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Grand Place / OPINIÓN

Blade Runner era mujer

2/01/2018 - 

Una chica ucraniana plantó cara al mundo. Hoy la recordamos y le rendimos tributo como nuestra heroína, como la primera que puso en jaque el orden mundial, el equilibrio de poderes patriarcal entre Oriente y Occidente. La primera que puso en entredicho la hipocresía de una sociedad que se llamaba democrática, igualitaria, solidaria, justa… y que era complaciente con la injusticia del 51% de su población dentro y fuera de sus fronteras. La de Occidente, porque la de Oriente ni siquiera se molestaba en disimular e incluso legalizaban la desigualdad castigando a las mujeres por la sola razón de serlo. Hoy, en 2067, cuando se cumplen 50 años del inicio de nuestra lucha, queremos rendir homenaje a una de nuestras heroínas.

El 26 de diciembre de 2017, una joven ajedrecista hizo historia al renunciar a defender su título mundial en Arabia Saudita. Anna Muzychuk perdía así sus dos títulos de campeona para no sentirse “una persona de segunda”, anunciaba en su Facebook, la antigua red social que entonces sólo servía para comunicarse con personas. Dos días antes, su hermana Mariya había renunciado, con menor repercusión, a participar en el campeonato de Irán porque se negaba a cubrir su cabeza con un velo.

“No quiero jugar bajo las normas de otro, no quiero llevar abaya –un vestido tradicional en algunas zonas musulmanes–, no quiero ir acompañada cuando salga afuera, no quiero sentirme una persona de segunda”, fue su grito de guerra en su perfil de Facebook. Una simple reivindicación, “No quiero sentirme una persona de segunda”, ha quedado para la posterioridad como nuestro grito de guerra. En algunas partes del planeta, hoy proscritas y aún sumidas en cruentas guerras, las mujeres no eran iguales a los hombres. Y, como a nuestras líderes Anna y Marita Muzychuk, se las obligaba a vestir de forma uniforme, cubriendo su cuerpo totalmente con unas sayas o abrigos largos incluso en verano, que les impedía no sólo el movimiento en el quehacer diario, sino su propia individualidad y el reconocimiento de su cuerpo como algo normal y no pecaminoso. Lo pecaminoso era la mente enferma de los hombres.

Es más, en algunos países, las mujeres no eran libres de andar solas por la calle, de conducir un vehículo motorizado, de dirigir la palabra a un extraño, de estudiar o compartir trabajo en la misma zona que los hombres. Estaban proscritas de la sociedad. Y, por supuesto, no tenían derecho a ejercer altos cargos en el poder de la nación. En otros países, las vendían y las mutilaban, las agredían y las violaban… Y todo ello, con la permisividad de las leyes de su o país y la connivencia del resto del mundo.

Es en este contexto, cuando nuestra heroína renunciaba a la gloria y al honor de revalidar su doble título en un campeonato mundial, así como a una importante cantidad de dinero, en una época de importante brecha salarial entre géneros. En cinco días habría ganado más que en doce competiciones juntas. Se había descubierto que, cien años después de la lucha sufragista del siglo XX, el mundo civilizado escondió una diferencia entre los salarios de hombres mujeres que equivalía a dos meses de trabajo. El techo de cristal para acceder a los puestos de decisión, tanto en la empresa privada como entre los altos cargos de los Gobiernos, era cada vez más visible. 

Y,en ese punto de la historia, el petit home dibujado por Wilhem Reich, un diputado “pequeñito” polaco del Parlamento Europeo se atrevía a decir en ese mismo foro y en público que “la mujer debe ganar menos porque son más débiles, más pequeñas y menos inteligentes”. No lo olvidemos. Existían hombres así y se les permitía alcanzarlas cimas del poder con estas expresiones. Sin castigo. Se llamaba Janusz Korwin-Mikke y su nombre quedó escrito para la historia como uno de los símbolos del machismo y de la lucha del feminismo de la Nueva Era al conseguir su expulsión como miembro electo del Parlamento Europeo años después. 

Fue una lucha tremenda, porque ni siquiera toda la legislación y jurisprudencia europeas en favor de los derechos de las mujeres y de su igualdad eran suficientes para prohibir esas expresiones de odio. El principio de la igualdad de retribución entre hombres y mujeres para un mismo trabajo estaba consagrado en los Tratados desde 1957. El artículo 157 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE) autorizaba también la acción positiva para empoderar a las mujeres. Además, el artículo 19 del TFUE contemplaba la posibilidad de legislar para luchar contra todas las formas de discriminación, también por motivos de sexo. Además, el artículo 8 del TFUE otorgaba a la Unión el cometido de eliminar las desigualdades entre hombres y mujeres, y promover su igualdad a través de todas sus acciones. 

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea seguía esta línea. La sentencia Defrenne II de 8 de abril de 1976 (asunto C-43/75) reconoció el efecto directo del principio de la igualdad de retribución para hombres y mujeres. La sentencia Marschall de 11 de noviembre de 1997 (asunto C-409/95) declaró que la legislación comunitaria no se oponía a una norma nacional que obligase a promover prioritariamente a las candidatas femeninas en los sectores de actividad en los que las mujeres fuesen menos numerosas que los hombres («discriminación positiva»). 

Pero no era suficiente. En diciembre de 2006, el Parlamento Europeo y el Consejo constituyeron el Instituto Europeo de la Igualdad de Género, con sede en Vilna (Lituania), nuestro EIGE, el núcleo de nuestra lucha y de donde partimos para la lucha. Su objetivo general era contribuir a fomentar y reforzar la igualdad entre hombres y mujeres con medidas como la integración de la dimensión de género en todas las políticas nacionales y de la Unión. De allí nació el germen de la Nueva Era.

Otras acciones que nos llevaron hasta a Libertad fueron la lucha contra la violencia ejercida sobre las mujeres, sobre la base del artículo 84 del TFUE, que promoviera y apoyara la acción de los Estados miembros en el ámbito de la prevención de la violencia contra las mujeres y las niñas. La capacitación de las mujeres y las niñas, con el Día Internacional de la Mujer de 2017, que se ha centró en el empoderamiento económico de la mujer, símbolo de nuestra libertad, el dinero. La igualdad entre hombres y mujeres en las relaciones internacionales, especialmente en relación con los cambios ocurridos desde la denominada Primavera Árabe en el norte de África, que significó una vuelta a la islamización de esos países con el consiguiente retroceso para la igualdad de la mujer. 

Pese a todas estas iniciativas, se tardó décadas en asumir que las estructuras estaban podridas, producto de una educación patriarcal que había que erradicar desde la cuna y desde las escuelas, y no sólo en la mente de los hombres sino también en la de las mujeres. Porque en ese mismo momento, cuando había mujeres que iniciaban campañas mundiales denunciando siglos de acoso sexual a todos los niveles, profesionales y académicos, reivindicando el #MeToo en las redes sociales, en los Parlamentos, en las calles… En ese momento crucial de la Nueva Era, una mujer declaraba en un show de una cadena de televisión que “tenía cuerpo para que un hombre la mantuviera”. Y eso era parte de lo que había que cambiar, la mente de las mujeres que asociaban su cuerpo a un valor económico sobre el que un hombre, además, podía ejercer un derecho de posesión e incluso de propiedad. 

De aquí a la oleada de crímenes machistas sólo había un paso. Porque estaba ocurriendo. Las mataban cuando querían escapar de sus parejas, cuando se rebelaban… El mismo paso que les separaba de la otra oleada, simultánea en el tiempo, de crímenes sexuales contra mujeres que se sentían libres de andar solas por la calle… Apareció en la Antigua Era un nuevo fenómeno que sustituyó al clásico violador/depredador de la esquina por las “manadas" de hombres de toda edad y condición que buscaban como diversión una víctima/mujer para agredirla sexualmente, humillarla y vejarla como si estuviera a su disposición, al alcance de sus instintos, para su propio goce y disfrute… 

En Europa, estas agresiones eran delito y, como tal, eran castigadas por la ley, no así en los países vecinos de Africa y Oriente Medio. Pero, incluso en el mundo civilizado de Occidente, se llegaba a cuestionar el consentimiento ante tamaña aberración contra la libertad sexual de la mujer, su integridad física y su dignidad. Y se ponía en duda si la mujer lo habría propiciado por salir sola, lo habría provocado por hablar con un hombre o lo habría incluso disfrutado porque no dijo “no”, porque no se enfrentó a cinco hombres hasta la muerte. 

Pero, lo que de verdad despertó las conciencias de la Hermanas en Lucha, en aquel momento crucial de Año Cero, y que nos llevó hasta el final con el nacimiento de la Nueva Era, fue la última frase de nuestra líder Anna Muzychuk en su mensaje de Facebook al mundo: “Lo peor es que a casi a nadie le importa de verdad”.

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