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grand place / OPINIÓN

Reminiscencias del pasado

16/01/2018 - 

Ronroneo en el sofá en una tarde fría de enero, con una  copa de cava y un bombón en la boca, reminiscencias de unas navidades recientes y decisivas. Un rayo de sol atraviesa el gran ventanal del sur y se cruza en mi mirada, su  destello choca con el cristal de la copa y me ciega momentáneamente… Cierro los ojos dejándome llevar por los sueños unos segundos. Tiempo suficiente para despertar a la cruda realidad de las tardes de domingo. “Déjame esperarte aunque no vuelvas…”, susurra en el fondo del salón Toni Zenet. En el balcón, las ponsetias —mis flores de Pascua— intentan sobrevivir a un incipiente invierno que parece no querer llegar. Me quieren las ponsetias. Suelen quedarse conmigo más de una Navidad.

Reminiscencias y recuerdos. Valen más que los regalos. Aunque vivir en el pasado sea una forma de perder el futuro. Leo la prensa. Leo en Valencia Plaza a mi admirada compañera de medios y redes Fina Cardona, alias Finona, me ha pisado mi gran plaza sin posibilidad de comparación. Pero me echo al ruedo. Un amigo abogado me cuenta que los Reyes le han traído una Roomba. Esto de la rumba ya no es un baile ni una canción. Para los neófitos, es un robot que te barre la casa. El antepenúltimo avance tecnológico que metemos en nuestras vidas para que nos espíe —ya fue récord de ventas hace dos navidades—. Incorpora tres cámaras que, además de dirigir el aspirador por toda la casa, le dotan de funciones de videovigilancia y la posibilidad de controlarlo desde el móvil. Es decir, su software permite grabar todo lo que ve y todo lo que oye, lo guarda y lo reenvía. ¿A quién? Bueno, la empresa tiene el control del software y, por tanto, de los datos recolectados por los aspiradores. Gracioso…, ¿eh?

Mi amiga abogada acaba de estrenar pre-jubilación y ha descubierto el penúltimo avance tecnológico. Dice que, por primera vez desde que es  adulta, se siente libre, sin horarios, sin obligaciones. Y lo primero que le traen los Reyes son unas gafas de realidad virtual 3D. ¿Se acuerdan ustedes de las que usábamos en los cines de los años 80? Eran de cartón y tenían una lente roja y otra azul, de plástico. Bueno, pues ya no. Han evolucionado un poco  y cuando te las pones pareces Robocop. Mi amiga me cuenta que se metió en una jaula, bajó al fondo del mar-matarile, alucinó con peces de colores, corales y medusas…, hasta que apareció un tiburón que por poco se la come. ¡Menudo susto! Aún no se ha repuesto de lo real que parecían las fauces que tenía a dos centímetros de la cara. Y digo yo…, si se siente libre, mi amiga, ¿por qué no coge un bus y se va al Oceanográfico? ¿O un avión…, y se va al Caribe? O a las rebajas  de enero? Ay no, que acaba de comprarse tres vestidos  en la tienda virtual de Guess. Serà per diners?

Seguimos en la realidad virtual y llegamos al último avance tecnológico, que seguirá siendo el último por mucho tiempo porque no cesa de innovarse cada día. Me refiero a los drones. El “juguete” más regalado en las últimas navidades. Me trasladan sus temores respecto a los avances de la ciencia los Jóvens Valencianistes, las juventudes de Demòcrates Valencians, en la tertulia  a la que me invitaron hace unos días. Hablábamos de la legislación europea en drones y otras novedades de la Unión Europea científicas, que no es éste mi campo… Con preocupación, me dicen estos futuros representantes de una derecha valenciana moderna, liberal, sin reminiscencias franquistas ni fascistas y que habla  valenciano —por fin—: “Pero, no hay peligro para nuestra privacidad y nuestra seguridad?”. Todos los avances se pueden utilizar para delinquir. Un dron puede echar una bomba sobre una ciudad en plena mañana de rebajas. Y un terrorista también puede embestir con una furgoneta alquilada a los paseantes de las Ramblas en una tarde de  domingo. Sobre la vigilancia, ya nos hemos  referido antes con nuestra amiga rumbosa. Pero es que, además, nuestros teléfonos escuchan todo lo que decimos y nuestro ordenador tiene una cámara por la que pueden vernos… Y  además, nos tienen geolocalizados con el móvil en cualquier momento y lugar. A ver, la dicotomía “libertad versus seguridad” ya la tenemos muy asumida a estas alturas del siglo XXI.

Nos lo cuenta mi amigo y coronel Ángel Gómez de Ágreda, en su nuevo artículo ‘Vencer convenciendo o, si es preciso, combatiendo’. El coronel nos habla de la “posverdad” y de cómo “la distribución, cuidadosamente dosificada, de la información obtenida a través de foros y redes sociales se amplifica después mediante grupos –de humanos y de robots– que inundan el espacio informativo y despiertan la curiosidad. Desde ahí, es capturada por la prensa ..”.. Es decir, de la manipulación individual a la opinión pública, pasando por tu tablet o tu teléfono móvil. Tan importante es, como  que nos  recuerda  que  “la Unión Europea ha creado ya un centro especialmente dedicado a combatir este fenómeno, la East Stratcom Task Force o Agrupación de la Comunicación Estratégica del Este”. Explica Ágreda: “Lo que diferencia a las operaciones militares basadas en afectos de las acciones tradicionales no son los objetivos, sino la utilización psicológica y propagandística para las que están diseñadas. Se trata de la utilización de las redes sociales para manipular las emociones y los afectos con el objetivo influenciar a audiencias propias o del adversario”. Y llegamos al corazón. Bien lo sabe Facebook…

Y lo sabe mejor la matemática Annie Marquier —de nuevo, ciencia/emoción— cuando explicaba hace cinco años en una entrevista en La Vanguardia su descubrimiento de que el corazón tiene cerebro. “El amor del corazón no es una emoción, es un estado de conciencia inteligente”. Y daba la explicación científica: “Se ha descubierto que el corazón contiene un sistema nervioso independiente y bien desarrollado con más de 40.000 neuronas y una compleja y tupida red de neurotransmisores, proteínas y células de apoyo”. Por eso, nos recomendaba: “Cultive el silencio, contacte con la naturaleza, viva periodos de soledad, medite, contemple, cuide su entorno vibratorio, trabaje en grupo, viva con sencillez. Y pregunte a su corazón cuando no sepa qué hacer”.

Lo mismo aconsejaba el cineasta ruso Tarkovsky: “La soledad es tal vez el ejercicio más natural a nuestro alcance”. Como el de quedarse en casa una tarde de domingo, sin móvil, sin tablet, sin internet. Porque, como dice mi amiga y profesora Pilar Rangel, “el secreto es no odiar a nadie y no a amar a cualquiera”. Sin reminiscencias.

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