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Oporto, el Portugal eterno

Bohemia, seductora y decadente, la capital del Duero despunta en la liga europea de ciudades medianas

18/02/2018 - 

VALÈNCIA.- Tal vez sea por su pintoresco centro histórico acariciado por las aguas del Duero, por la interminable sucesión de tascas de aire retro y bodegas de fama internacional o sencillamente por conservar todavía el encanto de lo auténtico, la realidad es que Oporto atesora infinidad de atractivos a los que resulta prácticamente imposible resistirse. En la segunda ciudad de Portugal la ropa aún cuelga de los balcones y el pescado se sigue asando en plena calle. Ese aire nostálgico, que convive con una reciente eclosión de restaurantes gourmet y tiendas vintage, la ha situado entre los destinos más pujantes en la liga europea de las ciudades medianas, ideales para una escapada de fin de semana. El boom de las aerolíneas de bajo coste, por las que las autoridades han apostado con determinación en los últimos años, ha ayudado a retirar definitivamente el velo que existía sobre un destino a menudo eclipsado por la poderosa Lisboa.

El carácter de la también conocida como ‘ciudad de los puentes’ se ha forjado a lo largo de 2.000 años a partir de su estrecha relación con la actividad marítima y el omnipresente Duero. Oporto se extiende sobre la orilla derecha, muy cerca de la desembocadura. La mejor vista general, la reconocible postal de las abigarradas fachadas de colores encaramadas colina arriba desde el río, se obtiene desde la ribera contraria, en lo que ya forma parte de la ciudad de Vila Nova de Gaya. Este punto es ideal también para contemplar el famoso puente de Luis I, de estilo eiffeliano y convertido en uno de los principales emblemas del destino por su característico arco metálico y su plataforma en dos alturas. 

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El centro histórico, patrimonio de la Unesco, se despliega alrededor de la Praça da Ribeira. Deambular por sus callejuelas para dejar volar la imaginación a través del tiempo es uno de los mejores planes que brinda la ciudad. La peatonal Rua das Flores, en la que sobreviven algunos de los comercios históricos de la ciudad, o la Rua de Fonte Taurina aseguran un paseo agradable. El barrio rebosa autenticidad por todos los rincones, a cuál más encantador con sus llamativas fachadas decoradas con ladrillo, y está atestado de tabernas con solera en las que tomar algún petisco (pequeño bocado), el omnipresente bacalao a la brasa o para atreverse con las contundentes francesinhas, la versión superlativa de un sándwich que gana contundencia a base de embutidos, queso, huevo y salsas, rematado con patatas fritas.

(Lea el artículo completo en el número de febrero de la revista Plaza)

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