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CRÍTICA DE CINE

Lion: la adopción como melodrama global

28/01/2017 - 

VALENCIA. No es cualquier asunto debutar con una película capaz de recibir la nominación a mejor film en premios como los Óscar o los Globos de Oro, entre muchos otros. Pero Garth Davis lo ha conseguido con Lion. Este melodrama aborda desde una posición aparentemente renovadora la cuestión de las adopciones de niños en el mundo. Su principal riesgo es dedicar una extensa primera parte a la vida del protagonista (Sunny Pawar), en la que el retrato del remoto poblado de India donde se origina este hecho real supone la parte más nutritiva para el espectador.

A partir de ese primer acto, la película que parecía oponerse a los supuestos del drama de las adopciones que se proyectan entre grageas de sacarina en las sobremesas de sábado en Antena 3, se despeña hacia el ya citado concepto de melodrama. Reduce las consecuencias de la situación al problema de un joven interpretado por Dev Patel y se olvida sin retorno del origen del conflicto. El mismo rostro que conocimos con la videoclipera y efectista Slumdog Millonaire (Danny Boyle, 2008), defiende a duras penas el papel de un hombre en conflicto con su pasado, con la necesidad imperante de resolver aquello que por accidente dejó atrás cuando apenas era un niño de cinco años.

Patel junto a Rooney Mara

Saroo Brierley -el protagonista- se pierde a unos 1.600 kilómetros de Calcuta, ciudad a la que llega tras dormirse en un tren del que no puede salir durante dos días. Allí escapa fortuitamente de las mafias hasta que llega su momento para una adopción internacional. En su familia australiana encontrará un personaje bastante musculado en su arco y que le ha facilitado el acceso a varias alfombras rojas a la irregular Nicole Kidman. La madre sostiene a duras penas las contratensiones del protagonista, un Patel al que cuesta encajar a lo largo de una caída personal que le llevará irremediablemente a buscar su origen. Lo hará, con empeño, velada dipsomanía y mucha indefinición, gracias a Google Earth.

El tercer acto es el más desconcertante: Davis da un giro sin complejos a partir de las acciones e imágenes reales. Evita que el espectador se marche de la sala dejando el objetivo puesto en aquel lugar oscuro donde todo se originó y apuesta inesperadamente por cristalizar su debut con mensajes explícitos del 'hecho real'. Imágenes reales, situaciones reales y un final hermético para mayor placer hollywoodiense que es rematado a modo de publirreportaje con una dirección web y un mensaje de spot publicitario. La película se sobreviene como un anuncio para ayudar a los niños indios sin hogar ni familia y conduce al espectador a un número de conclusiones paquetizadas, como si la película que se había abierto ante sus ojos no fuera a generar las suficientes reacciones internas y posibilidades de cambiar su percepción.

La película va sin duda de más a menos, aunque es una de las mejores de una temporada atípica en lo que se refiere a premios y nominaciones. Una suerte de parabienes que marca el calendario de invierno que semana tras semana deja la cartelera con mayor número de alternativas pendientes. Lion es una de las mejores, aunque todo ese final acaba por tirar por tierra la posibilidad de haber compuesto una película ajena al tránsito melodramático que dará con su estreno en cualquiera de las televisiones generales en pocos años.


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