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MUERDE LA MANZANA

Perfecta por fuera, insulsas por dentro

El otro día compré la manzana perfecta, de color, de roce, de brillo, de contraste. La manzana definitiva, salvo por un detalle sin importancia: no sabía a nada.

Por | 14/09/2018 | 3 min, 21 seg

Y cuando digo nada, quiero decir nada, la asepsia hecha carne, los jugos gástricos fluyendo por inercia, un absurdo salivar por salivar. Si la bruja de Blancanieves hubiera querido matarme de hastío existencial, esa hubiera sido sin duda el arma elegida.

Sé que es de abuela cebolleta decir eso de que los tomates ya no son lo que eran, los melocotones ya no son lo que eran, las manzanas ya no son lo que eran, pero es que ¡¡ya no son lo que eran!! Que tire la primera canica quien no sienta nostalgia de aquel sabor intenso de antaño, quien no desee volver a ser niño solo por hincarle el diente a esas frutas suculentas que hacían crujir el mundo, para luego deshacerse en un río de jugos. 

Puede que la infancia sea el más potente amplificador de intensidad, o la memoria la perra más tramposa pero lo cierto es que las manzanas de hoy, por mucha cera que les den, decepcionan al paladar, los tomates no alcanzan su punto de madurez aunque se les castigue durante días en el verdulero porque fueron arrancados de la mata antes de tiempo. Los melocotones no pueden ocultar su amarillenta tristeza por más que maquillen sus pómulos.  

Hoy nos hemos arrogado el derecho a comer cualquier producto, en cualquier estación del año, en cualquier parte del mundo. Sobreexplotamos sin complejos.

Sembramos ansia y avaricia, y cosechamos frutos inmaduros que nos recuerdan al masticarlos nuestra propia inmadurez

Somos una sociedad verde que come frutos verdes, eso sí, de aspecto perfecto. Nunca se compusieron bodegones más hermosos y coloridos en mercados y supermercados, nunca se envolvió la fruta en tan delicada puntilla, nunca la mierda tuvo un tratamiento tan exquisito, exceptuando tal vez a algún presidente de alguna gran nación.

Dedicamos esfuerzos ingentes a la apariencia, ponemos la técnica al servicio de la estética. ¿Y qué obtenemos? Pues nada. Un bellísimo vacío de sabor en forma de holograma de esa fruta que alguna vez estuvo allí, como el avatar de una red social que recuerda que alguna vez tuvimos vida.

Me cuesta mucho no extraer una metáfora vegetal de las relaciones actuales tan perfectas por fuera, tan insulsas por dentro.

Pero no nos pongamos apocalípticos. Aún quedan lugares donde se cultiva con sentido común, aún existe quien respeta los tiempos, quien aboga por que las manipulaciones genéticas no primen el aspecto sobre el sabor, quien se empeña en frenar el cambio climático que amenaza con hacer desaparecer hasta un 40% de las especies antes del cambio de siglo.

La historia de la humanidad y de las frutas y verduras no es una línea continua que cae constante o que crece constante sino una montaña rusa. 

No hay más que ver los plátanos primitivos que se cultivaban hace 7000 años en Papúa Nueva Guinea, de un color verduzco, repletos de semillas que escupiríamos con asco. 

O las primeras berenjenas que tenían espinas espinas, los primeros tomates de un apetecible color blanco. Las sandías del siglo XVII tenían un aspecto francamente repugnante, como si hubieran estado dos días en la playa, como muestra esta pintura de la época, de Giovanni Stanchi (Por cierto, cómo llegan las sandias a la orilla es algo que siempre me he preguntado)-

En fin, que me comí la manzana enterita, pensando en la hermosa vacuidad de este tiempo que vivimos, pensando que la belleza externa no llena ni alimenta, pensando en escribir un artículo sobre ello, lamentando eso sí no haberle hecho una foto a la perfecta pieza y haberla subido a Instagram. 



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