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España 92, València 0: la inocencia perdida entre Alcàsser y la Ruta a través de la televisión

El filósofo Eduardo Maura publica el ensayo 'Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española', un libro con trazas autobiográficas y autocríticas que trata de analizar una época ignorada en los análisis de la historia contemporánea española. El también portavoz de Unidos Podemos en la Comisión de Cultura del Congreso demuestra cómo la Expo de Sevilla, los Juegos de Barcelona, Alcàsser, la Ruta del Bakalao y la triunfal irrupción del primer tienen una relación directa con la fotografía actual de la sociedad y la democracia en el Estado

10/08/2018 - 

VALÈNCIA. Hay una línea de pensamiento poco trabajada –pero cada vez más sugerente– que vincula la borrachera de excesos valenciana del inicio de siglo como reacción ante la indiferencia política hacia la región desde la Transición. Una hipótesis que rima con esa idea por la cual la Ciutat de les Arts i les Ciències, la Ciudad de la Luz, la conversión de la Marina hacia la America’s Cup y la construcción efímera de un circuito de Fórmula 1 urbano (entre un sinfín de despropósitos vivientes), que todas esas hipotecas presentes, se construyeron sin el abrigo del Estado porque este pasaba olímpicamente (ejem) del lugar. Una realidad –aunque solo como hipótesis– en la que hubiera pintado mucho la debilidad de una sociedad civil valenciana sin comparecer y de un sistema de medios de comunicación privados impropiamente frágil para la tercera región por potencial económico y población.

València, lejos de sus ínfulas y sus propios problemas de identidad internos, a inicios de los 90 se convirtió en el contrapunto trágico al sueño español de la modernidad. Esa es una de las subtramas del ensayo Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española, recientemente publicado por Akal. El singular libro del filósofo Eduardo Maura no aboga abiertamente por esa posibilidad, pero de su hilvanado se desprende una mejor sensación sobre lo que supuso aquella década y qué pintó la Comunitat Valenciana en aquella convulsión. La última década del pasado siglo fue –como si fija el trabajo del portavoz de Unidos Podemos en la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados– determinante en la construcción del actual marco político. Sintomática de los problemas de interpretación de la autenticidad por parte de la izquierda, la correlación de unos pocos meses entre los años 1992 y 1993 determinaría y mucho cómo se desarrolla hoy la vida pública, la política y la privada.

El libro cuenta con una sobrada introducción de referentes filosóficos y teóricos. Un preámbulo que aboca a la lectora o lector en los conflictos sobre verdad y autenticidad (Platón), repetición hasta la hegemonía (Adorno), conflictos ante el monopolio de la mentira (de nuevo Platón) y los terribles problemas que se derivan del concepto “cultura popular”. Una fotografía de inicio que sirve para adentrarse en la intensa década de los noventa sobre la que conversamos con el autor desde Cultur Plaza:

Los 90, su influencia en la construcción del patio político actual y la aleación española entre modernidad y conservadurismo

-¿Por qué, hasta la fecha, los 90 no se toman en tanta consideración para entender la fotografía de la sociedad española o su democracia?
-La consideración general de las referencias, de los ensayos, de los documentales, las opiniones dicen que es una década débil. Los considerados como ‘años fuertes’, la transición heroica y la época dura en la construcción política, va del asesinato de Carrero Blanco, 1973, a la primera victoria de Felipe González, 1982. Y una segunda etapa hasta la última mayoría absoluta del PSOE. Los grandes y buenos trabajos hablan de los 70 y de los 80. La década de los 90 se considera algo así como posthistórica y en la que realmente no sucedió nada determinante para entender lo que en el libro llamo “modernidad democrática española”. Yo defiendo aproximadamente lo contrario. Creo que es esencial para entendernos ahora.

-¿A qué se debe esa especie de vacío documental?
-Es una década en la que España parece imbuida dentro de una política global. Diluida. Está el Tratado de Maastricht, la incorporación de España a la OTAN ya con unidades propias en la Guerra de los Balcanes, la suma de España a ese carro triunfal del nuevo laborismo, la suma de España a la nueva socialdemocracia europea de mediados de los 90, la simpatía por el clintonismo… Lo que parece es que España ya fuera un país homologado al relato estándar, pero sin embargo lo que nos pasó en aquella década configuró nuestro relato moderno. 

-¿Cómo?
-En los 90 se construyen estructuras de la vida cotidiana que van a influir decisivamente en nuestra democracia. En esa “modernidad democrática española”. Y lo van a hacer en torno a esos dos factores que se retroalimentan: euforia y miedo. Los 90 proveen de esa estructura a partir de la que nos moveremos, crean su propia educación sentimental sobre la democracia en la que actualmente vivimos y, en definitiva, tienen muchísima influencia en lo que somos actualmente. Sin duda, más de lo que el relato le ha ido atribuyendo hasta ahora.

-¿En qué se basa esa “educación sentimental impregnante” de los 90 en España?
-No hay euforia sin miedo ni miedo sin euforia, y lo que vivimos entre los años 1992 y 1993 va a configurar y reconfigurar esa identidad social y política. Lo relevante del análisis es que la modernidad España se ha de entender aceptando que el progresismo español tiene una fuerte carga conservadora. Ahí está la euforia y ahí está el miedo. De manera casi simultánea, aunque compleja, ubico en el libro la construcción que va desde la inauguración de la Expo de Sevilla con el descubrimiento de los cuerpos de las niñas de Alcàsser. Apenas van ocho meses en los que el Estado pasa de la euforia al miedo. Y, para rematar esta subida y bajada en la construcción de una identidad, va a ser fundamental que la victoria de Aznar (1996) sea recibida como un soplo de modernidad. 

Eduardo Maura (Foto: EFE)

-Como si no viniera o representara aquel lugar en el que sigue. ¿Qué dispone ese estrecho margen hasta la actualidad?
-Mucha gente votó así, pensando en que Aznar era la apertura a la modernidad, por lo que ya suponía el felipismo como carga: corrupción, Filesa, GAL… Insisto: que la victoria de Aznar fuera recibida como un gesto de modernidad dice mucho y marca mucho en España, pero el gesto definitivo es el asesinato de Miguel Ángel Blanco. El país se divide desde entonces en un eje binario frente y pasa a haber dos maneras de estar con respecto a Euskadi, siendo ETA la frontera donde no se encuentran los ‘nativos demócratas’ y los bárbaros todos aquellos que no están alineados con el mensaje único. Una frontera mínima y binaria que, en realidad, era bastante líquida y según qué declaraciones u opiniones a uno le podían poner del bando de los bárbaros, de los terroristas o de los miserables.  

“los españoles no se definen tanto por el lugar de dónde vienen, sino por aquello a lo que aspiran”.

-En una buena parte del relato histórico parece dejarse entrever la idea de que los 80 fueron un período modernizador, atizado por el miedo a la pérdida de las libertades con el definitivo 23-F, y que por una especie de cansancio generacional tuvo una contracción en los 90. Una especie de acción (ochenta) y reacción (noventa) que tu libro combate, y en el que los grandes eventos en España mencionados, Alcàsser y la Ruta del Bakalao van a tener mucho que decir.
-La hipótesis que yo manejo no es tanto que los 80 fueran un periodo de modernidad y luego los 90 fueran una reacción conservadora, pero porque no disocio esos dos conceptos en la forma de ser. Es decir, en España, por el origen de nuestra democracia, la idea de conservador y progresista van de la mano. Y lo defino como ‘aleación’, porque los elementos progresistas y conservadores se fijaron en una aleación que usó el país para salir de la pesadilla del franquismo. En la progresía española hay un fondo conservador que se ha hecho presente en ocasiones importantes. 

-¿Y cuál es el minuto y resultado de esa ‘aleación? ¿Está el lado progresista cada vez más disociado del conservador en España o no?
-El periodista Gregorio Morán supo ver esta relación muy bien y muy pronto, como estudioso que es de la Transición. Yo me quedo con su idea de que los españoles no se definen tanto por el lugar de dónde vienen, sino por aquello a lo que aspiran. Esto sigue más o menos igual. Al no haber avanzado hacia una segunda transición desde el 15-M, bajo mi punto de vista y desde mi análisis, seguimos ahí. Aparece de diferentes formas en la vida cotidiana, porque esta forma de ser, de cómo somos no pertenece solo a los acontecimientos políticos de alto rango. Lo importante de aquello de lo que hablo en el libro y que tiene que ver con la educación sentimental de los 90 es que influye en la vida cotidiana. Y en nuestra forma de ser más extendida, el paradigma modernizador - conservador sigue intacto.

Los 90 y la televisión: su influencia definitiva en nuestra identidad colectiva y en su propia realidad como plataforma hasta la actualidad

“Tanto el Crimen de Alcàsser como la Ruta del Bakalao se sometieron a un trato desde Madrid con unas maneras aleccionadoras”.

-Una de las bondades de tu obra es la perspectiva periférica. Aquello que aportas entendiendo fenómenos como la Expo, los Juegos Olímpicos y los sucesos en torno a València más allá de Madrid… [interrumpe].
-Sí, esa especie de provincianismo madrileño del relato histórico… [reímos].
-Sí, tan limitante, tan recalcitrante y que es una de las losas para el desarrollo democrático contemporáneo, aunque entiendo que desde Madrid es difícil de hacer entender.
-Lo es. Además, con ese grado de apropiacinismo cultural, ahora tan de moda, de ambos polos. De lo mejor del progresismo y de lo mejor del conservadorismo, todo desde la provincia de Madrid [reímos].
-Lo que quería preguntarte es si has analizado si el tratamiento televisivo de Alcàsser y de la Ruta del Bakalao se hubiera podido dar en Madrid. Si esa distancia, voracidad, agresividad y deshumanización en el relato hubiera podido suceder sin la perspectiva de distancia y otredad que se genera desde Madrid para con València cuando, como ha dicho alguna vez Ricard Pérez Casado (alcalde de València entre 1979 y 1989) nos descubren para la televisión.
-La verdad es que no lo sé. No sé si el trato en torno a lo sucedido hubiera sido el mismo. Pero es cierto que Madrid se apropia del relato modernizador y transformador, que se apropia de cualquier avance y consideración y que se cree centro gravitacional de la política tanto para transformar como para conservar. La carga madrileñocéntrica era y es evidente. Parece inamovible. Por eso, aunque no lo sé, mi sensación es que, en cualquier caso, el tratamiento hubiera sido diferente. El relato habría tenido otras connotaciones, se hubiera apropiado de más matices. También creo que es evidente que las consecuencias y las políticas también hubieran sido diferentes. Creo que tanto el Crimen de Alcàsser como la Ruta del Bakalao se sometieron a un trato desde Madrid con unas maneras, por decirlo así, aleccionadoras.

-Si los 90 fueron decisivos en la fotografía actual de España, la televisión fue el factor novedoso y determinante de la época y tu libro trata de incidir en ello. ¿Hasta qué punto se apropia de la euforia y del miedo que nos va a vertebrar?
-Del todo. Le doy mucha importancia al florecimiento y la expansión de la televisión privada en España. No es un fenómeno únicamente de ámbito español, porque sucede en Europa durante aquel período, pero va a ser determinante yo creo en la construcción de todos los relatos posteriores. El peso de la televisión en España nos va a hablar de cómo los ciudadanos obtienen desde entonces y hasta ahora las fuentes de subjetivación. Las fuentes de construcción identitaria como individuos y como colectividad vienen de la televisión. La diversificación que trajeron las televisiones privadas influyó decisivamente en cómo las personas se iban a formar e iban a argumentarse en adelante.

La Guardia Civil recoge los restos encontrados junto a la fosa donde aparecieron ‘las niñas de Alcàsser’ (EFE/ J.C. Cárdenas)

-Enseguida vamos a lo concreto, pero, ¿la televisión pública estatal se homologó a la forma de hacer de las privadas?
-Lo hizo. Lo más chocante no es que lo hiciera, sino que, a partir de la investigación me he encontrado con cosas tan llamativas como que un editorial del diario El País, con todo lo que podía suponer El País a inicios de los 90, defendiera el servicio público que aportaba Quién sabe dónde. Aquí cabe recordar que este era un programa de desaparecidos en una sociedad que había pactado no reabrir las heridas de millones de personas por esa máquina imparable de fabricar desaparecidos que fue la Guerra Civil y su posguerra. Y, ante esa situación, un programa en la televisión pública que hablaba de los desaparecidos se topó con El País diciendo que aquello que quizá a alguien le podía parecer sancionable o de mal gusto, un programa en prime time en una democracia que se basa en no reabrir las heridas del pasado, se encontró con El País diciendo que era un programa de interés público y necesario. Me parece definitorio y constituye la paradoja de la supuesta vocación cívica de la televisión en España. 

-¿Qué supone Alcàsser para la televisión y para la fundación del miedo en España?
-Hay dos maneras de entender o interpretar Alcàsser. Por una parte, está la idea de fijar Alcàsser como el nacimiento de la telebasura y estirar sus consecuencias a partir de ahí hasta la actualidad. A mí me interesa más bien interpretar el tratamiento informativo como el síntoma de las tensiones y de las fuerzas políticas que se movían en aquel entonces. La codificación que se hace del crimen es algo que abre un agujero profundo en la vida personal de los españoles, pero sobre todo de las españolas. Nunca se interpreta como un crimen machista, que en esencia es lo que es, pero define cuáles van a ser los comportamientos familiares, relacionales y sociales en general a partir de entonces. Me interesa Alcàsser como hito y como esa contracción hacia el miedo de la sociedad eufórica llega apenas unos meses más tarde de los fastos. Como la España de las inauguraciones y del foco de la modernidad, la del 92, acaba con Felipe González recibiendo el día de Nochebuena a las familias de las niñas semanas antes de que aparecieran los cuerpos.

-Pese a lo publicado (Des de la tenebra, El fugitiu, Microfísica sexista del poder…), pese al trabajo de los años 90 en diarios como El Temps, La Vanguardia o El País, pese a que quienes estudiamos el caso aceptamos la cutrez y consecuencias de los inexistentes protocolos policiales, la ingenuidad temeraria de los débiles protocolos forenses de la época, el problemático sumario, pese a que nadie se detiene a repasar los curriculums delictivos de Miquel Ricart y, especialmente, de Antonio Anglés, en la actualidad la corriente conspiranoica en torno a Alcàsser parece igual o más viva que nunca. Una viveza a la que internet le ha sumado un altavoz emocional inagotable e incontenible y que hace que personas con una alta formación se abandonen a la conspiración sin más argumentos que los de un relato en el que la televisión tuvo mucho que ver (Quién sabe dónde, De tú a tú, Esta noche cruzamos el Mississippi). ¿Por qué Alcàsser sigue siendo un filón inagotable para las teorías de la conspiración? ¿Qué resortes toca en la sociedad española?
-Es una pregunta difícil y son muchos factores. Sí he intuido esa adicción a la teoría de la conspiración. Toca una gran cantidad de resortes sociales que están vigentes desde aquel día. Entre otros, muy sintomático, que nadie lo codifique como un crimen machista y que Nerea Barjola ya ha dejado totalmente sujeto con su ensayo Microfísica sexista del poder. El surgimiento del terror machista en torno a Alcàsser creo que queda claro en su trabajo, mucho más que en el mío. Los efectos del crimen trascienden la necesidad de una sociedad con respecto a su veracidad o no. Yo no entro en el lugar hasta el que llegó la policía, ni en las autopsias ni en la entereza del relato oficial. Mi interpretación es más bien social, cultural y política con Alcàsser como síntoma. 

Eduardo Maura (Foto: EFE)

-En tu trabajo, una de las variables más sorprendentes con respecto a los sucesos valencianos es que sí conectas Alcàsser con la Ruta. Las fuentes de uno y otro caso nunca han conectado ambos sucesos, pese a su casi solapamiento en el tiempo, pero tú sí los enlazas directamente. ¿En qué te basas?
-En mi opinión, en el inconsciente social español pregnante y constituyente, sí están conectados Alcàsser y la ruta. Señalan vertientes del miedo y son dos escenificaciónes diferentes entre sí, pero conectadas. Alcàsser por su parte destapa el miedo a que te suceda algo, a que alguien te haga algo, lo instaura; la ruta instaura el miedo que viven los llamados cañeros: que la vida no merezca la pena y que la jornada laboral te coma y te agote. Es la búsqueda de un mundo otro, de una sociedad otra, de unas relaciones sociales y de una familia que no se limite a aquello que sucede entre semana. 

-Y un miedo generacional, paternalista.
-Miedo por parte de las familias a perder a los ‘niños de la Ruta’. Miedo a que la Ruta se convierta en agujero negro para los jóvenes que lo tenían todo desde el punto de vista de la euforia [cabe recordar la grave crisis económica y laboral de 1993]: un país triunfando, todas las condiciones materiales, la mejor educación, el momento adecuado… y que lo desperdiciaran, sí. Alcàsser y la Ruta destapan miedos distintos, pero conectados socialmente a la cultura española e intensamente complementarios.

-Por otro lado, apuestas por fijar buena parte del relato y del impacto de la Ruta en el documental Hasta que el cuerpo aguante de Canal+. Sin embargo, el canal acababa de abrir, emitió el reportaje para abonados y su vigencia es más propia de la generación YouTube. De hecho, algunos de sus protagonistas bromean con la idea de que han sido mucho más populares desde la llegada de YouTube que en los 90. Además, por otro lado, fueron programas como Código 1 o Informe Semanal los que –por poner ejemplos de la televisión pública homologada al nuevo periodismo ‘de tono humano’– se encargaron de crear su relato de la Ruta. ¿Por qué optaste por el reportaje de Canal+?
-La variedad de fuentes audiovisuales en torno a la Ruta es enorme. Hay muchos programas y mi decisión es volcarme con el de Canal+ por varios motivos: el primero es porque creo que era interesante entender el resurgimiento actual de ese documental a partir de YouTube. Es un programa que siempre me ha fascinado y, en mi experiencia, hizo que mucha gente a mi alrededor volviera a unas sensaciones que intuía, pero que no recordaba exactamente en imágenes. Además, es un documental que tuvo mucha influencia con el boca a boca. Visto ahora, en esta segunda vida, me parece muy interesante su construcción como de viaje a un país extranjero. Creo que es muy pregnante y lo hace muy vigente en la actualidad.

-Esa idea de producirse [en aquel caso, desde Barcelona] como un viaje a un lugar extraño es muy interesante…
-El documental está lleno de detalles muy ligados a eso: las miradas, los gestos, la voz empática de Carles Francino, de alguien que intenta estar conectado a lo que sucede, pero que marca distancia, que sabe que se escapan cosas, que es algo que está sucediendo y es poco accesible… Hay algo en el documental que se resiste a ser comprendido. Me parece el documento más valioso de este tipo y capaz de fascinar a dos juventudes muy distintas: la de aquella época y la actual. Además, recoge perfectamente la idea que me interesa de la Ruta con respecto a la juventud que busca una vida más soportable que la cotidiana. Una evasión que no se encaja o no se sabe encajar bien desde el reportaje. 

Los 90 como fuente de legitimidad para la monarquía

 -Otra de las áreas más interesantes del ensayo, quizá por cómo resuena con el momento  actual de la monarquía, es el lanzamiento mediático de Felipe VI, entonces, Príncipe de Asturias. 
-Interpreto la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona ‘92 como una fuente de legitimidad para la monarquía. Entiendo que la idea de que Felipe de Borbón sea el abanderado de España es, ante todo, una decisión política. La monarquía va a encontrar así su fuente de legitimidad en los 90. Una fuente alternativa a la del 23-F, quizá demasiado cercana a la Transición y al franquismo. Una fuente que, además, es mucho más blanca. Es deporte se convierte en la energía renovable de la monarquía: el deporte es limpio, habla de competitividad, de avance, pero también de cooperación. Visto desde 2018, aquella escena del 92 resulta casi una paradoja, pero no se puede pensar a Felipe VI sin Barcelona 92… y tampoco se puede pensar en Urdangarín como miembro de la Casa Real sin Barcelona 92. 

-¿Ese factor inesperado agrava la situación actual de la monarquía?
-Es uno de los factores más interesantes actualmente, porque la hecatombe que ha sufrido la imagen pública de la monarquía no se entiende sin Iñaki Urdangarín. Que ahora mismo se hayan unido en el mismo punto el auge y el declive de la imagen pública de la monarquía, es interesante. A partir de ahora, la monarquía española va a tener que lidiar con ello. Y la sociedad española, afortunadamente, ejerce un escrutinio muy superior a la monarquía del que le ofreció en los 90. Lo que podemos constatar es que no lo está afrontando con la integridad ni fortalezas suficientes, ni con el sentido cívico que uno pudiera esperar de una institución de ese tamaño. 

-Como miembro de Unidos Podemos y diputado del Congreso, es inevitable que esa tensión autocrítica que late detrás del libro esté presente en la lectora o lector y se enfatice en algunas de tus reflexiones. Especialmente, es interesante todo lo que dispones sobre la cultura popular y la izquierda.
-Mi sensación es que hay una parte de la izquierda, no menor, que es muy poco constructivista con la cultura. Hay un conflicto claro en la izquierda a la hora de recibir la cultura popular y ponerse a identificar orígenes y escrutar si proviene de una cuna digna o no. Una especie de búsqueda irremediable de la autenticidad o la no autenticidad y no puede haber peor enfoque en lo que se refiere a la cultura popular que lo que la divide en auténtica o inauténtica. Ahora hemos asistido al debate sobre el apropiacionismo cultural con Rosalía, debate como el del libro de Daniel Bernabé que retratan ese conflicto siempre mal interpretado de lo genuino o no genuino. 

-¿Y la solución?
-No hay peor manera de entender un fenómeno cultural tratando de comprobar sus señas de identidad para saber si son o no auténticas. Por eso, es necesario en la izquierda un cambio de paradigma en la concepción cultural. Las culturas se transforman de manera constante. La cultura es un proceso constituyente de manera permanente y no tiene un orígen estático. Es necesario entender la cultura como un proceso, con consecuencias progresistas o regresivas, pero en cualquier caso hay un problema con el constructivismo en lo cultural. Paradójicamente, hay más problemas en el área de la cultura que en motivos políticos. Pero actualmente todavía existen muchas dificultades en este sentido para fines progresistas.

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