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25 aniversario 

El 'Caso Alcàsser': Había una vez un circo

El 13 de noviembre de 1993, los medios de comunicación celebraron el 25 aniversario del caso que cambió la manera de enfocar los sucesos en la prensa española. Pero lo peor comenzó el partir del 27 de enero, cuando aparecieron los cadáveres de las Niñas de Alcasser. Para algunos, fue el día en el que nació la telebasura; sin embargo, el legado no es tan negro

13/11/2017 - 

VALÈNCIA.- «Si alguien dice que se aprendió algo del caso Alcàsser, miente». La frase la pronuncia el profesor de periodismo en la Universidad Internacional de Valencia (VIU) Joan Oleaque. «Bueno»— se corrige a sí mismo —«si acaso, se ha aprendido a evitar querellas; pero el resto sigue igual». Su opinión no es gratuita. Cubrió el caso para el semanario El Temps y es autor del dos veces premiado Des de la tenebra (Ed. Empuries, 2002) en el que desmenuzó no solo aquel terrible suceso sino el circo mediático que le siguió y que provocó un cambio en la manera de tratar los sucesos en los medios españoles.

Recordar el secuestro con final dramático de las tres adolescentes de Alcàsser (Valencia), de aquel 13 de noviembre de 1992, forma parte de la naturaleza de los medios de comunicación que, dado que los crímenes horribles no se suceden con la regularidad que sería deseable, tienen que vivir de los antiguos por la misma razón que a un cantante en horas bajas siempre le queda la carta de un Grandes Éxitos. Algunos crímenes gustan al lector y se celebran, otros no. ¿Por qué de las cinco violadas y asesinadas por el castellonense Joaquín Ferrandis entre 1995 y 1996 casi nadie se acuerda? ¿Y José Antonio Rodríguez Vera? ¿Acaso el asesino y violador de dieciséis ancianas entre 1987 y 1988 no merece ser recordado? ¿Qué pasa, que no era un ser humano? 

Es duro decirlo pero los millenials solo se acuerdan de aquellas chicas por los chistes del concejal de Ahora Podemos en Madrid, Guillermo Zapata. El resto, porque los medios quieren. «Un año después del 11-S, los casos de estrés postraumático eran del 1%», apunta José Gil Martínez. «La gente supera las tragedias mejor que los medios», ironiza. Gil Martínez era el psicólogo del Ayuntamiento de Alcàsser cuando sucedieron los hechos y ha sido un testigo privilegiado del fenómeno social. «En Alcàsser pasó lo mismo que en Nueva York. Un año después de la desaparición se hizo una misa y fueron las mujeres del pueblo que iban a todas. La gente ya lo había asimilado». Fue luego, con el circo mediático y el pueblo lleno de periodistas, cuando superar el caso se volvió imposible. Gil Martínez recuerda también cuando, hace tres años, tras la liberación de Miguel Ricart volvieron los periodistas y se extendió (difícil saber si fue causa o consecuencia) el rumor de que ‘El Rubio’ había vuelto. «Así, es difícil de olvidar», insiste.

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El caso Alcàsser es el pasado, pero también el presente. En internet aún quedan algunos defensores irredentos de la teoría de la conspiración —en una web de la que siguen pagando el hosting para que el sumario no desaparezca de la red.— También están los medios de comunicación, algunos tan madrugadores que, para que no les quitaran la exclusiva (caso de la cadena vasca ETB o el diario El Español), adelantaron la ‘celebración’ al mes de febrero. Mientras, la productora Bambú prepara una docu-serie sobre el tema.

El caso de la niñas de Alcàsser estuvo relacionado con lo que les pasó a aquellas chicas, pero no fue exactamente lo mismo. Fue un producto de los medios. Para empezar, las niñas eran ya adolescentes (catorce y quince años) y ‘el padre’ (Fernando García) lo era solo de una de ellas. Además, su relación con las otras dos familias se fue deteriorando hasta romperse para siempre. Pero eso daba igual, el binomio ‘padre-niñas' quedaba demasiado bien en cámara como para arruinarlo con matices.

Si existe el caso Alcàsser en el imaginario colectivo, ese concepto que Iker Jiménez repite dos veces por programa, es sin duda por Fernando García. Todo el mundo coincide en señalar que es un hombre de gran temperamento y desde el minuto uno, cuando las chicas desaparecieron, no cesó ni un segundo en su búsqueda (de hecho, se encontraba buscándolas en Londres cuando aparecieron sus cadáveres). Con la ayuda del Ayuntamiento de Alcàsser, movilizó a toda España. Fue, sin duda, un ‘padre coraje’.

Pero, no lo olvidemos, un ‘padre coraje’ repudiado por las demás familias y que acusó al Gobierno de no hacer nada pese a haber sido recibido por el Presidente de la Generalitat, Joan Lerma, el ministro José Luis Corcuera o el mismísimo Felipe González. Un buscador de justicia que pagó en metálico dos áticos (150.000 euros cada uno) o que se compró un mercedes CLK de 48.000 euros con el dinero que cosechó para una fantasmagórica fundación que iba a ayudar a las víctimas de crímenes similares. Un padre que, según un periodista que prefiere no ser citado, «perdió a una hija pero se encontró con una caja registradora» y fue capaz de abrazar junto a una mesa petitoria a uno de los hombres que secuestró y torturó a su hija durante doce horas. Recuerda esta fuente cómo, mientras grababan en la tumba de su hija con él un día de ventisca, propuso, en broma, usar la fosa para poner una parrilla y asar chuletas. Genio y figura.

Mientras duró la búsqueda, todo se mantuvo dentro de los parámetros informativos normales. Dos programas nacionales — Quién sabe dónde, dirigido por Paco Lobatón (TVE), y De tú a tú, con Nieves Herrero (Antena 3)— se habían volcado en el caso sin rebasar los límites. Parece humor negro, pero la suerte se puso del lado de la periodista ya que los cadáveres aparecieron un miércoles por la mañana (fecha de emisión de QSD), por lo que Nieves 'Horrores', como se le bautizó más tarde, tuvo más tiempo para reaccionar y el jueves pudo emitir desde el pueblo. El micrófono pasaba de mano en mano entre los invitados para que pudieran explicar qué harían con los asesinos si los tuvieran delante. Ese año quedó finalista a mejor presentadora en los TP de Oro.

La teoría de la conspiración

Todo cambió el 27 de enero de 1993 cuando unos apicultores encontraron por casualidad los tres cadáveres enterrados en un cerro cerca de Llombai. «Eso lo cambió todo», explica Oleaque. «Cuando desaparecieron las niñas, la prensa lo trató [al caso] como la caza de El Lute; pero al aparecer los cadáveres, se encontraron con Ed Gein», dice en alusión al famoso criminal que inspiró a los asesinos de La matanza de Texas (Ted Hooper, 1974) o El silencio de los corderos (Jonathan Demne, 1991).

Si algo sigue vivo del caso Alcàsser es la teoría de la conspiración cuyo artífice fue Fernado García. Él, que no pudo llevar a su hija y a sus amigas a Coloors aquella fatídica noche, se sentía culpable y quiso buscar una explicación alternativa. Así pues, en su mente fue madurando una historia en la que un grupo de millonarios secuestraba jovencitas por prescripción médica —para aliviar el estrés— y las sometía a todo tipo de vejaciones antes de matarlas. Un sinsentido que  encontró en el programa de Tele 5 Esta noche cruzamos el Mississippi, presentado por Pepe Navarro, su altavoz.

Que no hubiera conspiración no puede hacer olvidar que la sentencia reconociera «una alta probabilidad» de que pudo haber más implicados a los que fue imposible identificar, la ausencia de pruebas biológicas para condenar a Ricart, o que el principal asesino esté desaparecido (presumiblemente muerto) tras una rocambolesca huida por toda España. Los dos primeros puntos no tenían mucho sentido si lo que se quería era ocultar la verdad. «Lo curioso» —recuerda Oleaque— «es que lo que pasó era más terrorífico que la versión 'conspiranoica'. Si hay una banda que secuestra niñas y las mata, se puede desarticular, pero si dos delincuentes semianalfabetos (uno en busca y captura y otro que se había saltado un permiso penitenciario) podían ir por la calle y matar a tres adolescentes, es que el sistema se había venido abajo».

El juicio del siglo

La Comunitat Valenciana también tuvo su Pepe Navarro en la figura de Jesús Sánchez Carrascosa. Hombre de profundas convicciones, había participado en las campañas del PSPV, el Partit Cantonal de Cartagena y Unión Valenciana hasta recalar en el PP, y su principal mérito fue su amistad con el expresidente de la Generalitat Eduardo Zaplana. Uno de los padres de la telebasura (de su etapa es el recordado Tómbola), y al se le atribuye la frase «esas tres niñas son nuestro pastel», en una reunión mientras se preparaba el programa El Juí d'Alcàsser. El exdirector de Canal 9 no ha respondido a nuestros intentos de obtener su versión, como también se han negado todos los miembros consultados del programa.

En ese espacio brillaban con luz propia no solo Fernando García sino su insuperable Juan Ignacio Blanco, que solía empezar las intervenciones con la coletilla «llama poderosamente la atención» que hoy es habitual en este tipo de programas. Doctorado en periodismo en el bar de abajo de la redacción de El Caso y con el sumario bajo el brazo, supo sacar el máximo partido a cada una de las contradicciones que, cuando no existían, no tenía problema en inventar. Él fue quien le abrió a García las puertas del Mississippi. 

El abogado del Estado Vicente Fenellós no duda en hablar de «esquizofrenia judicial» al referirse al juicio. «Por un lado, estaban las acusaciones, que no se ponían de acuerdo entre ellas, hasta el punto de que una de las partes quería que se absolviera al principal sospechoso. Mientras, el Estado —que se arriesgaba a una condena de 600 millones  de pesetas— defendía a los forenses, guardia civiles y demás funcionarios implicados», apunta. También recuerda que no fue un caso tan cinematográfico como pueda parecer. «La instrucción había sido muy buena y las pruebas eran abrumadoras. Socialmente, el caso era trágico, pero desde el punto de vista legal fue muy sencillo».

La  hoy magistrada de  la Sala Civil y Penal del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana Carmen Llombart —a quien le tocó formar parte del tribunal de un juicio en el que se acreditaron 200 periodistas junto a Mariano Tomás (presidente) y Roberto Beaus— coincide en que no fue especialmente complicado desde el punto de vista jurídico. «Lo complicado era lo que lo rodeaba, porque nunca había habido un cuestionamiento así de un caso, de ahí que tomáramos la decisión de permitir que se emitiera y que declarara todo el mundo». Lo importante era que quedara claro que no había nada que ocultar. La idea, muy arriesgada en aquel momento, se mostró acertada a la larga.

Carmen Llombart: «Decidimos dar acceso a las cámaras y que declarara todo el mundo para evitar suspicacias. Fue una decisión acertada»


Aunque hay motivos para criticar el Juí d'Alcàsser su legado no fue tan negativo. «El único programa de televisión en el que la versión oficial tenía cabida era aquel. Había dos periodistas que lo hicieron muy bien y, al final, su mensaje fue calando en la gente», recuerda Fenellós. Una opinión que también comparte Carmen Llombart, que ha participado en juicios como el del caso Maeso.

Y otra cosa buena tuvo el juicio. «Entonces nos pilló por sorpresa. Lo de las televisiones privadas era un fenómeno relativamente reciente y contribuyó. Pero, sobre todo, desde entonces se entendió la necesidad de contar con gabinetes de prensa y estrategias de comunicación para que esto no volviera a ocurrir», apunta Llombart.

Eso sí, fuera de la sala del juicio, el caso era la locura. «Se acababa la sesión y, cuando llegaba a casa, mi mujer me había grabado en VHS el Juí d'Alcàsser. Y luego tocaba verse el Mississippi, ya que a esos programas solían acudir los testigos del día siguiente». Pero tanto Fenellós como Llombart recuerdan que el programa de Canal 9 tuvo sus cosas buenas, gracias sobre todo a la labor de los dos periodistas a los que se refería el abogado del Estado. Fue el tándem que formaron el redactor Olegari Gonzalo y el expolicía Jerónimo Boloix. El primero, trabajador de Canal 9 especializado en tribunales y encargado de retransmitir el juicio, fue elegido para participar en el programa para aportar una gota (pero solo una) de cordura, mientras iban desfilando otros periodistas que competían entre ellos para ver quién la soltaba más gorda.

Pero Boloix, que solo había aguantado una intervención en el Mississippi antes de dar un portazo por la forma de tratar el tema, no estaba en el guión. «Mi primera intervención fue desde la tribuna del público y gustó, así que repetí. Por lo visto, no todos creían en la conspiración. Acabé en la mesa junto a Olegari. Luego, se dieron cuenta de que el tándem funcionaba y que cuando hablábamos subía la audiencia», recuerda. Por lo visto, había vida inteligente al otro lado de la pantalla. Pero fue el share y no el deseo de ofrecer mejor información el que convirtió un producto abyecto en algo casi respetable.

Una locura

«Entre el Juí y el Mississippi había una diferencia notable, y es que por Canal 9 pasó todo el mundo, mientras que Pepe Navarro seleccionaba a los invitados en función de las burradas que decían. Allí se pasaban una hora hablando del asesinato de tres niñas a manos de unos miserables y el siguiente invitado era un tipo que se colgaba una campana de ahí [señala hacia abajo] y la hacía sonar», bromea Boloix.

Jeronimo Boloix recuerda en particular un momento del programa, ya hacia el final. Ese día, tenía enfrente al todólogo alicantino Gabriel Carrión, que acudía como autoridad en satanismo y rituales, al igual que podía haber ido a hablar de jardinería o de Bécquer. «En un momento dado, ante tanto disparate, Olegari le dijo ‘oiga, que eso no es una hipótesis, que eso es su opinión’. El tipo hizo un silencio, raro en él, y luego asintió. Esa frase, de mi compañero que le salió del corazón, hizo darse cuenta a mucha gente de la diferencia entre una argumentación basada en datos y una simple afirmación».

Pero no fue un sociólogo ni un catedrático de comunicación el que mejor explicó lo que estaba pasando. Fue Enrique Anglés, un enfermo mental inofensivo, hermano del asesino, cuando el fiscal Enrique Beltrán le espetó «usted ayer por la noche decía una cosa y hoy está diciendo la otra». «Sí», respondió sin ningún atisbo de ironía, «pero eso es la tele y esto es un juicio». No hay más preguntas.

Tanto Canal 9 como el Mississippi acabaron condenados, pero con matices. Pepe Navarro fue condenado varias veces pero todos los miembros del Juí fueron absueltos, aunque Canal 9 tuvo que pagar como responsable civil subsidiario un tercio de la condena de más de 620.000 euros contra Fernando García y Juan Ignacio Blanco.

Las condenas sirvieron para acallar, en parte, todas las críticas que los que se habían negado a seguir la versión oficial habían recibido. Y no solo las críticas. Algunos recuerdan escupitajos, insultos, bolsazos, amenazas de muerte e incluso un café en la cara mientras comía en un restaurante. Durante meses, cuestionar la versión oficial era estar del lado de ‘la trama’ que secuestraba niñas en España de tres en tres para usarlas como carnaza en orgías. 

José Gil Martínez: «Un año después del 11-S, los casos de estrés postraumático eran del 1%. La gente supera las tragedias mejor que los medios»

Muchos de los redactores que informaron en aquella época recuerdan hoy cómo fueron un ejemplo para sus compañeros y que, cuando peor se ponían las cosas, a ellos no les tembló el pulso en alzar la bandera de la dignidad. Hoy están las hemerotecas para desmentirles. Curiosamente, la hoy jefa de Tribunales de Levante-EMV, Teresa Domínguez—la que firmó con Yolanda Laguna en febrero de 1997 el artículo Sin fundamento y juntas aguantaban insultos diarios por no plegarse a la teoría de la trama— es de las pocas que no le cuesta hacer autocrítica. «Al principio íbamos como gallina sin cabeza y se publicaba de todo. Veías la tele, al padre y pensabas ‘¿cómo va a ser mentira?’ Y llegabas al periódico y te decían ‘tú ponlo todo’ y, así, en un mismo artículo se decía una cosa y también la contraria». Como ejemplo, cita como uno de los argumentos de los defensores de la trama de la conspiración que el lugar donde aparecieron los cadáveres era un lugar frecuentado por cazadores. «Eso no sé quien me lo dijo, pero lo publiqué y no era cierto, aunque ellos lo repetían una y otra vez».

Domínguez recuerda las veces que descolgó el teléfono y alguien le llamaba «hija de puta». «Durante mucho tiempo, los únicos que tenían acceso al sumario eran Fernando García y Juan Ignacio Blanco. Costó mucho, pero llegó el momento en el que tuvimos pruebas que demostraban que todo era mentira y empezamos a publicarlo. Éramos un periódico de provincias contra una televisión privada y en el Mississippi nos llamaban de todo. Pero cuando empezó el juicio, un día vi que Yolanda Laguna, mi compañera, había llorado. Era porque en la sala los compañeros se acercaban a ella a felicitarla por sus artículos. Ese día supimos que había valido la pena».

Y la pregunta del millón: ¿Sirvió de algo? Domínguez duda. «A mí, para aprender a confiar en mis fuentes y más cosas, pero no creo que en general los medios aprendieran nada». «Eso sí» —añade— «la Guardia Civil y la Policía empezaron a darse cuenta de la necesidad de contar con gabinetes de prensa».

Alcàsser hoy

El 5 de septiembre de 1997 se hizo pública la sentencia que condenaba a 170 años a Miguel Ricart y a pagar 300 millones de pesetas de indemnización a las víctimas (1,8 millones de euros). El asesino salió de la cárcel en noviembre de 2013. De Antonio Anglés no se sabe nada. En la página web de los delincuentes más buscados por la Interpol no aparece ya su foto. Se supone que fue visto por última vez en marzo de 1993 en Lisboa. Quizás se subió de polizón en el City of Plymouth y murió cuando se lanzó al mar ante la costa de Irlanda. O no. Nadie lo sabe. «Creo que está muerto», opina el psicólogo Gil Martínez. «Es raro que un psicópata no dé señales de vida. Una pelea, otro crimen...», añade. Lo único cierto es que en 2029 sus crímenes prescribirán.

Puede que el Caso Alcàsser marcara el inicio de la telebasura en España, pero tampoco hay que elevarlo a los altares. Si no hubiera sido este, habría sido otro.  

* Este artículo se publicó originalmente en el número 37 (XI/17) de la revista Plaza

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