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Los ‘cupos’ que ya están aquí

La administración, la última frontera

El número de refugiados que solicita asilo aumenta casi al mismo ritmo que las concesiones de protección disminuyen. Dejando atrás cada uno su tragedia, con un futuro incierto, cerca de trescientas personas pasan cada año por el Centro de Acogida de Refugiados de Mislata

30/04/2017 - 

VALENCIA.- Como todas las mañanas, la de hoy es tranquila en el Centro de Acogida a Refugiados (CAR) de Mislata. La mayoría de los residentes están en clase. Aprenden español,informática, oficios... pero sobre todo intentan entender el contexto social al que han llegado y cómo funciona este nuevo país en el que la vida les ha dado una segunda oportunidad. El CAR se hizo famoso en primavera, cuando acogió a la familia de Osman, ese niño afgano de siete años con parálisis cerebral queBomberos en Acción rescató del campo de refugiados de Idomeni (Grecia) el pasado mes de abril.

El vestíbulo principal del centro luce alegre, amueblado con los donativos de diseño de una compañía sueca. También les han acicalado la terraza, en la que no faltan detalles para los más pequeños. Los pocos residentes que se dejan ver por los pasillos no prestan mucha atención a los muebles. Miran los tablones de anuncios o apuntan direcciones. Sentadas en corrillo, cuatro jóvenes sirias conversan. Ninguna supera la veintena, una franja de edad complicada para una persona a la que se le ha truncado la vida por la guerra. Ya no son niñas, no tienen que estar en el colegio, pero tampoco son adultas para poder encauzar su futuro por ellas mismas. Walla está preocupada. Comenta que su programa de acogida ha tocado a su fin. Su familia, compuesta de seis miembros, ahora vive en un piso sustentado con fondos de entidades no gubernamentales pero no sabe hasta cuándo será así. Salieron de Alepo hace un año a través de Líbano, tras miles de kilómetros cruzaron la fortaleza europea y entre los cupos de reubicaciones y reasentamientos que llegan con cuentagotas a España pararon enValencia. Su padre es mecánico, busca trabajo, «pero no es fácil para nadie», dice. 

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Según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), España ha registrado el récord de solicitudes de asilo el año pasado con 15.780 casos. Una cifra que triplica la de 2014 pero que no representa ni el 1% con respecto a otros países de la Unión Europea. De esta suma, más de mil han sido realizadas en la Comunitat Valenciana pero los tiempos de resolución de los expedientes son muy lentos. La entidad explica que las solicitudes tardan aproximadamente entre un año y medio y dos en ser resueltas, y son pocas las concesiones de protección internacional que finalmente se otorgan. A pesar del notorio incremento de peticiones, en su mayoría de personas sirias y ucranianas, apenas 220 lograron en 2015 el estatuto de refugiado (384 de 2014) y sólo ochocientas consiguieron la protección subsidiaria. El 68,5% de los casos de protección internacional fueron denegados, apuntan desde la institución. 

El director del CAR de Mislata, Felipe Perales, comenta que la política de asilo dura dos años. La estancia en el centro se plantea para seis meses, que es lo que debería tardar la resolución de un expediente. A partir de entonces, y en caso de que sea favorable, una persona con un permiso de larga duración y de trabajo, una tarjeta sanitaria y con nociones de idioma, ya debería estar en condiciones para ser autosuficiente. En la práctica, y tras más de veinte años de experiencia, las cosas no son así de fáciles.

«La estancia en el CAR depende de las circunstancias particulares de cada residente. El perfil de los refugiados es el de personas jóvenes, habitualmente con hijos por los que han tenido que huir para ponerles a salvo. Al llegar aquí sus niños son escolarizados, y lo que intentamos evitar es que a los seis meses se tengan que ir», señala Perales. Eso es lo que hace del CAR un escalón fundamental en la integración de un refugiado. Entre sus paredes se cubren las necesidades fundamentales de los que llegan pero también se les da asistencia psicológica y social, cursos de formación y se les pone en contacto con entidades colaboradoras que se encargarán de apoyarles una vez abandonen el centro. 

No es cuestión de cantidad

A doscientos metros del CAR, ubicado en el casco antiguo de la localidad de Mislata, está el colegio Santa Cruz, que recibe a la mayoría de los chicos residentes del centro. Casi veinte nacionalidades comparten pupitres en la escuela. Su director, Miquel Ruiz, contagia el optimismo de un modelo educativo que a simple vista funciona. Recorremos las clases en las que se habla castellano, valenciano e inglés, pero también se respetan los idiomas de origen de cada alumno. En el aula del programa de acogida una maestra habla con dos alumnos recién llegados. Les explica que deben traer firmada la autorización para una excursión. «¿Quién va a firmar aquí?», pregunta. «Abdullah y mamá», dice el alumno. «No podemos construir a medias», comenta el director. «Aquí trabajamos las herramientas del aprendizaje pero cada uno llega con una personalidad ya construida. Lo que no se puede es borrar y empezar de cero sino reforzar los valores positivos de su identidad». Uno de sus programas educativos estrella es el aprendizaje a través del trabajo comunitario.

Los alumnos de cursos más avanzados han desarrollado una App en inglés que contiene toda la información básica a modo de guía sobre su barrio que se ha hecho fundamentalmente para los residentes del CAR. El éxito académico de los alumnos refugiados depende, en opinión del director, del éxito social de sus familias. «Los refugiados son una minoría fluctuante. De cada cinco alumnos sólo se quedan dos porque la familia ha tenido que irse a otro lugar. Y es por esto que la cuestión de este colectivo no es cuantitativa, pues no son muchos, sino cualitativa. Hay que brindarles una red más amplia para que puedan lograr ese éxito y seguir adelante», indica. Y eso se hace de puertas para fuera del CAR.

En un informe reciente de Amnistía Internacional denominado El asilo en España: un sistema poco acogedor, la organización internacional denuncia que el colectivo de refugiados corre el riesgo de acabar en la indigencia a medio plazo ante la falta de políticas sociales eficaces. «España no ha adaptado su normativa a las últimas directivas en materia de asilo, a pesar de haber expirado ya el plazo para ello. Aunque la Ley de Asilo de 2009 reconoce explícitamente el derecho de las personas solicitantes de asilo a los servicios sociales y de acogida, la concreción de estos derechos ha quedado pendiente de un reglamento, inexistente casi siete años después de la aprobación de la Ley. Mientras, las entidades colaboradoras con la administración asumen casi todo el peso de la acogida e integración de las personas solicitantes de asilo y refugiadas, sin que haya mayor implicación por parte de las administraciones públicas, tanto central como local o autonómica», indica este escrito que apunta además que muchos de los solicitantes se ven obligados a marchar a otros países.

«Soy Munir, tengo 38 años»

Es ya mediodía y el centro comienza a llenarse de residentes. Niños que llegan del colegio a comer y adultos con libreta bajo mano que regresan de sus clases de lengua. El vestíbulo se convierte en un micromundo de nacionalidades e historias de vidas rotas que comienzan de nuevo. Asmadullah es afgano. Tiene apenas 24 años y llegó hace unos meses. Su ruta fue la de los Balcanes. Aún no se cree que esté aquí. Viajó durante cuatro meses desde Afganistán, pasando por Irak, Irán, Turquía, Bulgaria, Serbia, Hungría, Austria, Alemania, Francia hasta España. Gastó todos sus ahorros por el camino pero ha merecido la pena porque ha conseguido la ‘tarjeta roja’ (la solicitud de protección internacional admitida a trámite) que, al contrario que en el fútbol, le dará el pase para quedarse aquí. Su amigo Sergei, ucraniano de 19 años, sueña con ser jugador de baloncesto. Lo era en su país antes del estallido de la guerra y aquí, depende de la oportunidad que le brinde el equipo de básquet de Mislata.

Les saluda otro joven elegante y con mochila al hombro. Al preguntarle de dónde es, comenta que de Honduras. Licenciado en marketing ha conseguido trabajo en una fábrica de cajas en un polígono industrial de la zona. Pocos de sus compañeros saben que sufrió dos intentos de homicidio por su orientación sexual y que de la noche a la mañana tuvo que dejarlo todo y convertirse en asilado. 

Dos pequeños de enormes ojos verdes curiosean a nuestro alrededor. Les llama su padre quien acaba de regresar de clase. Es palestino. Le pregunto por su edad y su nombre. «Munir, 38». En un perfecto inglés cuenta que lleva apenas veinte días en Valencia. Es licenciado en Sociología y su esposa es psicóloga. Sostiene a sus hijos con un gesto protector. Dice que ha estado más de cuatro años separado de ellos. Su mujer es de la Franja de Gaza y él de Ramallah. Condenados al aislamiento por el bloqueo israelí no tuvieron más opción que huir cada uno desde sus respectivas ciudades y reencontrarse como refugiados en Jordania. A partir de ahí, Munir acorta su historia porque ha logrado el objetivo de estar con sus hijos y su mujer aquí o donde fuere. «Si puedo colaborar en lo que sea como voluntario, aquí estaré», indica con un gesto agradecido. 

Se despide y llama a Akash. Padre de seis hijos, de los que la mayor apenas tiene 17 años. Salieron de Idlib a Alepo. Uno de tantos bombardeos les dejó en la calle y no tuvieron más opción que huir. Su viaje, con todos los niños a cuestas pasó por el mar Egeo y por la ruta balcánica. En uno de los vídeos que grabó con su teléfono móvil se ve el momento en el que subieron a la lancha que les llevaba a Grecia; se escuchan rezos, la cámara apunta a su joven hija que busca con la mirada la orilla, el ruido del motor, el viento y el frío, y el grito de victoria al sortear a los guardacostas turcos y alcanzar la costa griega. Pagó 3.000 euros por la travesía de dos horas y media, y se dejó otro tanto hasta llegar a Austria. No sabe qué le deparará el futuro en España sólo que no tiene dónde volver. Se sorprende que haya periodistas que quieran conocer su historia. Desde que llegó Osman hace algunos meses, ya no han vuelto las cámaras ni los fotógrafos, dice.

Precisamente, el pequeño y su familia han viajado a Andalucía para ser distinguidos por una ONG que trabaja con niños con parálisis cerebral. La visibilidad de Osman vuelve a remover conciencias y por eso apadrina causas como ésta. Al regresar al centro le esperarán las historias de vida como la suya; de vulnerabilidad, de desprotección, de esperanza y de mucha necesidad de solidaridad.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 25 de la revista Plaza (Noviembre/2016)

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