional ha sido dueño de tres empresas. Con el arranque de la crisis, el trabajo se fue al garete y aparecieron las dificultades para pagar las necesidades básicas, entre ellas encender un radiador o ducharse con agua caliente. En 2014 consiguió una renta básica a golpe de huelga de hambre que fue solo una solución temporal porque las ayudas se terminan, pero para Miguel supuso un punto de inflexión consigo mismo. «Somos una gran bolsa de personas que vivimos esta situación de mierda, y veo difícil que vayamos a salir de aquí. La alternativa es pelear, o cerrar la puerta sintiéndote un fracasado e intentar hacer como que no ocurre nada para que la gente piense que no estás pasando por lo que estás pasando. Yo he elegido la primera opción», indica.

(Lea el artículo completo en el número de febrero de la revista Plaza)

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