VALENCIA. Como sociedad, no vamos muy finos de ética. Menos de lo que nos gustaría. Toleramos en menor o mayor medida la corrupción, la de gran escala y la del amigo, con un Lazarillo de Tormes escrito hace casi cinco siglos para justificar la picaresca española, aberraciones televisivas en horario infantil y una falta manifiesta de líderes morales (al menos en el Top 10 de youtubers).
El diseño, como proceso clave en la comunicación gráfica, necesita de comportamientos éticos para ser útil a la sociedad. Más allá de haber caído en cierta banalización del término (una profesión joven que paga el pato de ser considerada, por desconocimiento, superficial y frívola), los diseñadores reivindicamos el valor de nuestra profesión, ya no sólo en el terreno más empresarial, sino desde un ámbito cultural.
La relación entre la estética y la ética data de la Grecia clásica. Desde ahí a la forma y función, principio clave del diseño funcionalista del siglo pasado han llovido más de dos mil años, durante los cuales el arte ha buscado representar la belleza mientras que el buen diseño persigue la honestidad. Y así hemos llegado a la publicidad pretendiendo el make it look nice o a cómo el marketing rompe con todo pensamiento filosófico anterior consiguiendo que lo bello pueda no ser ético, al igual que el diseño en según qué manos consigue que lo que es realmente ético pueda no ser bello. Fuera la responsabilidad moral. Dentro el dinero. ¡Viva el mal, viva el capital!