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Una habitación propia / OPINIÓN

Escritoras desaparecidas

Hacernos desaparecer de la Historia es otra forma de violencia simbólica. Tomemos el compromiso de abordar la ingente tarea de recuperar la obra y experiencia de todas aquellas mujeres cuyas huellas han ido borrando. Por eso yo hoy he querido empezar de la mano de mi madre a recuperar a algunas de estas escritoras desaparecidas

8/11/2015 - 

VALENCIA. Hace unos días estuve conversando con mi madre -Adriana Barceló- sobre un grupo de mujeres escritoras, conocidas como las “Sinsombrero”. Nunca había oído hablar de ellas bajo ese nombre hasta entonces. En el Congreso de los Diputados acababa de presentarse una iniciativa por parte de Izquierda Unida para reclamar el espacio merecido para ellas en la Historia de la literatura castellana. Formaban parte de la conocida Generación del 27. Sin embargo, al igual que tantas otras mujeres a lo largo de la historia, quedaron eclipsadas bajo las sombras de sus coetáneos varones. Yo conocía a Rosa Chacel y a María Teresa León gracias a mi madre –a la sazón profesora de literatura y apasionada de estas autoras-, ya que el currículo educativo las oculta.

Pero esto no es algo que suceda exclusivamente con las escritoras del 27, sino que es un fenómeno generalizado que contribuye a minusvalorar el papel que las mujeres han tenido a lo largo de nuestra historia en todos los ámbitos de la vida. No obstante, hoy me detendré en esta "injusticia poética" que padecen, en concreto, todas aquellas literatas desaparecidas de las asignaturas de literatura castellana en las distintas etapas educativas.  

Los contenidos de los libros de texto que se utilizan en los colegios e institutos de secundaria se rigen por las directrices del Boletín Oficial del Estado para cada asignatura. Mi madre me explicó que existe una necesidad imperiosa de renovar completamente el modelo en el que se basa el currículo educativo en esta materia, debiendo ir acompañado de perspectiva de género: 

“He estado revisando libros de texto de la asignatura “Historia de la Literatura en lengua castellana” hasta los años 40 y, desde entonces hasta ahora, en todos ellos se repiten los mismos esquemas, se habla de los mismos escritores e, incluso, se utilizan casi los mismos fragmentos literarios. Es muy penoso comprobar lo poco que se ha modificado el enfoque en medio siglo. 

Hace años descubrí casualmente que en el departamento de literatura de la Universidad de Columbia en Nueva York, cuando estudiaban la literatura castellana del s. XV se centraban, fundamentalmente, -dándoles la misma categoría- en Jorge Manrique y en una absoluta desconocida para mí, Teresa de Cartagena. Yo ya había finalizado la carrera de filología y ese descubrimiento marcó un antes y un después, pues tomé una clara conciencia de que en los planes de estudio, al abordar la historia de nuestra literatura no aparecían ninguna de las que eran, así como no todos los que estaban lo merecían”. 

Yo he tenido la suerte de conocer a algunas de estas autoras desaparecidas gracias a que mi madre se ha dedicado a recopilar libros de todas ellas, algunos editados fuera de nuestras fronteras. Creo que es fundamental contribuir a acabar con estos silencios, aunque sea a través de un modesto artículo, para arrojar una chispa que encienda la llama que ilumine tanta oscuridad de siglos. 

Doña Leonor López de Córdoba fue una noble castellana que vivió a caballo de los siglos XIV y XV y que sufrió junto con su familia las crisis que supusieron las guerras civiles castellanas durante los reinados de Pedro I el Cruel y Enrique III de Trastámara. Esta mujer escribió sus memorias que constituyen la primera autobiografía en castellano que se conoce escrita por una mujer. En ella es patente su carácter decidido y una clara conciencia de su situación, lo que la llevó a querer explicarse por sí misma, con su propia voz, y no dejar que de su memoria sólo hablaran los demás:

“Soñaba que pasaba por San Hipólito tocando el alba, vi en la pared de los corrales un arco muy grande y muy alto y que entraba yo por allí y cogía flores de la sierra y veía muy gran cielo y en esto desperté y tuve esperanza en que la Virgen me daría casa”. 

Caso aún más notable incluso es el de la religiosa de origen judeo-converso Teresa de Cartagena, que escribió un bello y exquisito texto titulado “La arboleda de los enfermos”, una obra que constituye “su camino de perfección” –parafraseando a Santa Teresa de Jesús- en la que cuenta qué siente al padecer sordera y cómo se enfrenta a ello. Es desgarrador, por ejemplo,  cuando confiesa cómo incluso su familia se alejó de ella: 

“La salud nos desampara, los amigos nos olvidan, los parientes se enojan. Y aún la propia madre se enoja con la hija enferma que el padre aborrece”. 

En esta obra Teresa se autoanaliza y describe sin victimismo el proceso de su enfermedad y su separación del mundo:

“Gran tiempo ha (…) que la niebla de tristeza temporal y humana cubrió los términos de mi vivir y con un espeso torbellino de angustiosas pasiones me llevó a una ínsula (…) Donde tantos años que en ella vivo si viva llamarse puede, jamás pude ver persona que enderezase mis pies por la carrera de la paz, ni me mostrase camino por donde pudiese llegar a poblado de placeres”.

Para el siglo XV, el esquema repetitivo del currículo de la asignatura de Literatura Castellana se centra en Jorge Manrique, el Romancero y, en menor medida, Juan de Mena y el Marqués de Santillana. Ni rastro de Leonor, ni rastro de Teresa. Tan sólo la imagen de que la virtud en la literatura, también en ese siglo, era una cosa de hombres. 

Cinco siglos después, la cosa no ha cambiado demasiado. Cuando aprendíamos en el instituto –yo hice la EGB- lo que significó para la historia social y literaria la Generación del 27, se nos hablaba ligeramente de alguna mujer que acompañaba a los grandes LuisCernuda, Dámaso Alonso, Federico García Lorca, Pedro Salinas, etc. Efectivamente, fue una generación portentosa pero también gracias a grandes escritoras, desaparecidas de la crónica de este momento único de nuestra literatura. 

En la escuela literaria de mi casa pude aprender pronto que también hubo mujeres que transgredieron las convenciones propias de la época para conquistar un nuevo espacio artístico en la convulsa España de esos años. 

Rosa Chacel fue una escritora vallisoletana, prácticamente autodidacta, que nació en 1898. Se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. A su marido le debemos la organización del rescate de las obras de arte que se salvaron gracias a los republicanos. Ambos se exiliaron después de la guerra hasta 1973. Entre sus obras más importantes se encuentra una biografía de la amante de José de Espronceda, “Teresa”: 

 “Allí seguiría como sus maletas, como un objeto más, inerte, en un medio por completo ajeno al que había imaginado porque nada, nada de lo que la rodeaba significaba un cambio: soledad y extrañeza por todas partes. Una noche más de soledad y angustia en un cuarto desconocido con las ropas tiradas sobre las sillas. Esto era lo único que tenía entorno y su casa y su hijo del otro lado del mar”. 

Maria Teresa León fue otra de estas grandes escritoras desaparecidas de la Historia. Además de literata, fue también actriz, directora teatral, miembro la Junta de Defensa del Tesoro Artístico Nacional durante la guerra civil... Se exilió a París tras la guerra y más tarde pasó a Argentina hasta su regreso a España en 1977. A ella debemos entre otras obras una biografía poética de Jimena Díaz de Vivar –la esposa del Cid- así como otra de Cervantes titulada “El soldado que nos enseñó a hablar”. Es triste que no merezca ni siquiera ser citada cuando se estudia la literatura del siglo XX su obra cumbre “Memoria de la melancolía”, en la que habla de su vida marcada por la tristeza por la derrota en la guerra y la añoranza de España:   

“No sé quién solía decir en mi casa: hay que tener recuerdos. Vivir no es tan importante como recordar. Lo espantoso era no tener nada que recordar, dejando detrás de sí una cinta sin señales. Pero qué horrible es que los recuerdos se precipiten sobre ti y te obliguen a mirarlos y te muerdan y se revuelquen sobre tus entrañas, que es el lugar de la memoria (…) Somos lo que nos han hecho, lentamente, al correr tantos años; cuando estamos definitivamente seguros de ser nosotros, nos morimos. ¡Qué lección de humildad!” 

Hacer desaparecer a las mujeres de la Historia es otra forma de violencia simbólica. La perspectiva de género debe ser un elemento transversal que impregne todos los ámbitos de la vida para poder superar los marcos de desigualdad en los que se basa nuestra sociedad. Tomemos pues el compromiso de abordar la ingente tarea de recuperar la obra y experiencia de todas aquellas mujeres "desaparecidas", no sólo en la literatura sino también en la ciencia, en el arte y en las luchas sociales. Que sus nombres no se borren de la Historia.

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