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LA LIBRERÍA

El fin del mundo como nunca antes te lo contaron en 'Manigua', de Carlos Ríos

Ediciones Contrabando publica esta fantástica novela breve que nos traslada a un último capítulo de la humanidad especialmente incómodo, uno en el que no somos los protagonistas ni nuestros países el escenario

24/10/2016 - 

VALENCIA. Con toda probabilidad una de las mejores películas que haya dado la ciencia ficción en los últimos años sea la aclamada District 9. Para empezar, el film ubica la acción lejos de los muy invadidos Estados Unidos. En lugar de optar por destruir una vez más la Casablanca, el Capitolio o la Estatua de la Libertad, la cinta de Blomkamp hace algo mucho mejor: obviar los lugares comunes de las películas de extraterrestres y plantear un resultado del contacto menos destructivo, aunque muy conflictivo. Los alienígenas esta vez aparecen en Sudáfrica, famélicos y perdidos. No son colonizadores, sino refugiados desorientados a los que nos vemos en la obligación de dar asilo, aunque no sepamos muy bien ni qué necesitan, ni cómo vamos a gestionar la convivencia. Brillante punto de partida, y brillante el resultado. Próximamente llegará a la gran pantalla otro estreno que también apunta maneras por los mismos motivos: Arrival nos pone en la tesitura de tener que averiguar rápidamente la manera de comunicarnos con unos seres para entender cuáles son sus intenciones y poder actuar en consecuencia. En este caso, el problema es la comunicación, antes que las armas.

En la literatura tenemos un gran número de ejemplos de libros de ciencia ficción cuyas tramas no han girado en torno a la guerra, o al menos, no haciendo de ella el asunto principal, sino que han indagado en otros aspectos distintos de situaciones muy manidas, como el anteriormente mencionado contacto. En este terreno, el polaco Stanislaw Lem ha destacado especialmente. Así, en Fiasco, una de sus novelas menos conocidas -probablemente por su complejidad, extensión y densidad-, se nos plantea un escenario muy diferente al habitual: somos los humanos quienes a raíz de ciertas señales y de elaboradas teorías matemáticas, dilucidamos que lo que estamos viendo en un planeta son indicios de vida avanzada, pero no podemos siquiera imaginar cómo puede ser esa vida, ni mucho menos cómo esta concibe la existencia. Tal vez lo que para nosotros es una amenaza, para ellos sea una bienvenida. Quizás no se rijan por los mismos conceptos que nosotros e intentar mandarles un saludo directamente carezca de sentido. A lo largo de todo el libro tenemos la desagradable sensación de carecer de suficiente información para poder hacer algo o lo contrario, hasta un desenlace que no desvelaremos ahora, aunque el título del libro sea en sí mismo un enorme spoiler

La arrogancia o la ingenuidad humana, presente en todas las etapas de nuestra existencia -algo que también apuntaba la superinteligencia Golem XIV de Lem- nos suele llevar por derroteros tremendamente básicos. ¿Por qué consideramos que un posible contacto sería algo tan sencillo como eso, un contacto? Quizás aquello con lo que algún día podamos toparnos esté vivo de una manera que ni siquiera podamos comprender. ¿Y si existen seres que habitan en más dimensiones que las que nosotros conocemos y ni siquiera podemos percibirlos? En otra película, Mothman, un científico saca los colores al personaje que interpreta Richard Gere con una idea muy sencilla; a la pregunta, si son tan inteligentes, por qué no se ponen en contacto con nosotros, esta respuesta: tú eres mucho más inteligente que una cucaracha, ¿has intentado alguna vez hacérselo entender?

Efectivamente, tenemos la fea costumbre de generar modelos de situaciones que se ajustan como un guante a nuestra cotidianidad. Sin embargo, las mejores historias tienen la buena costumbre de escapar a estos corsés. Manigua, de Carlos Ríos (Buenos Aires, 1967), publicada por Ediciones Contrabando, es de esas mejores historias a las que nos referíamos, porque en ella se nos habla de un futuro apocalíptico -o quizás sea un pasado, o un nunca-, pero desde una perspectiva muy distinta de a la que estamos habituados. En lugar de carreteras y ciudades pobladas por vagabundos madmaxianos, aquí se nos habla de ciudadelas de cartón y plástico en algún lugar indeterminado de África. En lugar de tener que buscar una cura, un antídoto o una reliquia, aquí nuestro protagonista busca una vaca, una vaca que necesita para sacrificarla en el nacimiento de su enésimo hermano para evitar así morir de sed atado a un palo. Nuestro protagonista Apolon no era policía antes de la catástrofe, ni sacerdote, ni militar. Apolon es simplemente un hombre acatando el mandato de su padre, lanzándose de esta manera a un viaje aterrador a través de un territorio devastado, un mundo que se desintegra engullendo en su desaparición a todo aquel que se encuentra sobre la falla en el momento preciso. Manigua es el fin del mundo desde los ojos de los olvidados por nuestro mundo. El último capítulo de una humanidad agotada y caduca que es más pasado que presente.

Es el fin de todo, una vez más, solo que esta vez el foco está en otra parte. De la misma manera que en La carretera de McCarthy lo que fuese que hubiese provocado el apocalipsis carecía de importancia, aquí Ríos no entra en detalle respecto a qué ha causado tal caos catastrófico; lo cual no quiere decir que no atienda los detalles, porque de hecho es aquello en lo que más se esmera a lo largo de toda la narración, que es breve pero sobrecogedora como esas zambullida en una poza de la que no se conoce de antemano la profundidad con exactitud: a medida que uno desciende se pregunta si ha hecho bien saltando y si al final de la caída podrá ascender de nuevo hasta la superficie. Nada más sumergirnos en Manigua nos preguntamos si vamos a ser capaces de liberarnos de todos los prejuicios que hemos aprendido consumiendo buena y mala ciencia ficción -aunque este libro no pueda encuadrarse exactamente dentro del género-, si podremos dejar de esperar resoluciones explosivas o flashbacks informativos y encuentros reveladores y trascendentales que cambien el curso de los acontecimientos. Si podremos sencillamente abandonarnos a la narración de una normalidad desoladora de la que nada sabemos, pero que es tan horrorosa como poética, por todos esos detalles con los que nos maravillamos rumbo a São José dos Ausentes.

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