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DIARIOS DE VIAJE GASTRONÓMICOS

El Raval en cuatro barras

El barrio más canalla del corazón barcelonés es el lugar perfecto para regar con cañas las risas y acallar con tapas el estómago

Por | 16/12/2016

BARCELONA se viene al recuerdo gris, perdida en la niebla fantasmagórica, encontrada en siluetas de edificios góticos, como un laberinto de callejuelas secretas. Y luego de repente se colorea, cuando los rayos de sol se estrellan en las poliédricas vidrieras, conforme la rambla se va dejando caer hacia el mar. Es parte de su carácter ecléctico, de su definición imprecisa, de su condición de urbe moderna, que a la vez se calla los misterios de otros tiempos.

El propio núcleo de la Ciutat Vella tiene el corazón dividido entre el Barrio Gótico y El Raval. Hoy nos detenemos en este último. Aquí confluyen edificaciones históricas, como el Palacio Güell, con la agitación cotidiana, la del mercado de la Boqueria, y el frenesí cultural de los últimos años, que incluso le ha valido el calificativo de marginal. El Raval ha demostrado que aguanta lo que le echen. Ha acogido numerosa afluencia étnica, ingrediente para un caldo sabroso, el del buen comer. Porque si en algo es única Barcelona, una de las principales capitales gastronómicas de toda Europa, es en saciar el apetito con creces.

La vanguardia culinaria ha sabido aprovecharse de un producto sin parangón aplicando técnicas de ensueño, pero el otro gran aporte de la ciudad es la comida desenfada, fresca, descarada. De andar por casa, o más bien por la calle. De hacer una parada, contentar el apetito, seguir andando, echar unas risas. ¿Y dónde se consigue eso sino… en una barra?

Bar Mendizábal

Apostado en una esquina de piedra, estalla este local que tiene apenas unas mesas en el interior, pero una extravagante barra exterior. La reconocerás al instante: está adornada por azulejos de colores, luce un enorme gran grafiti y bajo su toldo se agolpa una ruidosa clientela. Casi un siglo de historia le ampara. Nació como horchatería, ha cambiado de dueños en diferentes ocasiones y en ningún momento ha dejado de poner cañas (incluso cócteles) al transeúnte. Es ya un clásico del Raval, donde la alta afluencia turística no hace mella en una clientela habitual, adicta a sus bravas y bocatas calientes. La carta no tiene más misterio. Ingredientes de toda la vida (jamón, queso, anchoa), algunos toques exóticos (mango, mostaza, wasabi) y, sobre todo, barras de pan convenientemente tostadas.

Taverna del Suculent

Ahora vamos a cubierto, al calor de los focos. Entramos en el acogedor interior de “una tasquita”, como la define su propio dueño, el cocinero Carles Abellán. Es uno de los primeros discípulos de El Bulli y dispone de otros nueve locales repartidos por Barcelona, muchos de concepto parecido (Tapas 24, Bravo 24). La Taverna la ha instalado al lado de su gastronómico, Suculent, y hoy hemos venido a sentarnos en el taburete. A pinchar platillos, porciones pequeñas, casi tapas, todas inspiradas en recetas del sur de España. La Taverna es un guiño a Andalucía, su gente, su cultura, sus vinos, donde Los Finos son el alma y las risas el cerebro. A la hora de pedir, el estómago se calienta con cazón en adobo, guisos de pollo, sardina ahumada. Todo dispuesto para pinchar con el tenedor y apurar el vaso.

Pinotxo Bar

El nombre imprescindible al frente de este establecimiento es Juanito, el hombre del chaleco a rayas, cuya madre puso la barra en marcha allá por 1940. Creció entre los tenderetes de la Boqueria, por lo que nadie le va a descubrir nada. Vivió los tiempos en los que el emblemático mercado barcelonés abría a las 4 de la mañana para contentar las tripas de trasnochadores, actores, periodistas, y bohemios en general. Hoy en día, sirve tapas desde las 6.30 horas. Solo encontrarán hueco en la barra, dispuesta casi a la entrada, los más madrugadores y afortunados. La oferta pasa por tortillas, chipirones y berberechos; platos típicos, muy bien hechos. En clave autóctona, el cap i pota o los exquisitos garbanzos con butifarra negra. Eso sí, todo el mundo debería pedir un ‘chucho’ con el café, ese hojaldre relleno de crema que te hará subir hasta el cielo.

Bar Cañete

Más clásicos. El reputado chef Philippe Regol resumió su oferta como “cocina para tiempos de crisis en los que el público quiere saber lo que come y refugiarse en una tradición”. No hay que dejar de lado que la oferta es sencilla, a base de anchoas, alcachofas, boquerones y tortas de camarón, con exquisiteces como las ostras de Guillernet, las croquetas de bogavante o los buñuelos de chistorra. Pero se come de vicio, y se bebe con generosidad. Por descontado hay zona de mantel, pero mejor darle una oportunidad a su zona de barra, que (y esto es clave) abre ininterrumpidamente de 13h a 24 horas.

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