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la década perdida del museo de bellas artes

San Pío V: volver a empezar

El Museo de Bellas Artes estrena este mes la V fase de su ampliación y renace con un proyecto de futuro que aspira a devolver la entidad a la sociedad

24/12/2016 - 

VALENCIA.- Sucedió a mediados de los años 70, cuando era un niño; José Ignacio Casar Pinazo recuerda pasear por los pasillos del Museo de Bellas Artes de Valencia y escuchar a su abuelo, el escultor Ignacio Pinazo, hijo del pintor, «protestando porque a algunos cuadros les daba la luz del sol», ríe. Ahora, cuando camina por el museo, si quiere, sólo con un poco de imaginación, puede volver a escuchar a su abuelo dándole recomendaciones de cómo se debe exponer tal o cual cuadro, esa escultura o ese retablo. Con un añadido: esos consejos podría llevarlos a la práctica porque ahora él es el director. 

Si su abuelo volviera ahora a esas salas descubriría un centro que, tras una década perdida, está reiniciando su camino para recuperar su prestigio internacional. Considerado como la joya de la corona cultural de la Comunitat Valenciana, con sus más de 30.000 obras, algunas de ellas tasadas en millones de euros, el Museo es como una cueva del tesoro al acceso del público, tan desconocido como relevante en la historia de la cultura nacional. Considerada la segunda pinacoteca de España en número de obras de arte, sólo el Museo de Bellas Artes de Sevilla y el Museo Thyssen de Madrid le podrían disputar de tú a tú la relevancia a nivel estatal. Pero la hábil gestión que ha regido en espacios como el Museu Nacional d’Art de Catalunya, en Barcelona, o el Museo de Bellas Artes de Bilbao, ha hecho que el espacio valenciano se encuentre hoy día por detrás también de éstos en los ranking. 

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La respuesta al cómo se ha llegado a esta situación se halla en la historia reciente del museo. Su deriva fue paulatina desde la llegada del PP a las instituciones autonómicas, si bien al principio apenas se percibía por el buen hacer del entonces director, Fernando Benito. La primera decisión política relevante que ha afectado (y cómo) a su día a día fue no darle línea presupuestaria propia. A diferencia de la mayoría de los museos de su categoría, que disponen de autonomía de gestión, el dinero anual le era concedido al museo desde la Conselleria que, como una madre, la daba la asignación. Esto resultaba una rémora porque hasta para las cuestiones más nimias el museo se veía obligado a acudir a la avenida de Campanar, sede de la Conselleria. Parodiando, se podría decir que hasta para comprar papel higiénico había que pasar por registro de entrada. Sólo se disponía de una pequeña caja que era de la que se echaba mano. 

Esta decisión permitió a la entonces todopoderosa Consuelo Císcar, con plaza de funcionaria en el museo, controlar los destinos del centro sin salir de la Conselleria, primero desde la dirección general de Promoción Cultural y después desde Patrimonio. Pero una vez fue relegada al IVAM, su égida se desintegró y con ella la escasa preeminencia que tenía el centro en los presupuestos del Consell. Y el museo pasó a segunda división. Una anécdota resume el trato recibido a partir de entonces: a principios de 2009 el presidente Camps ordenó aplazar la inauguración de una exposición a un domingo por la mañana y después decidió no ir; se quedó en su casa viendo la final del Open de Australia en la que jugaba Rafa Nadal contra Federer (Camps es un gran aficionado al tenis); mientras, en el museo, aguardaban la entonces consellera Trini Miró, académicos, artistas, técnicos, funcionarios... 

(Lea el artículo completo en el número de diciembre de la revista Plaza)

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