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CRÓNICA DE CONCIERTO

La importancia de llamarse Enrique

El artista llenó la Plaza de Toros de Valencia para repasar 30 años de carrera profesional, incluida su etapa al frente de Héroes del Silencio. FOTOGALERÍA

2/09/2016 - 

VALENCIA. Hay formas de interpretar el pasado. La de Enrique Bunbury -y no es nada nuevo- tiene poco de nostálgica. Así lo demostró este jueves por la noche en la Plaza de Toros de Valencia. Era la primera ocasión en la que actuaba en el coso de la calle Xàtiva y lo hacía con una propuesta imbatible: revisar 30 años de carrera. Todo el papel vendido, mucha camiseta negra (promocional) y -a estas alturas- pocas distancias de afecto entre los himnos de Héroes del Silencio y las cimas de su carrera en solitario.

El propio Bunbury señalaba al inicio de esta gira, Mutaciones Tour 2016, que fue en 1986 cuando firmó su primer contrato discográfico. Desde entonces, aunque los vaivenes personales han marcado subetapas no menos interesantes, es muy estimulante para el seguidor asomarse a estos 30 años de carrera. Lo es porque, a poco que se conozca la figura, es fácil distinguir que él mismo ha dividido este tiempo creativo en 3 etapas de 10 años casi exactas: 1986-1996, HdS; 1996-2006, con el Huracán Ambulante; 2006-2016, con los Santos inocentes. ¿Estaremos ante el albor de una nueva era en su haber?

Fotos: EVA MÁÑEZ

30 años, tres etapas y tres formaciones, tres tendencias en el local y en el estudio, pero, como advertíamos, apenas un gramo de nostalgia. La misma figura lúcida del apogeo de los primeros 90, la misma sombra poderosa del vuelo en solitario al inicio de siglo y la tendencia expeditiva de los últimos años se conectan en una filosofía de ser y estar: el momento presente. Bunbury apenas actúa con retrovisores, capitanea una banda con la que mantiene una relación, si no distante, poco próxima -mientras ésta se compadrea a gusto entre sí y hace rugir la máquina-, pero sus versos, ideas, inquietudes, su público y él se hablan de usted, casi a solas, casi alrededor de esa mirada directa en la que el individuo, un yo de proporciones inabarcables, protagoniza el concierto. 

Con el yo por delante, el de Valencia -como uno más de la gira- era un concierto Unplugged. Y bien, se derivaba de su último disco, con esa falsa idea del desenchufado cuando el chorro eléctrico no falta. Es la excusa, eso sí, como ha sucedido en los conciertos por Latinoamérica y Estados Unidos, para revisar por completo los temas más clásicos. Todos ellos bajan de revoluciones y se interpretan con una idea mucho más orgánica de las guitarras, más voluntarista de cara a que el público se balancee y cante sin prisas; desde luego menos frenética. Y hay de todo. Entre las bien paradas está 'Iberia sumergida', con la que se abrió el concierto, e, incluso, mucho más adelante, 'Mar adentro'. La vigorosidad de 'El camino del exceso', la afonía que se debería derivar de 'Avalancha', sirven como caso de tiro fallido en la revisión de los hitos.

Enrique y las causas a solas

En general, toda su etapa en solitario, con esta propuesta musical y de banda -la banda, en realidad, da la sensación de ser una moto de gran cilindrada paseándose por la ciudad sin tratar de despertar a nadie- sale bastante bien parada del formato semi-unplugged. 'Club de los imposibles', 'Porque las cosas cambian', 'Que tengas suertecita', 'El extranjero' o 'Lady Blue' suenan y se disfrutan con plenitud. No son las únicas, pero si que reunieron algunos de los momentos más auténticos de la noche. Una noche en la que, por cierto, el sonido -con un inesperado corte de PA en el segundo tema- brilló por la ausencia de su finura. Volumen hubo mucho, todo; precisión, relativa.

El buen hacer de la banda, de menos a más, del frío de ese citado corte de PA al feeling directo con Bunbury a veces y con el público siempre, fueron el ingrediente base para una noche que acabó con un sabor de boca dulce pero nada prolongado. Bunbury encadenó dos bises de tres canciones cada uno. Si el primero ya tenía un corte bajo de intensidad y ritmos, el segundo pareció haberse diseñado para amansar a las fieras. Quizá, casi, dormirlas. El primer gran bloque del concierto, el de la primera hora y media de dos, visto tras los bises, fue un auténtico festival de la música en directo.

Fotos: EVA MÁÑEZ

Bunbury se despidió de Valencia con otro de sus gestos extraños, muy relacionado con esa cierta distancia que guarda sobre casi todo. Se despidió y se marchó hacia la oscuridad dejando que la banda, que aún rodó unos compases más, se despidiera sola y por su cuenta ante el público. Ya los había presentado, pero la reverencia, las miradas, gestos, los regalos -que los hubo- quedaron en manos de una máquina afilada por Ramón Gacías, Quino Béjar, Álvaro Suite, Jorge Rebenaque, Robert Castellanos y Jordi Mena, a la batería, percusiones, guitarra, teclados, bajo y guitarra, respectivamente. "Hasta siempre" dijo Bunbury, y se giró cabizbajo con algo de prisa, como quien quiere dotar de más importancia al último mensaje. Quizá sólo sea la importancia de llamarse Enrique.

Setlist completo de la noche

1.Iberia sumergida

2. Club de los imposibles

3. Dos clavos a mis alas

4. Sirena varada

5. Porque las cosas cambian

Fotos: EVA MÁÑEZ

6. El camino del exceso

7. Avalancha

8. Que tengas suertecita

9. Alicia (expulsada al país de las maravillas)

10.El extranjero

11. Infinito

12. El hombre delgado que no flaqueará jamás

13. Despierta

14. Mar adentro

15. Maldito duende

Fotos: EVA MÁÑEZ 16. Lady blue

Primer bis

17. Más alto que nosotros sólo el cielo

18. Sí (aunque estaba prevista en esta posición El rescate)

19. La chispa adecuada

Segundo bis

20. Los habitantes

21. De todo el mundo

22. Y al final

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