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manipulación histórica

La sorprendente historia del 'fake' del XVII que pasó por València

Foto: KIKE TABERNER
10/12/2017 - 

VALÈNCIA. Fue un miércoles por la tarde, en noviembre de hace ya unos años. Estaba oscureciendo cuando el historiador y profesor valenciano Kilian Cuerda decidió acercarse a la carpeta en la que se agrupaba una miscelánea de documentos. Cuerda se hallaba en el archivo de los condes de Olocau, en Palma de Mallorca. Estaba de visita científica, buscando información para su tesis doctoral. Tras negociarlo con María Zaforteza, había conseguido acceder a un archivo privado que consideraba fundamental para su trabajo sobre arqueología del paisaje medieval. 

Pero después de pasar todo el día consultando documentos contables y fiscales, apuntando datos, comprobando la evolución de cosechas e ingresos, “textos muy áridos” según los describe, había decidido darse un momento a sí mismo y distraerse con otros folios y pergaminos aparentemente más divertidos, más livianos y menos densos.

Lo que encontró le sorprendió. “No tenía ni idea de lo que era”, confiesa. Entre la documentación personal de los condes halló un manuscrito, redactado con mano firme y aspecto elegante, datado en el primer tercio del 1600. Un legajo sorprendente, “una joya” dice ahora, con una cabecera que despertó su atención: Secretísima instrucción sacada de los intereses de Estado de Inglaterra, Flandes y Francia enviada a Federico Quinto, conde palatino del Rin, por su ayo. ¿Qué había encontrado? ¿Qué secreto ocultaba ese texto? ¿Por qué se encontraba entre la documentación fría, impersonal, del archivo de los condes de Olocau, este escrito de referencias europeas? ¿Por qué era tan importante como para haberse conservado durante casi cuatrocientos años?

Lo que Cuerda acababa de hallar se trataba de uno de los fakes más grandes de la historia, un documento comparable a la donación de Constantino, que se convirtió en una de las mentiras más importantes de su tiempo y que provocó miles de muertes. Era, en definitiva, un arma. “En el contexto de la Guerra de los 30 años se desarrolla toda una guerra de propaganda”, explica. “Aparte de publicar caricaturas, panfletos, documentos capturados supuestamente verdaderos, hay toda una lista de falsificaciones. En este caso se trata de un documento presente en el bando católico, un documento interno supuestamente capturado a los protestantes en el que, supuestamente, al estilo de Maquiavelo, se le enseñaba a gobernar a Federico V”, agrega.

Y cómo. Desde indicaciones a que debía existir una “perpetua enemistad entre el reino y la libertad”, hasta recomendaciones sobre sobornos (“procurarás de ganar por cualquier camino y en particular por el del dinero a los bajás”), la Secretísima instrucción hacía de los papeles de Bárcenas unos tristes apuntes contables y de Wikileaks poco que menos que un pantallazo de Forocoches. La mendacidad, cinismo y maldad que se destilaba de ella transformaba la causa de Federico V en una afrenta a la humanidad.

El problema es que todo era mentira. O lo que es peor, era una media verdad rodeada de falsedades. En el fondo, Cuerda acababa de toparse con una prueba fehaciente de cuán cierto es el adagio de Eugenio D’Ors de que “todo lo que no es tradición es plagio”. En un momento en el que las fake news están en boca de todos los políticos, en una época en la que la mentira se ha convertido en el primer arma de las redes sociales, Cuerda tenía frente a sí un documento que mostraba cómo la mentira estaba también muy extendida en el pasado, y muy especialmente en la Europa barroca del XVII. No en vano fue el general chino Sun Tzu (544 a. C. – 496 a. C.) el que dejó acuñada la frase: “Todo el Arte de la Guerra se basa en el engaño”.

A partir de fragmentos de cartas auténticas, de documentos reales, alguien se había tomado la molestia de construir una mentira monumental, tan verosímil que se convirtió en un best seller de la época, con más de veinte ediciones y una gran difusión en todo el orbe católico de Centroeuropa. Su éxito, el triunfo de su mentira, hizo de ella una obra de referencia y uno de los mayores logros de la propaganda antes de que ésta existiera. Su autor aún hoy se desconoce y muy posiblemente nunca se sepa. La identificación más precisa realizada hasta la fecha sería la propuesta por el estudioso Wolfgang Weber, quien atribuyó el libro a Paul Welser, miembro de una famosa familia de mercaderes e intelectuales de Ausburgo. Pero esta identificación no es definitiva. “Tiene muchas papeletas, pero no es seguro”, advierte el historiador valenciano.

El hecho de que el manuscrito hallado por Cuerda fuera una traducción, la primera contemporánea que se conoce, el que “alguien se había tomado la molestia de traducirlo al castellano”, confirmaba por un lado la implicación de los señores de Olocau en la guerra, al tiempo que revelaba las conexiones internacionales de la familia nobiliaria valenciana. Teniendo en cuenta que en 1630 Alonso de Vilaragut, a la sazón conde de Olocau, y su hijo Jorge fueron al conflicto bélico, cabe preguntarse si el texto, escrito en castellano antiguo, estuvo en sus manos antes de partir y cuánto fue de fundamental en su decisión. Una contienda en la que el conde perdió la vida en 1632, de camino a Maastricht.

Foto: KIKE TABERNER

Editada en Olé Libros, con prólogo de la representante del Consell Valencià de Cultura Ana Noguera, la Secretísima instrucción ha vuelto a ser un libro casi cuatro siglos después de su creación. Y por primera vez en castellano. “Pese a ser un libro publicado en 1620 se trata de un clásico, no viejo”, comenta Cuerda. “Y es clásico porque habla del hoy, del individuo, no de un momento muy lejano en la Historia. Trata de los entresijos, de los nodos del conflicto del ser humano”, añade.

Y es que si algo demuestra Secretísima… es que el manipular información en beneficio propio es consustancial a las personas. “No es un invento de Putin, ni de Wikileaks, ni de Russia Today, ni de ninguna de las matrices de creación de opinión actuales; las personas cuándo se han visto en enfrentamientos por la hegemonía del poder han querido crear opinión” afirma Cuerda, “y ésta se crea igual con verdades que con mentiras, con un meme en Internet que con un manuscrito o con un panfleto clandestino sacado de una imprenta al estilo Gutenberg”, concluye.

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