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EL MURO / OPINIÓN

El Estatut no es broma

El acuerdo de Gobierno estudia aplicar nuevas medidas para reafirmar su evolución y la transformación social e institucional de nuestra autonomía. Entre ellas, revisar leyes, como la del Consell Valencià de Cultura. Algo más que necesario para una institución adormecida.

4/12/2016 - 

El Acord del Botànic se ha puesto como nueva meta reafirmar afinidad y sintonía revisionista, actualizar leyes y por tanto cometidos y objetivos de los principales órganos asesores y estatutarios de la Generalitat. Un horizonte más que necesario por el tiempo transcurrido. Algunas de esas normativas orgánicas no pintan canas sino mucho más. En este caso, me refiero específicamente a la del Consell Valencià de Cultura (CVC). Lo de las sindicaturas varias o el Consell Jurídic es otro asunto más profundo e igual de necesario visto lo que hemos visto.  

Al CVC le he seguido desde su creación. La verdad es que su deriva es preocupante: desde su corte presidencialista, la situación política y judicial de algunos de sus miembros, conclusiones objetivas y sobre todo utilidad real de sus informes, estudios y observaciones. Un tinte y cambio de look le vendría muy bien. Más aún ahora cuando se acerca una renovación sustancial de integrantes.

La institución nació en la década de los ochenta como órgano inusual en las autonomías. No existe otro igual. Nadie se atrevió. Surgió con cierta trampa, pero también ilusión social y participativa. Se creó con voz y voto, pero sin que sus conclusiones formales fueran vinculantes. No tenía que hacer ruido, simplemente respaldar decisiones políticas o apuntalar soluciones. Un colchón a la medida, bien remunerado y con privilegios.

Creado en la etapa de Ciprià Ciscar como conseller de Educación y Cultura, su constitución tenía como trasfondo reunir mensualmente a un grupo de “sabios” a los que consultar ideas pero también refrendar decisiones políticas que protegiesen al partido político o la institución que las adoptara. En aquel momento, el PSPV. Después PP-UV y luego el PP durante lustros. Hoy casi nadie conoce de su existencia y labor.

Bien es cierto que durante una larga etapa estuvo compuesto por personas de gran prestigio profesional e intelectual. Y que la jugada salió bien. Fue muy útil en determinados aspectos. Hasta divertido a rabiar; también tedioso y reiterativo. 

Entre otros asuntos liquidó la batalla de la lengua o dio su respaldo a la intervención en el teatro romano de Sagunt, una guerra arqueológico-político-social que se complicó durante casi veinte años sin afectar a quienes habían tomado la decisión de intervenir. Pero después poco más, salvo la consulta y voz autorizada en torno a los BIC, según la propia Ley de Patrimonio, junto a las universidades y la Academia de San Carlos, necesaria para su aprobación institucional. Una coraza.

"Hace años, lustros, que las administraciones no consultan nada al CVC. De hecho, no recuerdo ninguna petición formal de esta nueva Generalitat"

El CVC goza de sede -lujoso palacete en la calle Museo- y veintiún miembros que cobran dietas por asistir a reuniones y comisiones, aunque las administraciones locales y autonómicas hace tiempo, años, lustros, apenas le consulten nada. De hecho, no recuerdo ninguna petición formal de esta nueva Generalitat en su conjunto. Menos aún de los consistorios de nuestra autonomía -542 en total- y, por supuesto, aún menos de las diferentes corporaciones provinciales que ni siquiera les han saludado por mucho que sus consejeros hayan efectuado reales esfuerzos por tener presencia en sus respectivos territorios con mayor o menor fortuna o un simple gesto, salvo formalismos institucionales y protocolarios.

Habría que saber por qué ni los de ahora ni los de antes lo hicieron. Pero, realmente, lo importante es saber cuál es la auténtica utilidad de ese organismo que, curiosamente, reconoce nuestro Estatut como pilar de identidad cultural. Y si de cara al futuro tendrá soberanía o confianza real o necesitará de una revisión máxima. Yo creo que sí es necesaria una reflexión en profundidad sobre objetivos, responsabilidad, influencia, determinación, representatividad y peso cultural, que debería de tenerlo cuando así lo reconoce nuestra supuesta Carta Magna. Más que revisable también después de tanta manipulación.

Nuestro Estatut no puede incluir absurdos como los del Monasterio de la Valldigna como ejemplo de valencianía, o el Conselll de Cultura como representante de a quien ni siquiera sabe que le representa. 

El CVC, cuyo presupuesto ronda actualmente  casi millón y medio de euros, cuando ha llegado incluso a disponer de dos, es un ente adormecido y sometido por su propia ley. Aletargado, por muy cruel que suene, aunque podría haber sido mucho más útil de lo que las propias administraciones políticas le han exigido. No todo es culpa de los miembros con los que ha contando, muchos de los cuales se han tomado y tomaron su presencia como una responsabilidad no reconocida en toda su extensión. Otros ni por asomo.

Desde hace mucho tiempo el organismo se pone sus propios deberes. Elabora informes y dictámenes que se discuten en reuniones a veces farragosas e inexplicables y otras muy interesantes. Muchos de sus dictámenes son realmente valiosos. Pero suelen acabar en un cajón. Si no le preguntan,  sus deliberaciones no tienen utilidad. Así de triste. A veces ni se les pregunta, cuando entre sus filas siempre han figurado personas más que válidas y sensibles y con brillantes ideas. Y otras inservibles del todo, o más aún.

Entró en declive pronunciado cuando el recién llegado President Eduardo Zaplana le convocó a un pleno en el propio Palau de la Generalitat. Fui testigo. Quería el virrey escuchar sus plácidas observaciones y recomendaciones, lo único divertido de su memoria anual y donde no se salva nadie, en las que ofrecen su mirada crepuscular y se desahogan. Les abrió los salones nobles del Palau que él comenzaba a disfrutar y convirtió después en privados.

Fue tal el varapalo que le dio al Gobierno del cartagenero por el desbarajuste de su política cultural o el naufragio informativo de Canal 9 que Zaplana abandonó el acto sin despedirse y hasta pidió consejo al Ku Klux Klan. Desde ese momento, el CVC comenzó su periplo decadente, aunque recibió parabienes y buena financiación para su “utilización” social. 

Disolverlo sin más, que es lo que propuso Zaplana como ejemplo y ejercicio de poder sublime –también lo intentó la Generalitat a través del entonces conseller de Educación Alejandro Font de Mora con la Acadèmia Valenciana de la Llengua porque no reverenciaban sus observaciones- hubiera supuesto una auténtica, innecesaria y desagradable batalla política para el Honorable. Así que se optó por la lenta agonía.

Hoy el Hogar del Consell Valencià de Cultura recibe visitas ilustres, convoca comidas privadas generosas y hasta jornadas reflexivas, unas mejores que otras, y entrega distinciones y medallas muy fotográficas. Sin embargo, tras su última renovación terminó convertido en una institución a la que fueron derivados excargos políticos de todos los partidos, algunos sin mérito reconocido que nadie sabía dónde resituar. Incluso alberga en su seno a dos implicados ante la Justicia que se niegan a dimitir. Les pidieron su cargo, pero la ley les da la razón. Existe un vacío legal. Otros miembros rozan la extrañeza más surrealista. El CVC, hoy, continúa publicando libros, organiza alguna que otra jornada, se reúne, habla, reparte comisiones y dietas. Pero no tiene sentido tal cual lo conocemos en la actualidad. Menos aún treinta años después.

Por eso ánimo al cambio de su Ley. Y tanto. Pero ya. Frente a una descomposición política, social, cultural y judicial lo mejor es una revisión en profundidad. Nos cuesta un pico y es desconocida su utilidad y hasta confianza formal. No reclamó su disolución, o sí; pero abro la puerta a un intento de revalorización seria. O al menos a intentarlo. Para que pueda ser un órgano asesor útil e independiente en el que la política no manche sus ideas partidistas, ofrezca cierta sabiduría y recuerde aquella memoria histórica necesaria para la nueva corte de políticos que por lógica de edad está necesitada de cierta perspectiva.

El CVC debería ser un colectivo que reflexionara en voz alta desde la concordia, el orden y la ausencia de manipulación tendenciosa. E incluso tuviera cierto protagonismo vinculante y diera prestigio a la sociedad a la que representa. Y que dejara de ser un espacio reducido al protagonismo de quienes lo manejan desde sus propias atalayas.

Sólo desde esa altura de miras y trabajo independiente y unitario recuperaría prestigio, independencia y solidez. Y desde esa misma perspectiva se le podrían exigir responsabilidades. Sólo así podría ser espejo social donde el mundo de la cultura se viera reflejado. Una cara que dormita no es pasaporte suficiente por muchas siglas y oropeles.

Si fallan en esta renovación legislativa, mejor cerrar las puertas o escribir en esa nueva norma que, “ante el incumplimiento de expectativas, el Consell Valencià de Cultura está oficialmente disuelto”. Socialmente, nadie se quejará porque no han sabido defender su identidad interior. Apenas existe en la memoria. Sólo en la de afortunados, paseantes e imputados. 

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