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vinos de Montilla y Moriles

Desde Montilla a Moriles....

Llegan vinos de luz y de guapitos. De nobleza y sencillez. De esos que montan y remontan porque saben que lo auténtico llega y se queda en ese corazón sureño que todos tenemos.

Por | 05/10/2018 | 4 min, 1 seg

Vengo por toda la orilla, con la falda arremangada, luciendo la pantorrilla. Que nos gusta el andurreo, siempre, con vosotros y copa en mano, hedonistas. Así que hoy, trucutrú trucutrú, nos plantamos en Córdoba, y ya no hay vuelta atrás, cucutrás. Ni queremos, porque llegan vinos de luz y de guapitos. De nobleza y sencillez. De esos que montan y remontan porque saben que lo auténtico llega y se queda en ese corazón sureño que todos tenemos. Corazón, sí, porque eso son nuestros vinos de Montilla y Moriles.

Los que descubrimos agradecidos al siempre grande Juancho Asenjo y nuestras queridas Sherry Women. Esos de cemento, botas y tierra blanca. Porque sí, aquí también hay albariza blanca blanquita junto a otras cosas más terrosas, aunque también hermosas. Los de dos zonas bien diferentes que con su clima y su suelo dejan huella en la botella. La fresca Sierra de Montilla frente al calor de Montilla Alto. Las cepas de pedro ximénez y los medidos pagos adornados de pequeños lagares. La humildad de los que, aun pequeños, nos regalan momentos grandes. 

Tanto como esta velada que comienza con el Vino de tinaja Lagar de los Raigones 2017 (Lagar los Raigones). Un blanco sin encabezar de serrana barajuela que pasa por florido hormigón para explotar comedido. Claridad de sabrosura envolvente que ponemos al lado del primero de los platos de un menú que nos traemos de La Malaje. Cocina cordobesa que se declara con intenciones en un carpaccio de melva en manteca colorá

Subimos a lo alto del Vino de Tinaja Lagar de Casablanca 2017 (Bodega Lagar de Casablanca) y nos dice que esperemos, que necesita tiempo para contarnos cosas. Porque hablador es cuando abre la boquita y comenta. Comenta que es seco y graso, que abraza y es riquito. Otro blanco tranquilo que tranquiliza junto a una ensaladilla de gambas con camarones fritos.

Resiste alberoso a mucho trasteo el Fino Baena (Bodegas Jesús Nazareno). Cuatro años de  edad con un puntito amontillado, resulta rústico de tierra y canto rodado. Rueda que rueda, ensancha y meliflua con un plato de adobo de feria. Ole ahí.

De cajita con pitorro a botella elegantona pasa el Fino en Rama Lagar de Benavides (Lagar de Benavides). Vino de pago y albariza con lo justo de maduro y contenido. Olivar, su oliva y la rellenamos de anchoa con un puntito amargoso jijí. Y nos lo bebemos así, a lo loco y con un mucho de lomo de atún al ajillo. 

Desde arriba arribita nos mira el Fino Especial en Rama Pérez Barquero (Bodegas Pérez Barquero), que tiene clase para hacerlo. Tiza de hinojo silvestre, se desliza ágil entre matojos de intensos aromas. Seda que se bebe sin darte ni cuenta junto a un sashimi de cigala con holandesa de amontillado.

Pétreo y en su sitio no se mueve el Amontillado Terrevuelos (Lagar de los Frailes). Así que la montaña va a Mahoma y nos llena de mil frutos secos. Directo y reconcentrado nos propone comer delicioso. Pues un escabeche de vaca vieja y tan a gusto.

El Amontillado El Abuelo (Bodegas Luque) llega para parar el reloj. Tiempos de antaño embotellados entre muebles con bastante barniz que los protejan. Abombado de bombín pide en el plato algo volador, como… una ideíta, una pintada con salsa de dátiles.

Hasta los muslitos duelen con el Amontillado Bodegas la Inglesa (Bodegas la Inglesa). Una única bota con contenido que de punzante se clava dejando huella. Es solo de sillón y chimenea, pero le vamos a dar de comer, hombre, unos chipirones encebollados con salsa de callos, por ejemplo.

Señero, con señera y su señora aparece el Amontillado Ceriñola (Navisa). Refinado, amable  y dadivoso, nos coge de la cintura y aunque no quiere ir muy lejos, caminamos lo justo para sentarnos a la mesa delante de un solomillo de vaca con salsa de amontillado. Estupendo.

Y así llega el dulce cierre. El besito de hasta luego que nos da en la mejilla el Pedro Ximénez Marqués de la Vega (Bodegas Galán Portero). Pasas que se pasan sin pasar al empalague. Azúcar bien puesto que rumiamos con un queso curado de ovejitas de Fuente Obejuna

Pizpireto final para despedirnos de una tierra y unos vinos que nos enamoran por sinceros, imperfectos y traviesos. Y a los que, por eso mismo, volveremos mil veces y sin complejos. 






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