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Es posible un verano hedonista en València

Sobrevivir al verano

El verano en València es sinónimo de tedio, calles vacías, calor asfixiante y guiris con chanclas horribles; pero también hay espacio para el Mediterráneo que nos gusta y el hedonismo más liviano

Por | 27/07/2018 | 3 min, 35 seg

“Las vacaciones son no tener nada que hacer y todo el día para hacerlo”

Es difícil llevarse bien con el verano porque el verano casi siempre es sinónimo de vulgaridad, visitas indeseables y cruceros plantando su sombra sobre el Cabanyal-Canyamelar. Siendo sinceros, la canícula es especialmente dura con València —que entre los chalets en Xàbia, las escapadas a Formentera (tan de la València “bien”) y la humedad de este calor insoportable, lo fácil es tirar de cobardía y hacer trinchera en casa a base de paciencia, Netflix y el aire acondicionado a cascoporro.

Es una especie de rendición. Rendición al turista, quiero decir; como en aquel lienzo de Velázquez (“La rendición de Breda”) en la que los tulipanes nos entregan las llaves de Breda al general Spínola, que por cierto era genovés. Pero a lo que vamos: el valenciano tiende a someterse al visitante, dejar la ciudad en sus manos y limitarse a patalear: y así no hay manera. Porque yo creo que es momento de aprender a disfrutar de esta València nuestra porque también en agosto las opciones de ocio, gastronomía y hedonismo bien entendido son maravillosas. Y es que también hay que contar lo bueno.

Un buen plan veraniego puede arrancar en cualquiera de los chiringuitos de esa València un poco californiana que se esconde en la Patacona: Salty, Patasur, A La Bartola o La Más Bonita; que son los que empezaron todo esto.

 Otra opción maravillosa es plantar nuestro soberano trasero en cualquiera de las terrazas que pueblan la ciudad: la interior (tan cuqui) de Blue Bell Coffee en la calle Buenos Aires o la de Komori en el Westin; el clasicismo de nuestro adorado La Pérgola o el de Aquarium, en plena Gran Vía Marqués del Túria. Los txipirones en su tinta en el bar Aduana o los arroces de la familia Salvador en La Marítima; la vista alucinante desde Sucursal en Veles e Vents, Vertical frente a la Ciutat de les Arts i les Ciències o la terraza del Barceló. Qué bonita es València desde arriba.

También es buen momento el verano de visitar a todas esas promesas gastronómicas que ya han cuajado en restaurantes imprescindibles para entender qué se mueve (y hacia dónde se dirige) el comer y beber valenciano: las gyozas y el bao de panceta de Vanessa Lledó en Mil Grullas, el pollo cajún a la brasa de Adrián, Álex y Andrés en Fumiferro o ese plato que tan bien ha definido la cocina de todo un barrio, el morro con anguila ahumada de Anyora. El pescado salvaje de La Casita de Sabino, el mollete de papada, mozzarella y trufa de Manu en Yarza o el pepito de steak tartar y huevo de codorniz de Vicente Patiño en Sucar.

¿Más? Volver a los grandes, porque es más fácil pillar una mesa y porque es ahora cuando el reloj no rebaña el tiempo. Volver a Ricard Camarena en Bombas Gents (está en su mejor momento —y qué mejor momento ahora que ha vuelto David Rabasa a comandar la bodega), a la intensidad de Luis Valls en El Poblet o la creatividad tan virada en artesanía de Begoña Rodrigo en La Salita. Quizá es momento de volver al mediterráneo saludable de Bernd H. Knöller en Riff, a la valentía de Miguel Angel Mayor en Sucede o al clasicismo totétimo de nuestros hermanos Rausell. Porque son nuestros. Propiedad de ‘la terreta’.

Fue León Tolstói (y miren que el ruso no era precisamente Celia Cruz) quien firmó aquella sentencia que hoy hago mía. Al pie de la letra: “La felicidad consiste en vivir cada día como si fuera el primer día de tu luna de miel y el último día de tus vacaciones”.

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