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el muro / OPINIÓN

El director y la barricada

Una subvención es un “caramelo”. También tiene precio. Mientras se busca nuevo director para la Orquesta de Valencia, los del teatro y festivales alternativos “aplauden”. Al poder el dinerito de todos le sirve para levantar a su favor barricadas

11/06/2017 - 

Aunque muchos ya sitúan a Ramón Tébar como mejor colocado en la carrera a la sucesión en la Orquesta de València (OV) no desanimaría al resto de posibles candidatos. Pero ya se sabe cómo son estas cosas. A veces pesa más el pedigrí político o las interconexiones que otros factores. Son cosas de la política o el pasteleo.

Los candidatos —Robert Forés, Cristóbal Soler, Rubén Gimeno, Álvaro Albiach, Virginia Martínez, entre otros— no tienen que justificar ni demostrar nada. Me refiero a otros muchos puestos de responsabilidad y gestión donde sí pesa el carné, la afinidad personal e incluso mucho más los padrinos. Es nuestro día a día. No siempre sube el más preparado, ni el más profesional o el más idóneo sino, en la gran mayoría de ocasiones, el más afín y si me apuran mucho, disciplinado. Como siempre.

Está definido que el perfil del nuevo titular de la OV será, de momento, un músico que conozca la orquesta, con DNI local, trayectoria internacional y sobre todo joven. Casi todos esos nombres apuntados cumplen los requisitos. Aún parece que hay algo de partido, no mucho, pero sí en forma de prórroga hasta que concluyan compromisos profesionales y quede despejado definitivamente el horizonte.

Lo que sí tendría que estar claro es que el nuevo responsable de la orquesta municipal tuviera un periodo acotado. Mantener en el puesto durante más de seis/ocho años un mismo titular sería otro error. No es sólo apreciación personal. Más que nada porque las relaciones se resquebrajan, la apatía a veces acaba consumiendo la moral y la novedad termina convertida en simple inercia. Tampoco es buena consejera la colocación per se, que es lo que nos va.

La Orquesta de Valencia está en uno de sus mejores momentos. Lo que necesita ahora es un salto de calidad, ser el gran atractivo del calendario del Palau de la Música más allá de nombres de relumbrón que el aficionado también quiere ver jugar en casa pero fáciles de comprar con el talonario. 

 Los músicos de la OV han ido ganando peso con el tiempo. Son cada vez más ambiciosos y tienen ganas de superación. Internamente disfrutan de un gran protagonismo. Equivocarse con el nombre puede acabar provocando una guerra de guerrillas. No están los tiempos para dilapidar esfuerzos humanos y menos económicos.

Tampoco son buenas consejeras las prisas. Recuerden el caso de la Orquesta Nacional de España (ONE). Estuvo largo tiempo probando directores antes de apostar por el alemán David Afkham. En la variedad está el gusto. Al menos, así debería ser en nuestro caso de forma inmediata o durante una buena parte de la próxima temporada.

Es evidente también que la clase política debería alejarse lo máximo posible de cualquier tipo de elección. Aunque le guste mangonear. Su desconocimiento es un trauma.

La designación debería ser territorio privado de expertos y músicos, verdaderos profesionales del ramo. Que no suceda como en esas supuestas “oposiciones” montadas en torno a los cargos políticos culturales del momento; nombres escogidos tras “supuestos” concursos públicos envueltos en nebulosas y que aún deberán demostrar sus auténticas capacidades profesionales.

No es el caso de la OV. Cuando se le ha preguntado ha respondido de forma alta y clara, aunque su voluntad interna haya sido utilizada de forma interesada para dinamitarla internamente.

Estos tiempos de cambio de peones traen también peligros. Los errores suelen tener pésimas consecuencias. Pueden quebrar y, lo peor, hundir proyectos o generar en torno a ellos múltiples dudas y sobre todo desconfianza y descrédito. Y si eso llega hasta el espectador, que al fin y al cabo es el que paga a través de sus impuestos, y las decisiones a veces arbitrarias son de mero tinte político, el problema puede ser mayor y de consecuencias inesperadas.

Un colectivo musical es un estamento formado por decenas de personalidades y sensibilidades confluyentes ante una partitura, pero no siempre en la parcela personal. Algo comparable con un equipo de rugby: un tropel de todoterrenos especializados en lo suyo pero en el que gran parte calientan banquillo a la espera de su oportunidad. Un colectivo en el que los entrenadores no suelen tener amigos.

La sinfónica de Valencia se ha ganado con su trabajo estar considerada una de las mejores formaciones en el ámbito nacional, con perdón de la Orquestra de la Comunitat Valenciana en la que sus silencios, a veces, dicen mucho. Pero esa es otra historia a contar. Sobre todo, los líos.

P.D.: Leo en la prensa, aunque me cuesta cuadrar, que el Festival Tercera Semana es un encuentro surgido desde el fondo de las compañías teatrales valencianas para mostrar y denunciar el olvido institucional de las Artes Escénicas: “El ansiado escaparate para todas aquellas compañías que no encuentran un lugar de exhibición para sus trabajos”, añaden. Contundente.

Sin embargo, ha sido sencillo al parecer contentar a los organizadores. Una buena subvención y la cesión temporal de espacios públicos los ha puesto más que contestos y parece haber eclipsado cualquier tipo de reivindicación. Además, figuran mediáticamente mucho más los que han aportado migajas para redimir sus pecados que la verdadera profesión y el proyecto global de un Teatro Nacional con pedigrí o el escaparate real de los proscritos. Por cierto, la Ley del Teatro existe desde hace muchos años aunque nadie se acuerde. Ni el PP.  

Al final, se trata de saber qué hay de lo mío. Ahora se llama Mesa de la Cultura. Con forma e imagen de barricada. Frente unitario subvencionado como pago de reivindicación nacional. Pura fachada millonaria, aunque ya doblegada o sumisa.

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