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LA LIBRERÍA

'De este pan y de esta guerra', de Jesús Zomeño, premiado por la crítica valenciana

Este volumen de relatos breves publicado por Contrabando, aunque ambientado en la I Guerra Mundial, nos habla de sentimientos, pasiones y aspiraciones del ser humano vigentes en cualquier época

29/05/2017 - 

VALÈNCIA. La guerra, como acontecimiento rebosante de extremos, es una fuente interminable de historias. La guerra es una gran tragedia cuyo mapa emocional es extenso y complejo: existe la psique de uno y la psique de otro, los objetivos de un bando, del contrario y de los oportunistas, las casualidades que salvan a uno y acaban con otros, la metralla y la onda expansiva, las cartas que llegan y el cartero que es abatido cerca de una trinchera, el capitán y el soldado raso, el fango y las alfombras, las órdenes dadas a salvo y las carreras hacia el alambre de espinos, la marina y la aviación, los acuerdos y las heroicidades, las medallas en pechos que todavía palpitan y las que condecoran a cadáveres. Y esto no es nada, hay muchísimo más: la guerra es una playa, y cada grano de arena o cada gota de agua en la orilla, una anécdota de la que extraer oro literario, porque a los seres humano parece inspirarnos lo áspero, mientras que lo apacible, acomoda nuestra mente en un estado poco productivo de calma chicha creativa.

La guerra se renueva cada semana en la literatura, el cine, la fotografía o los videojuegos: nuevos títulos de guerra, nuevas películas bélicas, nuevas exposiciones con imágenes del campo de batalla, nuevos juegos donde el fragor de la batalla es cada vez más realista. Comemos con la guerra y cenamos con la guerra, y con la guerra, hasta desayunamos y merendamos. Mal que nos pese, cuesta poner tierra de por medio con ella y asegurar que es cosa de otros. No es que ser humano y guerra sean sinónimos, pero casi: la guerra, como la paz, está en nosotros, solo que aquellos cuyas balanzas se decantan hacia la agresión, suelen tener una influencia mayor en el devenir de los acontecimientos. Es difícil saber cuántas guerras hay ahora en marcha, porque ni siquiera tenemos claro hoy en día qué es guerra y qué no, en tanto que las armas han evolucionado enormemente hasta el punto de que muchas de ellas -algunas de las peores- ni explotan ni lanzan proyectiles. La economía, la comunicación, la homogeneización del pensamiento a escala global, la invasión cultural, la deslocalización de la industria. ¿Cuántas guerras a la vez hay en Siria? ¿Cuántos motivos para derramar sangre se superponen en el tablero internacional?

A pesar de la confusión reinante, hay guerras icónicas, hitos clave que han caído como un meteorito en el océano de la historia humana. Sin duda, una de estas guerras es la Primera Guerra Mundial, la contienda que ha utilizado el albaceteño de nacimiento -e ilicitano de adopción- Jesús Zomeño para ambientar los relatos recopilados bajo el título De este pan y de esta guerra (Contrabando, 2016), que le han valido el Premio de la Crítica Valenciana de dos mil diecisiete en la modalidad de narrativa. Dieciocho historias breves que transcurren en distintas ciudades europeas, y que lejos de deslumbrarnos con el fuego de la artillería, lo hacen con hechos invisibles a los ojos de la mayoría, cuestiones insignificantes que suceden en la retaguardia y que bajo la lupa zomeñiana se transforman en desgarradoras manifestaciones de los absolutos que rigen nuestra existencia: unas naranjas nos hablan de la pérdida y de cómo unos pechos grandes protegen mejor el corazón que unos pequeños, el regente de un urinario nos sirve de ojo de la cerradura para espiar y aprehender la verdadera naturaleza de nuestros semejantes, una ciudad india corre un velo sobre la insoportable materialidad del ser, las calles de París se entregan a la memoria de los difuntos y un queso se transforma en el mejor salvoconducto para la cordura antes de interceptar una bala con el cuerpo propio.

Zomeño, autor de otros libros de relatos como Lengua Azul (Editorial Sloper, 2008), Cerillas Mojadas (Editorial Denes, 2012), Piedras negras (Lengua de Trapo, 2014), demuestra estar ampliamente familiarizado con el género, en el que ni titubea ni tropieza. En De este pan y de esta guerra cada cuento es una victoria. Es difícil decir esto de un volumen que contiene casi veinte historias, pero no hay ninguna prescindible. Cuesta comprender cómo sin haber vivido la Gran Guerra, puede Zomeño evocar tantos matices: “El sargento ha caído junto a un oficial, siempre tan servil […] Manicura, botas altas y brillantes, e incluso un pañuelo de seda al cuello. Parece haber muerto según sus convicciones: con total indiferencia a las circunstancias. La sangre le ha brotado por la boca pero, en el último momento, inclinó hacia atrás la cabeza para que la sangre llegase al suelo a través de la oreja, sin manchar ese pañuelo amarillo de sedad”. “Un pelirrojo, me gustan los pelirrojos. Murió llorando, las lágrimas han marcado un surco en la mugre”.

Lo que no cuesta advertir es el parentesco de Zomeño con la poesía. Autor de libros como Del eterno regreso (Malvarrosa, 1989), El otoño de Montparnasse (Diarios de Helena, 1995), Un libro titulado 34 poemas (Diarios de Helena, 2001) o Lectura de estaciones (El Árbol Espiral / LF Ediciones, 2003), el lirismo preciso es un componente que encontramos en cada página, más que para adornar, con el propósito de esclarecer, de transferir la auténtica esencia de las situaciones que narra. También aparece la poesía para engrandecer lo más doloroso: “Permite que te explique los motivos por los que he dejado de quererte. El primer motivo es el odio. El odio ha sido siempre el tuyo, acaso justificado por mi torpeza”. Una enumeración esta, del relato 'Viena si anochece', que bien podría estudiarse en los talleres de escritura, por cómo remueve y por cómo pone la piel de gallina.

Dice Zomeño que la guerra “solo es una circunstancia donde los hombres intentan seguir con sus vidas... Fatalismo, ironía y humanidad de los que nunca pretendieron ser héroes e intentaron ser felices a pesar de todo”. Y entretanto, un sinfín de experiencias: algunas hermosas, otras terribles. Cicatrices que nos hablan de quiénes somos y quiénes podríamos ser, tal vez, si quisiésemos y supiésemos permitírnoslo.


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