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EL CABECICUBO DE SERIES, DOCUS Y TV 

El hombre que eludió la pena de muerte demostrando que estuvo en un estadio chequeando al público cara a cara en TV

Su defensa de los cargos de asesinato pasaban por demostrar que estuvo en un partido de beisbol cuando se produjo el crimen. El abogado tuvo que examinar los vídeos del partido mirando cada cara del público, una a una, durante días, hasta dar con él. Que Larry David grabase un episodio de 'Curb your entusiasm' en aquel lugar en aquel momento, salvó su vida con los brutos de la grabación de su serie. El acusado salía ahí en un fotograma

11/11/2017 - 

VALÈNCIA. Cuarenta minutos escasos y es uno de los mejores documentales en lo que llevamos de año, Long Shot, de Jacob LaMendola, en esta sección. Les cuento la historia muy rápidamente. Juan Catalán va al juicio de su hermano, metido en rollos de pandillas, un tanto gangster. Hay una mujer que testifica contra él. A la chica, Martha Puebla, esa tarde le meten cuatro tiros y la matan. Juan Catalán es detenido. Un testigo le había identificado en el lugar del crimen. En el juicio, solo tiene una defensa: contar la verdad. Aquella tarde estuvo en el partido de los Dodgers. Pero solo hay una forma de demostrarlo. Ponerse los vídeos y buscar, una por una, de entre todas las cabecitas de las 56 mil personas que acudieron al encuentro, y ver cuál es la suya. Pásmense. Lo hizo.

Para mí ya sobra con este detalle para alucinar. Su abogado se encerró en casa con los vídeos del partido y al cabo de varios días de verlos a cámara lenta encontró el cholón de su cliente. Se le distinguía básicamente por el bigote, que en aquel momento lo tenía de dimensiones bismarckianas. Sin embargo, estaba un poco pixelado. Lo suficiente como para que no lo aceptaran en el juicio. Tuvo que buscar más.

Ahí es donde el documental se pone en órbita. El abogado le preguntó a su cliente qué recordaba del partido. Este, que iba habitualmente al estadio, le dijo que ese día precisamente parecía que habían acordonado una zona para colocar cámaras, cosa que nunca había pasado. ¿Quién estaba grabando allí? Larry David. Un capítulo de Curb your entusiasm.

El abogado esta vez fue a la productora de la serie. Contó su historia surrealista. Ya antes, había tenido que analizar la agenda del manager del club para descubrir qué había pasado extraordinario aquella tarde, solo figuraba eso en la rutinaria gestión de un campo de béisbol. El equipo de la serie, conmovido, le dejó sin problemas analizar todos los brutos tomados aquel día.

Esta vez eran tomas chorras y pruebas, pero también lo logró. Hacia el final, aparecía caminando por las escaleras Juan Catalán con su hija, había ido a comprarle un helado. Hablamos de algo inverosímil, y llena el documental, pero la parte realmente dramática va por otra vertiente y tiene mucho que ver con el sistema de justicia americano.

La fiscal asignada nunca había perdido un solo caso por asesinato. Cuenta el abogado que la llamaban "la francotiradora" porque tenía la curiosa tendencia profesional de pedir siempre la pena de muerte. Es ahí donde te haces preguntas sobre el sentido de una fiscalía. Las muecas en el revólver no solo las tienen los psicópatas, también los justicieros, sin excluir en este postulado que la justicia puede ser muy psicópata por sí misma.

No obstante, lo extravagante reside en la presencia del cómico Larry David. Él tampoco sabe qué pinta en un documental, en este caso de Netfix, sobre crímenes -ya saben que para nosotros los de este género son los mejores http://valenciaplaza.com/grupo-2-homicidios-un-digno-programa-de-crimenes-espanoles pero no dudó en sumarse con su imagen a lo que fue la feliz búsqueda de una aguja en un pajar. Gracias a él, a su serie, pudo llevarse a cabo la defensa de este chicano que no le hubiera importado de otro modo nada a absolutamente nadie.

Pero no fue suficiente. La francotiradora no se dio por satisfecha, cotejó los horarios y vio que el partido se había acabado una hora antes del crimen. En este caso, la defensa tuvo que buscar en los repetidores de telefonía las llamadas que pudiesen justificar la localización del acusado. Podría haber salido volando tras el pitido final a matar a la chica. También lo lograron. Salvó su vida, en definitiva, por los vídeos, pero todavía tuvo que demostrar un poco más. Su mujer estremece cuando llora pensando que si su marido hubiese visto el partido en casa no habría tenido defensa posible, nadie les hubiese creído, y menos ante una iracunda fiscal que triunfa en la vida.

El verdadero problema estaba, y en esto el documental sí se queda un poco corto, en que los detectives le habían incriminado a voluntad. Es decir, las preguntas a un hombre asustado que estaba alucinando por que se le acusara del asesinato de una adolescente, se les puso un tono incriminatorio que buscaba el click, premeditado, para encerrarlo. A eso hay que sumarle que el otro policía forzó a los testigos deliberadamente para que señalasen su foto entre los sospechosos.

La lista y sus fotos aparece en la película. Se puede comprobar, y no es por un estereotipo racial, que los mexicanos con bigote y el pelo rapado vistiendo ropa deportiva se parecen mucho. Tanto que el espectador se sorprenderá al ver por primera vez esa captura de pantalla porque le parecerán que son diferentes fotos del mismo acusado.

Al final se hizo justicia en el caso, pero superficial. Los policías fueron uno apartado del departamento, el otro del cuerpo, pero medió un caso que involucró a celebrites, para llevar a cabo las medidas. No obstante, no parece que esté ahí la parte más tóxica del sistema de justicia, si bien es cierto que si no hubiese sido por ellos, no se habría planteado el juicio en unos términos tan inicuos con el acusado. 

Pero vayamos al grano. Lo realmente estremecedor era esa fiscal, bien arreglada y seguramente también muy bien pagada, que cuenta sus ejecuciones como muescas en la culata. Éxitos en un historial jurídico que monetizar. Cuando el hecho de que para cada caso pidiese lo mismo invalida su criterio por definición al ser, en Derecho, cada caso un nuevo mundo.

Es ahí donde este documental con final feliz pone el dedo en la llaga, aunque no quiera insistir. No era descabellado tomar al hermano de un acusado por asociación mafiosa como sospechoso del asesinato de una testigo, sobre todo si estuvo presente en la vista. Ni tampoco es para tirarse de los pelos el trabajo sucio de unos detectives que seguramente viven de casos resueltos. Lo terrible es que una persona pasada por la universidad y con un estatutos que a buen seguro es envidiable, pusiera el listón de forma sistemática en la pena de muerte como medida de su éxito como fiscal.

Es un fenómeno que da la medida de la perversión del sistema, que no se aleja mucho del nuestro, cuando lo que se supone que es la elite, cuando hay actores sociales que gozan de un nivel que le ha costado mucho a la sociedad obtengan -no olvidemos que el sistema de justicia se sostiene, como todo, por los beneficios de la fuerza del trabajo- es ejercido con total irresponsabilidad en beneficio de uno mismo.

Son tantos los empresarios de sí mismos, reiterando, que conducen a los más humildes al odio y a su destrucción que si algo tiene que revisar la sociedad occidental es la forma en la que banalizan el mal sus propias elites. Hay mucha más premeditación y conspiración para el asesinato en una fiscal que pide la pena de muerte para anotarse un tanto que en la del sicario que matase a esa mujer por obediencia a su clan.

En Europa no es nada distinto. Los más preparados, en los que la sociedad deposita una responsabilidad no sin esfuerzo económico, cuando juegan a los dados con las vidas ajenas se convierten en criminales de peor calaña que aquellos a los que la vida ha empujado a ser criminales. Los tenemos delante de las narices. Son los que desencadenan conflictos con sus palabras, intelectuales y poetas, que pagamos caro en dinero y... salud.


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