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gastronomía para ser feliz

La lista de la felicidad

Es momento de regresos, deudas y quebrantos: toca volver a las obligaciones y acostarse prontito (qué horror) así que se hace necesario buscar alguna isla donde emocionarnos

Por | 05/10/2018 | 3 min, 24 seg

La mía se llama gastronomía y es momento de recurrir a ella ante esta depresión inminente, así que esta es mi lista de la compra de aquellos platos que, sencillamente, son una vía directa a la felicidad.

Esta es mi lista de la felicidad. Diez joyas que son diez clavos en el ataúd del abatimiento; diez platazos que hacen la vida más soportable y más ligera, porque eso es exactamente —ligereza— lo que en realidad es urgente en el día a día que será tu vida a partir de este septiembre. Ligereza y asombro, es lo que yo siento tras cada uno de estos tesoros tan alcance de tu mano.

Dicen en Anyora que “La millor hora per dinar es quan hi ha gana i bon menjar” y no puedo estar más de acuerdo, especialmente si estamos hablando de su morro con anguila ahumada y frutos secos: fabulosa razón, además, para volver a nuestro Cabanyal Canyameral y esta bodega en pie desde el año 1937. A tres pasos, pero de verdad, otro de esos platos que definen un barrio: los michirones (habas) de Emiliano García que además presumen de ser “el producto más democrático que tiene Casa Montaña, pues su precio está al alcance de todos los bolsillos”. Yo podría comerme un camión. Y dos camiones del mejor producto de nuestra tierra: la gamba roja (Aristeus antennatus) de Dénia, un crustáceo de la familia Aristeidae que vive bajo el mar entre fondos fangosos y arenosos a casi quinientos metros de profundidad y que nos vuelve locos de amor, como a Begoña Rodrigo: “porque es la damisela del mar Mediterráneo, el emblema de una ciudad como Dénia y el resto de la comarca (la Marina Alta), también porque es un producto excelso por el que se conocen puertos y cocineros, y porque está en el ADN de tanta gente de aquí”. Una de las mejores València, la de Abraham Brández en Gran Azul.

Los guisantes lágrima de Ricardo Gadea en Askua, que podemos disfrutar únicamente durante unas tres semanas en todo el año y vienen directamente desde Getaria, gracias a Jaime Burgana en Aroa (mismo proveedor que Elkano). Otro monumento a la elegancia: el nigiri de salmón braseado de Nuria Morell en Nozomi, quizá su obra magna en el delicadísimo arte de elaborar nigiris y trasladar la emocion del ‘umami’ al paladar; de umami también va el ceviche de Omar Malpartida y Quique Dacosta ya en la carta de Vuelve Carolina, ceviche costero de corvina y pulpo con leche de tigre de rocoto. Intensidad, sapidez y ese quinto “sabroso, delicioso, sabor profundo”.

El sándwich pastrami de Canalla Bistró, monumento destroyer que también es un homenaje al restaurante Katz's, situado en el Lower East Side de Nueva York. Informal, canalla y maravilloso (¿o es que no pueden ser las tres cosas?). También es “popular” la cocina de Santiago Illescas y los cuarenta tacos de historia de esta casa plena de amor a la cocina de siempre: yo salivo cada vez que recuerdo su lenguado salvaje, y esa manera tan suya de servirlo en sala. Imposible no terminar esta lista de la felicidad sin un arroz, ¿no? Como el inmenso arroz ceniza con secreto ibérico grillado de Luis Valls en El Poblet, inspirado en la quema de los arrozales tras la siega del arroz. Y es que ya está aquí septiembre pero nos queda la belleza de las cosas pequeñas y la emoción ante cada plato, como aquella elevación de Sthendal, “saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.

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