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Manolo Valdés: "Me enfrento a las obras de arte como cuando Sorolla se ponía frente al mar"

6/10/2017 - 

VALÈNCIA. “No soy consciente del paso del tiempo, a veces ni de la edad que tengo […] Me siento como siempre”. Damos fe. Cuando Manolo Valdés (València, 1942) hace referencia en un momento de la conversación que mantiene con Cultur Plaza a su edad empieza con un sesenta y que pronto tiene que corregir. A sus 75 años, uno de los valencianos ‘internacionales’, apellido que siempre le acompañará, regresa a una ciudad que en un corto periodo de tiempo le homenajea en dos ocasiones. En un primer momento, con la exposición impulsada por la Fundación Hortensia Herrero en la Ciudad de las Artes y las Ciencias, que finalizó con la compra de una de las esculturas que pasará a exhibirse en la Marina. Ahora Fundación Bancaja hace lo propio con la retrospectiva Valdés, una visión personal, comisariada por el catedrático de Historia del Arte Kosme de Barañano, una exposición que reúne hasta 150 piezas con la que recorren su trayectoria en solitario, La muestra, por cierto, llega un año después de que el mismo centro impulsara una gran exposición antológica de Equipo Crónica, que formó en 1964 junto a Juan Antonio Toledo y Rafael Solbes.

El punto de partida en esa ocasión son los años 80, un recorrido que finaliza en 2017, con piezas que facturó hace apenas tres meses. Según explicó Rafael Alcón, presidente de la Fundación Bancaja, durante la presentación esta es la primera vez que se muestra de forma conjunta en una exposición piezas de todas las disciplinas sobre las que el artista ha trabajado, desde la pintura y la escultura hasta el grabado o las artes decorativas. “He oído 150 obras y me he asustado. Son muchas”, bromeaba Valdés. El artista valenciano, que desde hace años reside en Nueva York, representó a España en la Bienal de Venecia en 1999, habiendo recibido la Medalla Nacional de Bellas Artes de España en 1985, y su obra está presente en algunos museos como el IVAM, el Museo Guggenheim de Bilbao, el Kunstmuseum de Berlín, The Metropolitan Museum of Art y Museum of Modern Art de Nueva York. Y estos son solo algunos de los highlights de un listado que coparía su página de LinkedIn.

Foto: EVA MÁÑEZ.

La exposición revisa en su escultura piezas presentadas en el Botanical Garden de Nueva York en la Plaza Vendome de París, así como las icónicas Meninas o las Bañistas, para acabar en su escultura más reciente, una muestra que incorpora bocetos de sus creaciones para espacios públicos.  En cualquier caso, la exposición, que llega diez años después de que el Museo Reina Sofía le dedicara una retrospectiva, quiere generar una eje narrativo entre los distintos ámbitos que trabaja el creador, así como en distintos formatos. Si bien la exposición se muestra, también, como homenaje a uno de los artistas clave de la Comunitat Valenciana, Valdés quita en reiteradas ocasiones peso a su labor y se muestra insatisfecho con su pasado. Efectivamente dice que no es consciente del paso del tiempo, pero porque, aunque parezca contradictorio cuando se presenta una retrospectiva, él prefiere centrarse en el ahora, en los impactos visuales que vienen o están por venir.

-En un corto periodo de tiempo ha ocupado el entorno de Ciudad de las Artes y las Ciencias y ahora llega con una exposición en la Fundación Bancaja, ¿se siente como un regreso a casa?
-Hacía mucho tiempo que no hacía nada aquí y, de repente, se han juntado las dos cosas. He tenido la suerte y el privilegio de que siempre se me ha tratado bien, no tengo ninguna queja. He estado fuera y he recibido premios, soy hijo predilecto del Ayuntamiento de València... Cada cierto tiempo siempre se ha dado algo que me ha vinculado más y para mejor a la ciudad. No soy de los que no se sienten profeta en su tierra. Vivo mucho tiempo fuera, a mi familia la he ido perdiendo, con lo cual las visitas se han espaciado. Estos dos eventos suponen una continuidad de lo bien que se ha portado la ciudad conmigo.

-Si tomamos esta exposición como una narración, ¿qué le cuenta
-Los historiadores, en este caso Kosme de Barañano, son capaces de pintar esas historias, yo no me lo he planteado. Se puede seguramente organizar y construir una historia pero yo no he participado en la selección. Cuando te las encuentras tienes alegrías y penas, siempre vivo estas exposiciones con esa ambivalencia, es agridulce.

-¿Por qué?
-Hay cosas que te gustan más y otras menos, cosas que crees que podrías haber mejorado. Siempre eso es falso, es una mirada subjetiva. Sé que si no lo hice mejor fue porque no supe. Ahora piensas que podrías haber mejorado… no puedo librarme de esos sentimientos. Aunque, claro, ves las obras en mejores condiciones que nunca.

-Habla de un sentimiento agridulce al enfrentarse a su obra, ¿saca alguna conclusión?
-La imposibilidad de corregir [ríe] ¿Si estoy satisfecho con lo hecho? [hace una pausa] Bah. Estoy contento de ver que los últimos cuadros coexisten con los hechos cuando tenía cuarenta años ahora que tengo sesenta... [duda] setenta y cinco. Entonces pienso: ¡no es tan desastroso! Hay cuadros que he pintado hace apenas tres meses.

-Se siente muy crítico con su propia producción. 
-La parte dulce la ponen los demás, que siempre son amables con mi trabajo, ¿qué quiere el artista? que las cosas que hace la gente la vea. No me quejo en absoluto, pero no oculto que hay cuadros que ahora haría mejor.

-¿El objetivo del artista es que su obra sea vista?
-El placer está en hacer las obras. Hay dos fases. Primero, dentro del estudio, ese derecho -u obligación- que uno tiene de hacer lo que uno quiere, de explorar su libertad. A mi me gusta hacer las cosas, lo disfruto.

-En 2006 el Museo Reina Sofía le dedicó una retrospectiva. Háblenos de la producción más actual, que incorpora esta muestra.
-Excepto esta exposición, en el resto que tengo marcha en el mundo están compuesta solo de obra reciente. Estoy trabajando mucho en la escultura grande, ahora tengo mucha simpatía por los elementos de la calle. Me produce mucha satisfacción y ganas. Hay dos cosas que me gustan de la calle: primero, que la ve mucha gente, por supuesto; después, la neutralidad. Supongo que estoy influido por el hecho de que vivo en Nuevo York, donde muchos de los barrios y lugares emblemáticos acogen exposiciones en las calles, siempre hay obra que va cambiando. Como consumidor lo agradezco y, si no me gusta, no importa porque en dos meses habrá otra. De esta forma la responsabilidad para el autor no es eterna [ríe].

Foto: EVA MÁÑEZ.

-Ha dicho la palabra "consumidor" pero, hablando de arte en la calle, ¿lo entiende también como un servicio público/a la sociedad?
-La gente se pone muy contenta cuando recibe el regalo. Insisto, me pongo yo también contento cuando lo recibo cerca de casa o del estudio. He tenido en Nueva York una escultura que la administración quiso que fuera desde Central Park West hasta la calle ciento no sé cuántos, una distancia enorme. Eso quiere decir que la vio gente muy distinta. En los sitios más desfavorecidos lo agradecen más. Al principio estaba en contra de que las obras se dispersaran, pero fue muy gratificante ver lo que pasaba en zonas que no esperaba. Algunos no sabían si era la cabeza de Velázquez o un sombrero de Lady Gaga, pero veías como la gente interactuaba.

-Se define como un "comentarista de la historia del arte", ¿qué quiere decir?
-Sobre el arte se escribe poesía, se hace música... yo me enfrento a las obras de arte como cuando Sorolla se ponía con el caballete frente al mar. No puedo ponerme delante de un paisaje, siempre lo miro a través de la pintura. Pongo mi caballete delante de un Zurbarán y lo comento desde mi especificidad, que es la pintura. No podría hacer esto sin lo que ya se ha hecho. Me planteo cómo pintar ese Zurbarán después de todo lo que ha pasado: el pop, el cubismo... No podría fragmentar el cuadro de Las Meninas, coger una cabeza a tres metros, si el pop no lo hubiera enseñado, por ejemplo.

-Cuando uno produce 'comentando' la obra y no en el paisaje, ¿quiere decir que en algún momento las musas pueden abandonarle? 
-Naturalmente cambia la forma en la que se produce. Una vez pinté la lluvia, pase varios meses haciéndolo, un periodo de tiempo en el que llovió. Sin embargo, yo nunca miré por la ventana. Miraba la lluvia a través de la pintura, no como lo habría hecho Sorolla. Es curioso. Me gustan mucho los girasoles, no puedo estar sin ellos porque los ha pintado Van Gogh, no puedo evitarlo. Él ha enseñado a mirarlos mejor. Es parte del trabajo de la gente que pinta, contarnos cosas que nos ayudan.

Foto: EVA MÁÑEZ.

-En esta muestras podemos encontrar referencias a Las Meninas o iconos del pop como Mickey Mouse. Parece que tiene una mirada desprejuiciada y, también, muy respetuosa con el resto de artistas.
-Cualquier imagen me interesa. Tengo que decir que yo me fijo en Mickey Mouse porque Warhol me ha dado permiso. Ese es el juego, el de esa gente que tiene la capacidad de abrir el camino para los demás, un camino que después completamos. ¡Ojalá hubiera sido yo! Estoy contento por haber podido presentado una versión distinta.

-La exposición se presenta como una Una visión personal, ¿qué le gustaría que se llevara el público de Manolo Valdés de la muestra?
-Creo que es una obra coherente, uno puede ver que las obras que he hecho tienen relación. Cuando ves la exposición no tienes las sensación de que es de varios artistas, sino que es de una sola persona. Hay un dibujo que subyace siempre, incluso en los cuadros primeros. Hay un punto de partida similar, aunque con otro resultado de la lectura. El dibujo siempre ha estado presente.

-Viajó a París en busca de esa ebullición artística en el inicio de su carrera, huyendo de una València que tenía camino por recorrer, ¿qué análisis hace de la València de 2017?
-No tiene nada que ver. Los artistas de ahora tienen que pintar mejor que nosotros porque pueden ver muchas más cosas, tienen delante una serie de elementos que antes no se veían. Recuerdo que para mi el lugar cultural por excelencia era la Estación del Norte, porque era desde donde me iba. Ahora tenemos el IVAM, un espacio para la ópera... Antes les decía a los artistas de fuera que tenían ventaja, porque veían más cosas que nosotros. Afortunadamente ha cambiado.

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