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'villa amparo' será pública

La huella de Machado se aviva en Rocafort

Foto: KIKE TABERNER
6/05/2018 - 

VALÈNCIA. En la primavera de 1938, un día antes de abandonar Rocafort y emprender el último viaje de su vida que le llevaría a Colliure, donde moriría, el poeta Antonio Machado bajó a València para visitar a una persona. Quería encontrarse con Ramón Báguena, un comerciante de hierro que era el propietario de Villa Amparo, la casa en la que había vivido durante los últimos 16 meses. Quería darle las gracias.

Lugar de veraneo familiar, la casa le había sido incautada al empresario por el gobierno de la República que a su vez se la había cedido al escritor como alojamiento. La cita era poco menos que un motivo para pedir excusas y mostrarse agradecido. “Fue muy correcto”, dicen los nietos de Báguena. “Lo que había sucedido era algo con lo que ellos no tenían nada que ver. Habían sido títeres de una situación”, explica una de ellas.

Foto: KIKE TABERNER

Consciente de que no era el dueño, durante su estancia Machado mostró un celo ímprobo, exagerado. Las anécdotas son numerosas y van desde que prohibía a sus sobrinas coger naranjas de los árboles de la casa (después se enteraría de que era mejor para los frutales), hasta el día que casi le dio un soponcio porque una gallina se coló en el comedor y estuvo a punto de romperlo todo.

Pese a no ser suya, Villa Amparo ha quedado en el imaginario como el último lugar feliz del poeta sevillano. Allí, con su madre, su hermano José y la familia de éste, pasó muchos de sus últimos momentos creativos, días en los que, parafraseando a Vicent Andrés Estellés, asumió que le habían parido para velar la larga noche de su pueblo. Allí redactó El poeta y el pueblo, texto para el Congreso de Escritores Antifascistas en el que incluyó una idea que Manuel Azaña recogió en sus memorias“Se escribe para el pueblo cuando se escribe como Cervantes, Shakespeare o Tolstoi”.

Foto: KIKE TABERNER

Fue también allí donde mantuvo largas tertulias con algunos de los principales nombres de la intelectualidad de aquel tiempo, presentes esos días en la ciudad, capital de la República, entre los que se encontraban dos amigos, Max Aub y André Malraux, un futuro premio Nobel de Literatura como Octavio Paz, Tristan Tzara, posiblemente John Dos Passos… Y donde conoció a unos jóvenes Juan Gil Albert y Ramón Gaya (“estábamos allí horas”) o se reencontró con su querida María Zambrano. 

Sin embargo, para los herederos de Báguena, sus legítimos propietarios, Villa Amparo forma parte de otro imaginario diferente, íntimo, personal. Fue el lugar donde pasaron “todos los veranos de su infancia” hasta los años ochenta, una infancia “preciosa”, el lugar donde aprendieron a ir en bicicleta, donde jugaban, donde algunos de ellos se enamoraron… Es su vida.

Foto: KIKE TABERNER

Así lo explicaban este viernes tres de los 14 nietos de Ramón Báguena, quienes recibieron a los representantes de las casas machadianas presentes en Rocafort para participar en una de las asamblea ordinarias. Mientras recorrían las estancias, los descendientes del empresario les describían diferentes aspectos del que durante décadas fue el sitio de su recreo. “Esto eran dormitorios, éste era el dormitorio de mi padre”, relataba una de ellas.

Si hoy Villa Amparo está cómo prácticamente la conoció Machado, con sus vidrieras, su cerámica de Nolla original, su jardín, ha sido precisamente porque su dueño, el hombre que la levantó, Ramón Báguena, la conservó con mimo. Adquirida en los años 20, pasó a ser restaurante y salón de bodas en los años ochenta, cuando los usos y costumbres hicieron que no fuera el primer destino de veraneo familiar. “Queríamos ir a la playa, lo típico”, sonríe una de las nietas. “Y cuando te pasas 20 años en la playa, piensas: xe, me tenía que haber quedado en Rocafort”, bromea su primo.

Foto: KIKE TABERNER

Durante su visita los representantes de las casas machadianas (entre los que se encontraba por ejemplo el director de la Casa de los Poetas y las Letras de Sevilla, el poeta José Daniel Moreno Serrallé), estuvieron acompañados por la Concejal de Cultura, Julia Cañizares, y el Concejal de Urbanismo de Rocafort, el también poeta Eduard Ramírez. Prácticamente todos se subieron a la torre, donde se dice que le gustaba a Machado contemplar el amanecer después de estar toda la noche en vela escribiendo. Desde ella se ve en primer término un vasto paisaje de huerta valenciana y a lo lejos, sin mucha dificultad, se distinguen el Melià de la avenida de las Cortes Valencianas (el edificio más alto de València) y el Miguelete.

En Rocafort se puede encontrar una pintura en la que se reproduce lo que escribió Machado sobre el pueblo en 1937. “Esto es hermoso, muy hermoso. Es como un paraíso, sobre la huerta flamean todos los verdes, todos los amarillos, todos los rojos, el agua roja de esas venas surca graciosamente y abastece el cuerpo de esta tierra. ¡Cuánto ha debido laborar el hombre para conseguir esto! Los valencianos están orgullosos de su tierra que no tienen que desgarrar sino acariciar con el mimo que se besa a una muchacha”.

Foto: KIKE TABERNER

El pueblo le encantó. Y el paisaje. Sin embargo, la presencia de Machado en Rocafort se había soslayado hasta principios de los años ochenta. Así lo recuerdan los Báguena, quienes explican que durante su infancia y juventud su estancia en la casa era poco menos que una anécdota que se contaban entre ellos. Fue el 13 de junio de 1979 que se puso el primer recordatorio, una placa de azulejos en la calle junto a la puerta. Al mismo tiempo comenzaron a brotar las memorias de aquellos años, reivindicando la huella de ese año y medio; no fue un sueño.

Hoy día se puede decir que Machado está presente en Rocafort de forma nítida. Homenajes, conferencias, seminarios… En 2014 se erigió una escultura creada por el diseñador Tomás Gorría a partir de un dibujo de Ramón Gaya, que se ha situado frente a la casa, y en 2015 Rocafort, el pueblo más rico de la Comunitat y uno de los 20 más prósperos de España, se unió a la red de ciudades machadianas. Ahora la localidad está a punto de dar un paso más. El presidente de la Generalitat, Ximo Puig, le ha dado su apoyo al alcalde, Víctor Jiménez, en la negociación para adquirir la casa y convertirla en un centro cultural, un proyecto que está enfilando a su tramo decisivo.

Foto: KIKE TABERNER

“Tengo la certeza de que antes de que acabe 2018 se anunciará la compra”, asegura Jiménez. Ya hay sobre la mesa dos tasaciones para la casa. Ahora se están acercando posturas. “Será un revulsivo cultural espectacular”, dice Jiménez, “a lo que hay que unir el componente sentimental de lo emblemática que es Villa Amparo para Rocafort, ya que por su uso como servicio público como restaurante y como salón de bodas ha hecho que sea muy popular”, recuerda. “La gente la siente como propia”, comenta.

Entre los planes que tienen sobre la mesa para dotar de contenido al proyecto se halla crear una Casa de los Poetas, hacer de ella un sitio de interpretación de la poesía de Machado, de la generación del 98 y de la Guerra Civil, e instalar un aula permanente del Centro de Estudios Avanzados Juan de Mairena. Asimismo, Jiménez propone unificar en Villa Amparo la política de promoción de la poesía en la Comunitat, tanto en valenciano como en castellano, albergando entregas de premios, organizando concesión de becas, acogiendo concursos, recitales…

Foto: KIKE TABERNER

Jiménez ya ha hablado también con el presidente de la Diputación de Valencia, Jorge Rodríguez, y quiere sentarse a conversar con el Ministerio de Cultura porque su intención es convertir a Villa Amparo en un punto de encuentro de intelectuales que trascienda los límites locales, abierto e integrador; “lo que fue durante el año que Machado vivió allí”, resume.

En torno a las once de la mañana los visitantes se marchan de Villa Amparo. Con ellos el eco machadiano. Dentro, en el porche, se encuentran los Báguena. Su presencia esa mañana y “siempre que lo han pedido” es un ejemplo de su buena predisposición, dicen. De alguna manera, cuando se formalice el acuerdo de compra cederán algo más que una casa; legarán sus recuerdos. Fuera, enfrente de la casa, un punto de book crossing. Y a la salida de Rocafort, en un muro, una pintada con una cita de El principito. Como señala Jiménez, posiblemente no haya mejor lugar para erigir un santuario a la poesía que el último sitio donde fue feliz Machado.

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