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La nave de los locos / OPINIÓN

Moriré siendo felipista

Ha sido el gran político de esta democracia. Dueño de una inteligencia no siempre al servicio de causas nobles, Felipe González envejece entre los aplausos de la gente de orden que nunca llegó a votarle. Cierta izquierda, sin embargo, reniega de él acusándole de haberse derechizado, razón de más para nuestra admiración

26/03/2018 - 

El compañero Pedro no levanta cabeza. Resucitó en contra de lo previsto, pero hoy muy pocos dirían que tiene vida política. Cada vez le cuesta más que la prensa le haga un hueco en sus pocas páginas, ocupada como está en las trifulcas barriobajeras entre la derecha rancia de Cospedal y la repipi de Arrimadas. Pedro y su partido se han quedado fuera de juego en el tablero de la política nacional. La cosa viene de atrás, de los funestos tiempos de Zapatero, pero desde hace un año el PSOE ya no provoca ni adhesión ni rechazo, sólo indiferencia, como ese tío de Teruel que llega por Navidad, saluda y se marcha sin que hayamos reparado en su presencia.

La única idea original de Pedro desde que ganó las primarias ha sido quitarse la corbata —¡con lo bien que le quedaba al muy truhán!— y ponerse una cazadora vaquera. Así se le puede ver en los mítines a los que cada vez asiste menos militancia. Y cuando Pedro y su círculo de mandarines conciben una propuesta para atraer el interés de la opinión pública, se les vuelve en su contra. Se vio, recientemente, en la Escuela de Buena Gobierno del PSOE. Los dirigentes socialistas se propusieron transmitir un mensaje de unidad pero sucedió lo contrario: quedó a la vista la división del partido con las ausencias notorias de Felipe González y Alfredo Pérez Rubalcaba. También faltó Ximo Puig, a quien nadie extrañó, y la rencorosa Susana Díaz, mujer de una vulgaridad manifiesta.

El antaño diario de los progresistas hizo leña del árbol caído sacando a la luz las desavenencias de los socialistas. Ese mismo rotativo, tan cicatero con el pobre Pedro, no tiene reparos en llevar a su portada cualquier declaración, por nimia que sea, de Felipe González. Si al sevillano le da por pontificar sobre la Unión Europea (su libro sobre Europa se vende a precio de saldo en librerías de València), el antaño diario de los progresistas le ofrece una amplia cobertura. No en vano Rubalcaba, a quien recordaremos por sentar las bases de la destrucción de la enseñanza pública, es miembro del consejo editorial de dicho diario.

Pero aunque nos parezca excesiva la generosidad con que son acogidas las declaraciones del señor González, hemos de admitir que el socialismo español contemporáneo sólo ha tenido un líder de enjundia, y fue él durante casi 25 años. El Isidoro de la clandestinidad, cuidado con esmero por los servicios secretos de Carrero Blanco, se convirtió después en una de las principales inteligencias de esta democracia, junto con Jordi Pujol y Francisco Fernández Ordóñez.

Nunca le voté cuando fue candidato de su partido; sólo cuando convocó el referéndum de la OTAN, entonces llamada Alianza Atlántica, mis padres y yo corrimos al colegio electoral para darle nuestro apoyo frente al no propugnado por el bloque de comunistas encabezado por Antonio Gala y Julio Anguita, y la abstención defendida por Fraga Iribarne. Don Manuel, si alguna vez había tenido una mínima opción de gobernar el país, la perdió aquel día. Reagan nunca se lo perdonó.

El Cánovas del régimen juancarlista

Felipe González gobernó catorce años, un periodo que hoy se antoja imposible de alcanzar para cualquier mandatario español. Su gestión tuvo sus luces y sus sombras. Dos legislaturas buenas y dos malas. A punto estuvo de llegar a una quinta. Le faltaron 300.000 votos para ganarle al adusto Aznar en 1996. Yo asistí a dos de sus mítines en Madrid y Alicante, y doy fe de sus dotes de gran comunicador. Mentía con gran convicción. Cuando muera se le reconocerá como el Cánovas del régimen juancarlista. Sus críticos, procedentes de la izquierda montaraz de Pudimos y del nacionalismo reaccionario, le acusan de haberse derechizado, como si alguna vez hubiese sido de izquierdas. En todo caso ejerció como político reformista, moderado y vagamente progresista. De socialista sólo tuvo la oratoria peronista y la chaqueta de pana de sus breves años en la oposición.

La derecha española admira a González, dada la ausencia de líderes que arrastra. Más de uno vería con buenos ojos que fuera el sucesor de Mariano Rajoy

Ahora que se nos ha hecho conservador, algunos ya lo consideramos uno de los nuestros y nos reconocemos en su legado. ¡Si hasta Isabel Bonig buscó la foto con él cuando recibió el premio Convivencia de la Fundación Manuel Broseta! Y Esperanza Aguirre lo propuso como presidente de un Gobierno de concentración. La derecha lo admira, dada la ausencia de líderes que arrastra. Más de uno lo vería con buenos ojos como sucesor de Mariano Rajoy.

Si la crisis catalana se hubiera llevado por delante la monarquía de Felipe VI, González hubiese sido mi candidato idóneo para presidir la III República. Pero el Borbón, con ese instinto de supervivencia heredado de la familia, supo jugar sus cartas y conservó el trono. Mientras la República llega, Felipe González seguirá haciendo caja como conferenciante ilustre en actos organizados por empresarios. Curiosa y fascinante trayectoria la suya. Ha sido abogado laboralista, diputado y presidente del Gobierno, consejero de grandes empresas como Gas Natural y ahora hombre de negocios. Para mí, digan lo que digan sus detractores, sigue siendo el más grande. Y además es asmático como mi madre.

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