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entrevista al arquitecto

Juan Antonio García Solera: La resistencia de la Modernidad alicantina

19/12/2018 - 

ALICANTE. Vive en el piso octavo y trabaja en el ático de un edificio de once plantas diseñado por él mismo. «Ahora estoy con una vivienda de dos plantas», comenta. Y es que a pesar de la edad, se resiste a dejar de trabajar. «No pongas que tengo 94 años, tenéis que decir que voy para los cien —apunta sonriendo—. Antes me daba vergüenza decir mi edad, pero ahora ya no», confiesa el arquitecto. El pasado mes de noviembre el periodista y escritor Martín Sanz publicaba Testimonio de una época, una biografía de Juan Antonio García Solera que elaboraba después de casi un año de trabajo en el que tres meses fueron de grabaciones con él, hablando de sus más de seis décadas de proyectos. 

En una mesa de reuniones llena de planos empieza a dibujar el mapa de su vida. «Yo soy patrón de yate y me tuve que presentar a una especie de oposición. Tenía que estudiar un montón de libros así que en esta misma mesa me puse a hacer mis apuntes personales», explica mientras pasa las hojas de un libro plagado de dibujos sobre náutica y meteorología. «No sé cuándo pensé en ser arquitecto, pero desde muy joven ya tendía a dibujar casas. En mi familia no había nadie relacionado con el oficio, la verdad. Pero yo tengo una creencia sobre la que tengo que indagar, aunque tampoco tengo tiempo para ello». 

Aun así, cuenta algún detalle. «Mi madre era de Caudete», explica mientras señala una fotografía de las fiestas de Moros y Cristianos del municipio fronterizo. «Allí hizo una iglesia, allá por el siglo XVII, un tío que vino de Ciudad Real para ser el maestro de obras. Era Solera de apellido y yo pienso que por ahí puede haber venido lo mío, pero, aun así yo desde bien pequeño me recuerdo dibujando —añade—. Antes, para ser arquitecto tenías que ingresar en Madrid o en Barcelona. Así que pasé la Guerra Civil aquí y luego me marché a Madrid, porque Alicante en esa época... Bueno, yo solo dibujaba, solo tengo el recuerdo de estudiar el preparatorio. Iba a una academia de dibujo y me presentaba a los exámenes».

«La arquitectura siempre ha sido una de las bellas artes, aunque era una de las últimas: la música es la más difícil porque tiene menos apoyo material y luego viene la pintura, la escultura, etcétera. La arquitectura era una de las últimas bellas artes pero en la escuela de Madrid si tú no sabías dibujar bien, no podías ser arquitecto. Eso era fundamental». A sus espaldas, dos enormes cuadros pintados por él a carboncillo son tan precisos que se confunden con fotografías. «En la carrera nos exigían mucho. Con estos dibujos que nos pedían para ingresar ya aprendías la luz, la sombra y la proporción. Luego proyectábamos por instinto».

Sobre el impacto que ha tenido que desde 1996 haya una Escuela de Arquitectura en Alicante, afirma que era necesario para crear un ambiente profesional. «El problema no es saber dibujar, es sentir la profesión. Lo que pasa es que las escuelas antes exigían más, había que tener vocación. El dibujo ya no tiene el peso que tenía y ahora cualquier tío es un artista —comenta—. Esto ha cambiado, para mejor o para peor, ya no sé. Pero cuando he ido a dar una conferencia, con sus preguntas ya me daba cuenta de quién tenía vocación».

Es la visión de un hombre que dedicó los veranos universitarios a la mili. «Supongo que el ejército español se quedó sin oficiales porque se inventó que los estudiantes de carreras superiores podían servir como oficiales haciendo prácticas reglamentarias. El primer verano me hice sargento y el segundo alférez. Acabada la carrera, eran obligatorios seis meses más. Con lo cual, habías hecho la mili pero repartida. Yo estuve en Cartagena de oficial de artillería —explica—. Yo a Madrid había ido solo a estudiar. Así que cuando acabé, volví a Alicante y necesité ayuda para empezar. Mi padre era un comerciante querido y conocido en Alicante. Tenía un amigo constructor que se llamaba Juan Ivars. Él me facilitó un pequeño piso que alquilé en la plaza de los Luceros junto con un delineante y un administrativo. Entonces las grandes empresas no existían y había que abrirse camino así, aunque yo tuve suerte porque conocí a gente que me ayudó», explica.

«Mi primera casa fue en la calle Pascual Pérez. También hice un pequeño hotel en Altea, del que me sigo acordando porque al dueño lo llamaban El Pelut —recuerda—. El proyecto más importante que tuve fue una casa de cuatro pisos, porque hasta esa altura no exigían ascensor. Hacer algo más alto de eso era un encargo importante. Por eso empecé por la clásica vivienda unifamiliar —explica—. Luego hice otra cosa que se conserva, y muy bien conservada. El Hostal de San Juan, un pequeño hotelito que me encargó Luis Martínez, quien tenía varios cines como el Central o el Ideal. No sé cómo llegó a mis barbas. Pero antes te encargaban los proyectos porque uno le hablaba al otro sobre si este arquitecto funcionaba o no, si era bueno o no; también por lo que veían que tú habías hecho —comenta—. 

Tuve la suerte también de que me encargaran varios bares. Hice, aún como estudiante, el Miami, aunque el de ahora nada tiene que ver con el original en absoluto. Entonces fue un grito moderno. De ahí me encargaron Las Vegas, uno en la Rambla, etcétera. Sitios en los que entra mucha gente y que se ven mucho. Eso me divulgó. A partir de ahí ya fue el boca a boca y me iban encargando más. Porque concursos había pocos y eran todos en Madrid», relata.

La oficina de García Solera llegó a manejar hasta trescientos expedientes al año. «Trabajaba a todas horas, no tenía domingos ni sábados. Ahora no se ha devaluado la arquitectura sino la consideración del arquitecto. Yo iba a la obra a las ocho y estaban todos preparados, desde el encargado hasta el último oficial y te respetaban mucho, pero ahora eso no es igual», afirma. «No sé por qué no, pero eso es entrar en terreno político. Los que ponen las exigencias son los políticos. Entonces España había que levantarla, estaba en el suelo y hacía falta arquitectos y gente que construyese; buscaban al mejor», comenta. Incluso habla de una anécdota. «En una de las primeras obras que hice, por arriba de la Plaza de Toros, cuando llegué a ver los trabajos estaba allí el propietario con el constructor y veo que arriba habían hecho un mirador, por lo que pregunté: "¿pero usted ha visto los planos? Ahí no estaba dibujado" —relata—. Así que le dije que lo tirara y el propietario me dijo que el que pagaba era él y que hacía lo que quería. A lo que yo le contesté que el que pagaba era él pero el que iba a firmar la obra también. Y dejé la obra», cuenta el arquitecto.

García Solera estudiaba a sus contemporáneos. «No es que copiase a Le Corbusier o Alvar Aalto, pero yo sacaba las instrucciones que él daba en sus proyectos, porque eso es lo que te formaba. Era muy difícil y distinta la enseñanza. En aquel entonces el uso del edificio era lo que había que estudiar bien, luego organizarlo y acabar haciéndolo. Ahora quizás se da mucho hacer un edificio extravagante y luego meter el programa dentro, que puede estar bien o mal. En aquella época lo primero era que el edificio funcionara y luego que fuese bonito según el gusto de cada uno y la formación que te habían dado», explica.

«Me gustaba mucho Alvar Aalto porque estuvo por el Mediterráneo mucho tiempo y captó una forma de pensar y de ser que ha sabido introducirla a la Modernidad», confiesa. La Sede para el Colegio Oficial de Médicos de Alicante (1982) o la Escuela de Ávila (1981-1989) sintetizan su admiración por él. «Yo ahora elegiría por deformación a Sáenz de Oiza, ejemplo de buena y moderna arquitectura. O Moneo también me gusta mucho. Pero ahora hay gente que vale mucho, más que antes. En la región valenciana tienes arquitectos muy buenos. 

También lleva implícito el tipo de arquitectura que se haga; ahora es muy simple y aquí siempre se ha hecho una arquitectura muy simple. La simplicidad es depuración, pero es muy difícil». García Solera fue uno de los primeros urbanistas de la ciudad con trabajos como la avenida de Jaume II o el Plan General del 73, jamás aplicado. «Entonces los planes urbanísticos los aprobaban en Madrid. Yo fui allí a explicarlo y lo aprobaron definitivamente en el 74. Vino el 75 con un cambio político total y en el 77 encargaron otro. Pregunté al concejal de urbanismo y dijo que mi plan era muy caro. ¿Muy caro? La ley obligaba a hacerlo ajustado al presupuesto municipal y con un techo de cuarenta años, que habría sido el año pasado —desgrana—. Entonces me di cuenta. Lo desecharon porque procedía del franquismo, no hay otra explicación —sentencia—. Y te digo otra cosa, el nombre de Vía Parque se dio en esta mesa. Pero de aquel plan solo queda ese nombre, porque lo importante era que la vía vertebrara la ciudad alrededor de la bahía, ya que en aquel momento había una congestión tremenda en el centro y queríamos romperla. Planteábamos una ciudad alargada por el litoral, que es como históricamente surgió Alicante», explica el autor del plan.

«Ahora Alicante no me gusta cómo está. Sigue habiendo congestión en el centro e históricamente se la han cargado. La Rambla de Alicante no tiene nada que ver con los árboles que había y se han cargado el Paseíto de Ramiro. Me parece bien que se rescate la muralla romana o fenicia, pero sobre ella ahí había un parque con interés botánico y político». El arquitecto se lamenta porque con el nuevo paseíto, se ha perdido la memoria de la plaza. «Ha habido reuniones sindicales, hacían verbenas famosas. Eso también es ciudad porque la ciudad no son solo calles y plazas. Una ciudad es más que todo eso: hay vivencias; esas vivencias son las que hay que conservar», afirma el arquitecto.

«Un plan de ordenación se basa en la idiosincrasia de la ciudad. El mismo plan puede ir cambiando, pero una cosa es cambiar la forma de vivir y otra la forma de ser, que no se puede cambiar. Echo de menos el PGOU que yo hice, sí. Antes me daba vergüenza decirlo pero ahora ya no —declara sin tapujos—. Hace tres años hicieron un trabajo de la Politécnica de València sobre el plan y eso me da un respaldo para pensar que mi plan era bueno. El mío y el de mi gente, porque éramos un equipo. Si cuarenta años después, todavía lo estudian, pues no será tan malo», asegura. Una espina que se le queda clavada. Y es que si hay algo que le define es su absoluta implicación en lo que hace. «Cada vez que tenía un proyecto importante, había un vacío en el despacho, porque yo me dedico mucho y lo demás no lo puedo atender igual —explica—. Cuando acabé el Plan de Alicante me enteré que en Benidorm se quedaban sin arquitecto. Benidorm tiene su importancia porque empezó con un plan de ordenación adecuado y como era bueno lo han respetado en todas las épocas políticas. Una ciudad que cambia de plan cada tres o cuatro años es una ciudad que no tiene personalidad porque la ciudad se hace a largo plazo. Así que fui a ver al alcalde y me dijo que presentara mi escrito. En aquella época empezó Benidorm a surgir, una época muy interesante en la que Paco Muñoz también estaba por ahí», relata.

«Pero yo no me quedaba en un sitio fijo, a mí me gustaba ser errante. Lo importante es que en cada sitio te influya su ambiente. Un arquitecto si hace urbanismo tiene que saber cómo se vive ahí, qué historia tiene», define. Y pone más ejemplos, porque a su entender «Murcia está muy bien. ¿Era provinciana? Y sigue siéndolo. Con Málaga hay que quitarse el sombrero, hicieron un plan, lo aprobaron y lo mantienen. Tienen museos extraordinarios ahora, a los cuarenta años. Hay modificaciones pero nada radical».

También recuerda su obra de la Escuela de Ávila en la que pasó momentos difíciles. «Yo era un arquitecto levantino, totalmente opuesto al centro de España. Cuando me adjudicaron aquello estuve yendo en plan turista, haciendo apuntes y viendo cómo vivían allí», rememora. El arquitecto acabó construyendo decenas de iglesias, colegios, torres y urbanizaciones por todas las comarcas alicantinas. «En San Francisco de Sales de Elda conservan la iglesia fenomenal. También recuerdo la de Torrellano, cuya estructura me inventé», señala comparando sus obras. Pero también es autor de edificios como el complejo Vistahermosa. «Aquello funciona, los pisos se pagan muy bien. Yo he firmado en mi vida seis obras, tenemos derecho a firmar nuestras obras. Una de ellas es el Complejo Vistahermosa. Las otras son la Escuela de Ávila, una vivienda en Óscar Esplà y ya no me acuerdo de las otras», comenta.

En 2011 se inauguraba su última gran obra, el Auditorio de la Diputación de Alicante. «Sirva para lo que sirva yo quiero que la arquitectura funcione. Puedes hacer una cosa estupenda pero en un auditorio lo importante es que se oiga. Por eso lo que más me satisface del ADDA es la acústica. El mejor proyecto fue el primero, en los ochenta, con auditorio, conservatorio, museo y mercado artesanal. Pero los políticos son difíciles, hasta que llegó Joaquín Ripoll a la Diputación y se lanzó. Pero es que él era arquitecto —afirma—. Tengo una serie de conocimientos que solo se adquieren con los años y me dan una riqueza de opiniones que antes no podía tener. Hay cosas que antes no entendía y ahora sí».

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