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la herencia de consuelo císcar

La Nau de las locuras

Desde hace seis años y medio está prácticamente sin uso. Sólo su rehabilitación costó 27 millones de euros. Con la propiedad en disputa entre la SEPI y la Generalitat, La Nau de Sagunto, una de las grandes apuestas culturales del PP, hiberna convertida en un símbolo de los años del exceso

5/06/2016 - 

VALENCIA. El escenario es desolador en su asepsia. El gran recibidor que sirvió para albergar ruedas de prensa, en la planta superior del edificio interno de La Nau de Sagunto, está vacío. El espacio lo preside un gran cartel blanco. La esquina izquierda ha sido arrancada y cuelga unos centímetros, como si alguien lo hubiera intentado quitar y se hubiera arrepentido a mitad. Debajo se puede leer una fecha: «25 de septiembre de 2009». La leyenda informa: «Fórum Nacional para el Diálogo Social». Ése fue el último acto que se celebró en el edificio. Lo organizaba la Fundación de Trabajadores de la Siderurgia Integral. Han pasado seis años y medio. Desde entonces este complejo multidisciplinar no ha tenido uso público, sólo caterings de actos singulares. No queda ni asomo de la gloria prometida, del esplendor anunciado. La Nau de Sagunto, la antigua Nave de los Altos Hornos, el espacio que iba a ser la capital mundial del teatro hiberna hoy convertido en una ballena varada.

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El edificio, solitario, al final del puerto industrial de Sagunto, permanece envuelto en un extraño silencio. A un lado de la entrada, a la intemperie, yacen los restos de una gran escultura que Santiago Calatrava donó para la Generalitat. La pieza formaba parte de la escenografía de Las troyanas, un montaje teatral dirigido por Irene Papas y La Fura dels Baus a partir  del texto de Eurípides con el que se inauguró el complejo en septiembre de 2001. Teóricamente una escultura de Calatrava tiene un valor de centenares de miles de euros, así que podríamos decir que esos miles de euros están literalmente tirados por el suelo, dejando que se deterioren porque nadie sabe dónde ponerlos. Sería risible si no fuera tan irritante.

Un gasto descontrolado

La apuesta por La Nau de Sagunto fue uno de los proyectos culturales estrellas de Eduardo Zaplana cuando era presidente de la Generalitat. Junto a Terra Mítica, hoy en manos privadas, y la Ciudad de la Luz, que está a punto de ser subastada, es también uno de sus grandes fracasos. Su coste, relativamente modesto para los presupuestos que manejó Zaplana (centenares de millones de euros por proyecto), ha hecho que haya pasado inadvertida, pero en muchos sentidos resume su gestión al frente del Gobierno autonómico y hasta qué punto condiciona a la actual Administración, dos décadas después.

La idea de poner en marcha una Ciudad de las Artes Escénicas surgió en una comida en un restaurante de Valencia entre Zaplana, Papas y la entonces directora general de Cultura, Consuelo Císcar, en la actualidad investigada (imputada, según la anterior legislación) por su gestión al frente del IVAM. Papas propuso crear un gran proyecto teatral de calidad internacional, una especie de escuela y centro de producción de grandes montajes con nombres prestigiosos y Zaplana, que acababa de trasladar la Ciudad del Cine a Alicante, se la compró. Necesitaba compensar políticamente a Sagunto y aquella propuesta era tan buena como cualquier otra. Muy significativamente, ambos proyectos se presentaron el mismo día de febrero del año 2000.

Ni siquiera ahora hay un cálculo, aunque sea aproximado, de lo que llegó a costar el fiasco de la nau de sagunto

En total, sólo restaurar la Nau de Sagunto tuvo un presupuesto cercano a los 27 millones de euros. A estas cantidades habría que unir los gastos derivados de los montajes que allí se representaron. A golpe de talonario por Sagunto pasaron figuras mundiales del teatro como Peter Brook, Robert Lepage, Nuria Espert... Allí realizó Bigas Luna su costoso y ambicioso proyecto de Las comedias bárbaras; en ese mismo espacio presentó Carles Santos una de sus obras más complejas, el Sama samaruck suck suck que estrenó en París, o se representó un montaje del Piccolo Teatro de Milán, Infinities. Por acoger, acogió hasta ediciones del festival Sagunt a Escena.

No existe una cifra estimada fiable, ya que el funcionamiento de La Nau de Sagunto durante los primeros años bajo la protección de Císcar fue cualquier cosa menos sistemático. Algunos de los montajes que allí se produjeron estaban relacionados con otro evento cultural desaparecido: la Bienal de las Artes. Ése es el caso por ejemplo de Las comedias bárbaras. Sólo esta obra, que se estrenó en septiembre de 2003 y no se pudo ver más que en Valencia, tuvo un coste de 2,4 millones de euros, con gastos tan disparatados como una docena de campanas fundidas ex profeso a un coste de 6.000 euros la unidad. La producción con la que se inauguró La Nau, la versión de La Fura dels Baus de Las troyanas protagonizada por Irene Papas, costó 2,34 millones.

Más gastos: se propuso crear un teatro al aire libre, diseñado por Manos Perrakis, por cuya maqueta se pagaron 600.000 euros; jamás se hizo. Y así. Entre los proyectos que quedaron en cartel, una adaptación teatral de Cien años de soledad que iba a dirigir Pedro Almodóvar. Como toda negociación Císcar mantuvo una conversación informal con Almodóvar durante el rodaje en Valencia de La malaeducación. No se llegó a nada. «Aquellas negociaciones no se puede decir ni que existieron», recuerda un ex alto directivo de la Conselleria. También se planteó la posibilidad de poner en marcha una academia de perfeccionamiento dirigida por Mstislav Rostropovich. La propuesta se presentó en 2003. Quedó postergada, como todo lo vinculado con La Nau de Sagunto.

El dinosaurio seguía allí, Císcar no

Con la llegada de Esteban González Pons en 2003 a la Conselleria de Cultura, Císcar fue apartada al IVAM. Dos años después, Irene Papas fue despedida por la Generalitat. Con ello la Conselleria se ahorraba su salario de 180.000 euros al año por ser directora artística de la Fundación de La Nau. Pero el dinosaurio seguía estando allí, que diría Monterroso. Hubo unos tímidos intentos de recuperar el espacio como sede de exposiciones, aunque pronto se fue desestimando cualquier propuesta. La Nau parecía estar maldita. «No sabíamos qué hacer», explica un exresponsable de Teatres.

Se organizaban actos a los que nadie iba. Se habló incluso de conciertos. Al final, los únicos conciertos que se han celebrado fueron los del festival MBC Fest el año pasado y tuvieron lugar fuera del edificio, en la explanada. La Fundación para la gestión de La Nau fue languideciendo, cada vez con menos contenido. De ella se sabía periódicamente porque la entonces oposición denunciaba que estaba contratada una cuñada del expresidente Francisco Camps. Pero poco más.

Sin actividad concreta, su función era meramente institucional: ir abonando los plazos del crédito para la restauración del edificio. Su inanidad era tal que durante la última legislatura del PP el equipo de la consellera María José Català decidió finiquitarla. Llevaba muerta años. Desde el 25 de septiembre de 2009, recuerden. En diciembre de 2013 se culminó el final de la Fundación y el edificio pasó a ser propiedad de la Generalitat. Sus instalaciones están reconvertidas en un lujoso almacén para Teatres de la Generalitat.

Ése es su actual estado. Pero antes que saber qué hacer con él hay que dirimir un pleito pendiente con la SEPI. La sociedad estatal, que depende del Gobierno central, reclama la propiedad del suelo que tasa en tres millones de euros. Si la Generalitat quiere quedarse el edificio debe abonar esa cantidad o hacer una permuta de terrenos. Está en ello. Es uno de los cadáveres en el armario que se ha encontrado el equipo del nuevo conseller Vicent Marzà.

100.000 euros de mantenimiento

El Ayuntamiento de Sagunto ha solicitado formalmente a la Generalitat la cogestión del inmueble. «Les hemos propuesto participar de alguna manera en su uso», explica el concejal de Sagunto Pablo Enrique Abelleira. «Está infrautilizado y podría ser una de las joyas de la corona», comenta. Ayuntamiento y Conselleria mantuvieron una reunión este mes de diciembre. Es una salida. Una vez quede resuelto el entuerto con la SEPI se podrá hablar.

A pesar de estar inactivo, el inmueble se halla en buen estado, si bien precisaría de obras en algunos puntos porque hay goteras. A un lado de la nave, a la derecha según se entra, se encuentran restos de patrimonio industrial que llevan décadas esperando su catalogación. Más hacia el centro, decorados del último montaje de Teatres, con un caballo blanco de cartón emergiendo como tótem. A la izquierda, embalados, restos de un palacio.

En el lado sur se acumulan los vestuarios de Las comedias bárbaras y de Lisístrata, en armarios de conglomeradonumerados a mano, formando un largopasillo. La mayoría llevan una década sin abrir. Comosi fuera una fantasía surrealista, al otro lado de lanave se puede contemplar una hilera perfectamenteordenada de espejos de maquillaje. No hay ni huellade aquél que fue un espacio llamado a ser la capitaldel teatro mundial. No hay ningún recuerdo de losestrenos que allí se celebraron, a los que acudieronpersonalidades como la Reina Doña Sofía. El deliriose ha desvanecido. Sólo queda una larga lista de objetosinventariados.

El contrato de mantenimiento anual de 100.000 euros ha hecho que no se haya echado a perder el inmueble, en especial la zona nueva, con unos camerinos en perfecto estado de revista y duchas que entran ganas de probar. Sillas de oficina sin usar, mesas de trabajo, sofás... El mobiliario es de tal calidad que el diseño no ha envejecido.

Algunos de los camerinos están llenos de cajas de cartón, con catálogos de la tres ediciones de la Bienal de las Artes. Hay miles de ejemplares. Los libros, caros, permanecen vírgenes, envueltos en sus fundas de plástico, como recordatorios de los años de despilfarro. Todos ellos fueron pagados con dinero público. El complejo tiene incluso una sala VIP, con su cubertería a punto y copas preparadas para llenar de champán los días de estreno. Las copas parece que nunca se hayan empleado. El día que se vuelva a abrir La Nau podrán ser utilizadas, aunque para entonces no quede champán y pocas cosas por las que brindar.

(Este artículo se publicó originalmente en el número de febrero de Plaza)

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