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 LOS DÍAS DE LOS OTROS 

Witold Gombrowicz: el diario de un viejoven polaco

29/11/2017 - 

VALÈNCIA. Hubo una época en que los diarios no sólo no eran secretos sino que se convertían en relatos absolutamente públicos que leían miles de lectores en los periódicos que compraban cada día. Supone una cierta contradicción publicar unos textos que, por definición, se entienden íntimos y privados. Sin embargo, de una incompatibilidad así pueden surgir obras maestras. Es el caso de los Diarios de Witold Gombrowicz (Maloszyce, Polonia, 1904 - Vence, Francia, 1969) que acaban de ser reeditados recientemente por la editorial argentina El Cuenco de Plata.

Escribo este diario con desgana. Su insincera me fatiga. ¿Para quién escribo? Si es para mí     mismo, ¿por qué lo mando a la imprenta? Y si es para el lector ¿por qué hago como si hablara conmigo  mismo? ¿Hablas de ti mismo de tal manera que te oigan los demás?

Cuando Witold ya era un cincuentón con ciertas dosis de 'cascarrabismo' comenzó a publicar en la revista Kultural esas anotaciones íntimas. Lo hacía en aquella publicación que servía como referencia para muchos de los polacos que, tras la guerra, habían emigrado a París. Gombrowicz llegó a Argentina por casualidad cuando se produjo el estallido de la guerra en 1939 mientras estaba en un viaje en el transatlántico Chróbry como periodista. El 1 de septiembre, cuando Polonia es invadida por el ejército alemán, Witold sigue subido en el barco. El 17 de ese mismo mes, cuando planea volver a su país, le resulta imposible y comienza su exilio en Argentina. La relación con el nazismo es abordada en los diarios con especial interés:

            No he perdonado, pero me ha pasado algo peor. Yo, polaco …tuve que convertirme en Hitler. Tuve que asumir como propios todos aquellos crímenes, justo como si los hubiese cometido yo mismo. Me convertí en Hitler y tuve que asumir que Hitler estaba presente en cada uno de los polacos asesinados y que sigue presente en cada uno de los polacos supervivientes. La condena, el desprecio: este no es el método, esto no es nada… Despotricar continuamente contra el crimen sólo contribuye a perpetuarlo… Hay que tragarlo. Comerlo. El mal únicamente se puede vencer en uno mismo.

En aquellos textos periodísticos que después se convertirían en una obra maestra hay de todo un poco: reflexión, confesión y queja. Quizás el que mejor lo haya explicado es el escritor argentino Alan Pauls que escribió lo siguiente: “En este sentido, el uso aberrante del género se convierte en realidad en su único uso posible (el que ningún otro escritor se atrevió a darle al diario): mezcla de reality show, tribuna, trinchera, closet, cuartel general conspirativo y laboratorio experimental donde se fabrica esa incomodidad crónica que es un escritor”.

A Witold (Witoldo, como le llamaban en Argentina) le caían muy mal Borges y Bioy Casares. De ellos también habla en su diario tras una cena con Silvina Ocampo. Pese al odio, sin embargo, es capaz de valorar su genio. Le lee con cierta frecuencia, a diferencia de Borges que lo ninguneó diciendo que jamás lo había leído. Ricardo Piglia aseguraba que la literatura argentina del siglo XX tenía su punto de inflexión entre Borges y Gombrowicz. Carlos Mastronardi, un buen amigo de Witold, quiso que éste entrara a formar parte del círculo intelectual bonaerense por excelencia. Así pues, organizó una cena con la hermana de Victoria Ocampo. El polaco tenía ciertos reparos con Borges y Bioy. Pensaba que querían estar a la altura de la cultura europea y hacían esfuerzos inútiles para ellos. Tras la cena, escribió esta contundente sentencia:

A mí me encantaba la oscuridad de Retiro, a ellos las luces de París.

Lo cierto es que el Diario lo sirvió como tabla de salvación en un momento en el que Europa se rompía a un ritmo vertiginosos. Witold era un autor sofisticado que, sin embargo, ansiaba sus momentos de gloria. No en pocas ocasiones el autor polaco ha sido tildado de 'viejoven cascarrabias': “Nuestro drama no es la muerte, sino las mil muertes cotidianas que encierra la vejez”, escribirá en algún momento.

   Me he puesto a escribir este diario sencillamente para salvarme, por miedo a la degradación y a un total hundimiento en las olas de la vida trivial que ya me está llegando al cuello.

El diario abarca los 16 años que van desde 1953 hasta 1969. Entre todos ellos, llama la atención los meses en los que despunta una de sus obras más crípticas: Ferdydurke. Es un tono de humor extraño, el personaje protagonista - Joey Kowalski- narra su evolución de treintañero a adolescente. La inmadurez es uno de los temas no solo de Ferdydurke, también de los diarios de Gombrowicz. Una tensión constante se despliega entre la vejez y esta juventud dibujada a través de la inmadurez. 

La nueva edición argentina de los diarios nos regala un magnífico prólogo de Rita Gombrowicz, esposa del narrador. En él, apunta algo que ya decíamos al comienzo de este artículo: “Gombrowicz se inspira en André Gide para escribir un diario, pero mientras que Gide es un autor famoso cuando lo publica, Witold lo hace para saltar a la fama”.

Quizás una de las mayores lecciones que podamos extraer del diario de Gombrowicz es el elogio de la duda.  Hace de la incerteza casi un sistema de pensamiento. Nada acaba de convencerle. Es como si encontrara reparos casi en cualquier pretexto. Así pues, prefiere una melodía de Chopin silbada en un balcón que en un salón de conciertos tocada por virtuosos músicos.

            El artista que se realiza dentro del arte no será creativo jamás, necesariamente tendrá que       situarse en ese límite donde el arte se encuentra con la vida (…) 

El Diario de Gombrowicz es, quizás, uno de los más extraños que se hayan publicado. No sólo por la contradicción que nace en su mismo origen, también por el ritmo descuidado y las reflexiones que se parecen más a losas pesadas que van cayendo en las mentes de quienes las leen.


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