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el muro / OPINIÓN

Rebajas y rebajados

Al parecer, mejor rebajas que visitar un museo. Es consecuencia de nuestra sociedad de consumo. Locura absoluta. Por suerte no todos piensan igual. Hasta me he llevado una alegría. Aunque lo de la lectura continúe sin funcionar

15/01/2017 - 

El pasado sábado fui preso del pánico. El más terrorífico que he vivido en mucho tiempo. Soy parte de ese tercio de ciudadanos que recibe regalos de Reyes inesperados y/o equivocados, pero agradecidos. Sí, soy de esos que, según los estudios sociológicos, reciben presentes puntuales de cuñados/as o suegros/as con los que no siempre tienes mucha relación durante el año, no aciertan tu actual idiosincrasia y luego has de cambiar.

Así que allí me mandaron. A devolver. No había caído en la fecha, ni en que las rebajas comenzaban. Soy un despiste. Lo sé. Por eso no salgo de compras, salvo los lunes a primera hora. Jamás imaginé que la locura era un estado de excitación tal capaz de cualquier disfunción, violencia,y disputa. Jamás pensé que los habitantes de esta ciudad tuvieran los armarios y zapateros tan vacíos que necesitaran llenarlos a toda costa en tiempo récord entre competencia desleal, ropa amontonada, percheros arruinados, frenesí desmelenado y “burros” amontonados. Me lo explicó un tendero. Fue tajante. 

—Es lo normal—, resumió. —Todos están peor que nosotros, que ya es. 

Para estas fechas y dentro de esos contratos basura que según sugieren van a arreglarnos las pensiones gracias a la reforma laboral de una ministra que es una incógnita absoluta y no se sabe para qué sirve, al margen de garantizar un sueldo en su peluquería y un cupo territorial andaluz, caben hasta empleados que únicamente se dedican a plegar ropa manoseada para dejarla de nuevo en el lugar que le corresponde y, después, volver a comenzar. Eso sí, temporalmente. Pobre generación manipulada y doblegada. Licenciados con másteres y estudios de altísimo nivel a precio de saldo, desilusionados y denostados, que se dedican a plegar ropa interior a la carrera y con presión para que alcancen los objetivos deseados por las multinacionales. 

El paisaje era de auténtica enajenación transitoria.La cola al filo de la hora de comer daba la vuelta a la tienda. La gente se afanaba en mirar, coger, esconder, guardar.... Les iba en ello la vida. Llenaban bolsas y bolsas. No sé de dónde algunos se han sacado que estamos en crisis o sólo gastaremos cien euros por persona en las rebajas con lo que van a durar. Yo, que creía que esas imágenes que nos ofrecían las televisiones de los grandes centros comerciales asaltados como si estuviéramos en Venezuela eran atrezo, márquetin o casting de figurantes para animar la situación. Me sentí derrotado. ¡Era real!

Somos una sociedad de consumo. Está claro. Pero también de trastorno o mejor aún de auténtica paranoia. Lo que viví no era normal. O es que soy marciano, que igual es así y necesito rápidamente un avatar. No es una crítica al consumo, que es más que necesario y hoy en día aún lo es más todavía para que a final de mes el CIS nos diga lo bien que funciona la recuperación económica en un país agónico y, lo peor, aburridísimo y anticuado al estilo Rajoy/Báñez/Trillo y Zoido. Este último sólo con escucharlo de lejos ya es para refugiarse en un convento donde nadie te encontrará, salvo su antecesor en el cargo. 

Sin embargo, y por lo visto, ya nadie irá este invierno desnudo o con ropa raída. No. Irán de estreno fetén, aunque es imposible que puedan cerrar armarios o ponerse tantas blusas y zapatos como mantenemos en cada uno de nuestras viviendas, cada vez, por cierto, más reducidas, al estilo de esas de Canadá en las que una pareja es feliz ocupando una vivienda de madera transportable de treinta metros cuadrados y en la que un subidón nocturno garantiza un buen coscorrón en pleno frenesí.

Como me negué a guardar cola ya que para algo también pertenezco al club que sólo aguanta ir de compras con su pareja no más de 37 minutos, que es lo que establecen las estadísticas —los almacenes y tiendas deberían poner en rebajas paneles de aviso sobre el tiempo de espera, al estilo de los parques de atracciones— esta primavera me veo tocado con un gorro andino de disparatados colores y una flauta a la que le faltan algunos agujeros, que es lo que me regalaron con “gracia” e “intencionalidad”. Aún así, y por suerte,no me tocó el colchón de aire que regalaron por partida doble a sus gemelos y enseñaban con gracia a la comunidad unos vecinos y ofrecen un auténtico efecto de indisposición estomacal. ¡A ver con qué cara devuelves o cambias eso!

Por suerte, el domingo por la mañana me dieron día libre. Me fui al IVAM pensado que estaría sólo y tendría mi momento zen. Pero no. La experiencia me descubrió que hay mucha gente que no vive de las rebajas. O que apenas les interesa, salvo cuando acudir a ellas es necesario. Llegué a varias conclusiones.

A/ Las exposiciones que estos días ofrece el museo valenciano están muy bien.

B/ Los fondos del museo son muy ricos y san apabullantes.

C/La gente no es tonta ni manejable y sabe disfrutar de los detalles, aunque sean muy pequeños y te sugieran leer para entender todavía más. Lo pasé en grande. Sin agobios. No es por quedar bien, pero el IVAM vuelve a sorprenderme. Sus actuales exposiciones son interesantesaunque a determinados exquisitos aún les moleste. Ya veremos qué nos ofrecen cuando llegue su hora.

La exposición dedicada a la manipulación del arte me parece genial y tan real que hasta sorprende. La titulada Perdidos en la ciudad. La vida urbana en las colecciones del IVAM es realmente interesante. Tendré que ir un par de veces más. El material es excesivo, inagotable. El ambiente era desconocido con relación a hace apenas un par de años cuando jueces y fiscales todavía no habían comenzado a reclamar cuentas, préstamos e investigar cambalaches familiares. No es una apreciación sin más. Había muchísima gente -de todas las edades- que al parecer desoye las rebajas y disfruta de la vida y sus museos en silencio. Vayan, de verdad. Dejen las compras.

No puedo decir lo mismo de todos los espacios de la ciudad, aunque en el Centre del Carme se exhiban actualmente proyectos muy interesantes que mejor perfilados y bien comunicados aún estarían mucho más concurridos.

Al final llegué a la conclusión de que somos una sociedad tan dispersa y sincera que al final nos encontramos en el mismo punto. Compras y arte. Por suerte en los museos aún no hay colas, salvo cuando se trata de medir el encefalograma plano o seducido por el inquebrantable Sorolla que es como ir de rebajas garantizadas.

Por cierto, me sorprendió que lo mas desasistido en el IVAM fuera la muestra dedicada a Pinazo, ubicada en la sala de la Muralla. Y eso que tiene su miga. Pero es normal. Malvender a Pinazo sin más como una oferta de ansiedad, saldo y comunicación distraída tiene esas consecuencias, pese a su genialidad. Qué lástima. Qué error. Más fuegos artificiales y tiempo perdido. Ahora nos espera Blasco Ibáñez y el 75 aniversario de la muerte de Miguel Hernández. Espero que se esmeren más, aunque el CIS advierta que todavía el 35% de la población no lee nunca o casi nunca pero continuamos siendo un país de edición desbordada, casi 60.000 nuevos títulos al año.

Algunos deberían aprender que las ofertas animan al consumidor y tienen un lenguaje propio. Como el arte. No por atiborrar sinsentido se consiguen objetivos. Pinazo agotado ya y todavía muy desconocido. Lástima. El ansia, la necesidad o el desenfreno son, como un día me sugirió Santiago Grisolía desde la balconada de la Piscina Valencia, un gran castillo pirotécnico que visualmente conduce a imaginar un ininterrumpido estallido de orgasmos inesperados. Ahora lo entiendo, se refería a las rebajas.

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