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LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

Mi hijo no está motivado

Si su hijo está “desmotivado” piense que no está solo con su problema. Por suerte para usted, cada vez son más los adolescentes sin el más mínimo interés por los estudios. Una auténtica plaga moderna. Padres y profesores son incapaces de sacar algo en claro con ellos. Lo único que parece motivarles es la videoconsola, el móvil y a veces el fútbol  

6/11/2017 - 

Sin apenas darnos cuenta habremos alcanzado diciembre, mes especialmente cruel porque coincide con la Navidad, unas fiestas que detesto tanto como mister Scrooge. Ese mes muchos padres habrán descubierto que sus hijos les mentían sobre la marcha del curso académico. “¿Cómo te va el curso, hijo?”, les preguntarán ingenuamente. “Muy bien, mamá, pero hay algunos profesores que me tienen manía”, responderán ellos con evasivas, antes de encerrarse en su habitación con la play.

El 22 de diciembre, cuando se entreguen los boletines de notas, ese feliz autoengaño se habrá quebrado. Y la madre (porque son las madres las que se interesan por estas cosas) se llevará las manos a la cabeza cuando compruebe, para su desazón, que al niño o la niña le han quedado siete u ocho asignaturas, salvo Educación Física y Religión o Valores Éticos.

—Pero, Albert, ¿cómo es posible que te hayan quedado siete? ¿No me dijiste que este año iba a ser diferente y que te lo ibas a tomar en serio? —preguntará la madre con la voz quebrada.

—Ya te lo dije, mamá —contestará el zagal—; hay algunos profesores que me tienen manía.

—¿Cómo se llama tu tutor? En cuanto pase la Navidad lo voy a llamar porque no quiero que se repita lo del año pasado.

—Se llama Paco, pero es uno de los que me tiene manía.

La Navidad transcurrirá sin más sobresaltos. Después del disgusto inicial, mamá volverá a confiar en su retoño, que está matriculado en la ESO. La madre, respaldada por el marido, pensará antes en castigarle retirándole el móvil con el que está enganchado todo el día. También tendrá la intención de darle de baja del club de fútbol al que acude cada semana. Pero ese golpe sobre la mesa, ese conato de autoridad paterna sobre el hijo desobediente, se diluirá como un azucarillo gracias al espíritu festivo y fraternal de las odiosas fiestas navideñas.

Hiperactividad y déficit de atención

Paco el tutor sabe, por ser zorro viejo, lo que se le viene encima a partir de enero, así que exprime al máximo sus vacaciones —no siempre merecidas, según el parecer de la mayoría de la población— junto a familiares y amigos. Después de Reyes encontrará en su casillero varias notas indicándole que hay padres interesados en hablar con él. No tendrá más remedio que llamarlos para quedar con ellos. Una será la madre de Albert. Es muy posible que Albert padezca alguno de los trastornos diagnosticados en adolescentes por la psicología moderna, léase hiperactividad o déficit de atención, lo que supondrá un problema añadido para el tutor.

Como no podemos dudar de su profesionalidad, Paco actuará en estos casos con la diligencia esperada, es decir, tratando de capear el temporal como mejor pueda, y a otra cosa mariposa. “Albert es un buen chico, pero ha tenido algunos pequeños problemas de comportamiento”, le dirá a la madre con un lenguaje pretendidamente eufemístico.

—Mi hijo nunca tuvo problemas hasta que llegó a este instituto. Son sus compañeros lo que se meten con él —contestará, desafiante, la progenitora.

—Todavía estamos a tiempo de revertir la situación; en caso de ser necesario se acudirá al orientador —añadirá el profesor aparentando calma—. Pero Albert debe poner de su parte. A la vista de sus calificaciones ha de esforzarse un poquito más.

—Permítame que le diga que mi hijo no tiene toda la culpa, alguna sí pero no toda. Si ha tenido siete suspensos será por alguna razón. Algo falla. Mi hijo es un chico especial, no lo discuto, pero necesita más apoyo de sus profesores. Yo no lo veo nada motivado.

Por si hubiera alguna duda, la madre se lo ha dejado bien claro al tutor: su hijo no está motivado.

Enseñanza con todos los gastos pagados

¿Cómo motivar a todos los Albert de la Comunidad Valenciana? Difícil papeleta. Tanto el tutor como algunos compañeros lo han intentado todo; hasta han pensado en vestirse con faldas escocesas, ponerse ligueros o cubrirse la cabeza con una peluca rubia a lo Marilyn para llamar la atención de sus alumnos indolentes, para motivarles. Pero ni por esas. Los alumnos, que disfrutan de una enseñanza con todos los gastos pagados, no están motivados. Al parecer sólo se ven motivados por sus móviles, sus videoconsolas y las pataditas que le dan al balón en el partido de los sábados. Algo falla, como dirá la madre de Albert. Nosotros los adultos no sabemos tocar las teclas adecuadas para despertar el interés de unos adolescentes llamados a ser, sin lugar  dudas, otra de las generaciones mejor preparadas de la historia.

—Puede estar segura de que todos los profesores de Albert haremos lo que esté en nuestras manos para que no se vuelva a repetir lo del curso pasado —será la última promesa del tutor a la madre.

Algunos profesores desesperados han pensado en vestirse con faldas escocesas, ponerse ligueros o cubrirse la cabeza con pelucas rubias para motivar a sus alumnos

Como cabe desprenderse, Albert es repetidor, una especie en riesgo de extinción pues las autoridades educativas de Madrid y València, a menudo tan enfrentadas, coinciden en cuestionar su continuidad.  

Entretanto, no muy lejos del instituto, un hombre volverá a ver la vida con ojos de esperanza. Se trata del director de la academia Ulises. Su secretaria Trini le comunicará que esa semana no ha dejado de sonar el teléfono; son padres interesados en apuntar a sus hijos a clases de refuerzo. Como el médico de pago que vive de las enfermedades de sus pacientes, como el abogado que hace frente a sus gastos gracias a los pleitos endemoniados de sus clientes, el director de la academia sobrevive gracias al colosal fracaso de un sistema educativo que las autoridades de Madrid y València se esmeran en ocultar con estadísticas falsas.

Sólo cabe desearle suerte al director de la academia Ulises para que sepa motivar a estos chavales, que andan perdidos como nosotros cuando éramos adolescentes y cometíamos el error de llevar hombreras. En el instituto, si él consigue tamaña hazaña, le organizarán un fiestón.

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