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Electrochoques

El estigma de los electrodos contra la depresión

No forma parte del pasado. Pese a su leyenda negra, la aplicación de electrochoques es frecuente en determinado tipo de pacientes y no tiene casi efectos secundarios

11/02/2018 - 

VALÈNCIA.- Su nombre evoca los chispazos indiscriminados, dolorosos y traumáticos que recibió como tortura Jack Nicholson en su papel magistral de Randle McMurphy en Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), en el ambiente tenebroso de salas colectivas repletas de enfermos recluidos en los viejos manicomios alejados de la sociedad, en tiempos en los que todavía no se hablaba de los hospitales psiquiátricos y cuando todavía quedaba lejos la rehabilitación y reinserción social de los pacientes. Tras décadas de tabú, la terapia electroconvulsiva (TEC), conocida por su denominación popular electrochoque, ha pasado a convertirse, a los ochenta años de su descubrimiento, en uno de los instrumentos más sofisticados y eficaces para curar la depresión grave en el ámbito de la psiquiatría clínica en los hospitales internacionales de más renombre. Sin embargo, el estigma sigue volando alrededor de esta terapia que salva miles de vidas en todo el planeta.

La terapia electroconvulsiva consiste en la aplicación de electricidad sobre el cuero cabelludo para producir una convulsión, similar a la de un ataque epiléptico. La utilidad clínica de las convulsiones ya la observaron los profesionales de la psiquiatría del siglo XIX, y desde entonces se puso en marcha la busca de procedimientos para desencadenarlas como el choque con el fármaco cardiazol. «Tenía el problema de que anticipaba la convulsión, y el paciente era consciente de que la iba a tener y generaba sensación de angustia y pánico, por lo que no se sabía si la persona se curaba por la experiencia previa a la convulsión o después», recuerda el psiquiatra Andrés Roig.

Tras muchos intentos, el descubrimiento definitivo llegó de la mano de los doctores italianos Cerletti y Bini en 1938. «Cerletti se enteró de que en el matadero de Roma, antes de degollar a los cerdos, el matarife les daba una descarga eléctrica. Entonces pensó la posibilidad de usar la corriente eléctrica para producir la convulsión. Por aquel entonces no existía la bioética, y cogían a gente para probar la técnica. Encontraron a un enfermo mental vagando por la calle, un paciente completamente esquizofrénico, y tras darle una convulsión, consiguieron que mejorase y que se expresara de forma coherente», relata Roig. 

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Antes de que aparecieran los psicofármacos dos décadas después, a los que siguieron los antidrepresivos en los años 60, la difusión de la TEC se disparó hasta el abuso, sobre todo en los pacientes con esquizofrenia. Era la época del uso indiscriminado, sin anestesia ni relajantes musculares, provocando una convulsión motora tan potente que podía producir lesiones óseas en los intervenidos. Pero las primeras innovaciones de la TEC no tardaron en llegar. En los años 50 se empezó a hablar de la terapia modificada con la administración de un relajante muscular, un derivado del curare. «De hecho, el primer relajante muscular en la historia de la farmacología se debe a la investigación sobre la TEC», subraya Roig. 

(Lea el artículo completo en el número de febrero de la revista Plaza)

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