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LA LIBRERÍA

Ray Loriga gana el Premio Alfaguara de Novela 2017 con una fábula sobre la autoridad

El novelista, guionista y director de cine madrileño nos ofrece en esta ocasión una historia con reminiscencias orwellianas que nos hace plantearnos las posibilidades reales de rebelarnos una vez vencidos

22/05/2017 - 

“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas / guardé silencio / porque yo no era comunista./ Cuando encarcelaron a los socialdemócratas / guardé silencio / porque yo no era socialdemócrata./ Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, / no protesté / porque yo no era sindicalista. / Cuando vinieron a por los judíos / no pronuncié palabra / porque yo no era judío./ Cuando finalmente vinieron a por mí / no había nadie más que pudiera protestar”. Se trata de un poema muy conocido, aunque erróneamente atribuido a al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht; la realidad es que su autor fue el pastor luterano, también alemán, Martin Niemöller, quien pasó de apoyar a Hitler a acabar en varios campos de exterminio debido a su oposición al nazismo. Los versos de Niemöller, en sus distintas versiones, ilustran a la perfección como la indiferencia ante una amenaza conduce indefectiblemente a la destrucción.

Vivimos tiempos oscuros en los que el odio ha ganado fuerza en las urnas; la amenaza vuelve a ser real, tanto como nuestra habilidad para mirar hacia otro lado. El mar se llena de cadáveres y las bombas arrasan ciudades enteras obligando a miles de personas a abandonar su hogar para emprender un camino lleno de horrores. Y miramos hacia otro lado. O peor: miramos de frente sin ver, porque imágenes tenemos de sobra todos los días en el telediario. Nadie nos oculta el drama: el drama está ahí, al alcance de la mano. En la calle. Pero como no somos sirios, guardamos silencio. Y así, día a día, paso a paso, aceptamos las victorias de la muerte. ¿Qué podría hacer yo ante esta maquina arrolladora y letal, ante este enemigo al que ni siquiera pongo cara y para defenderme del cual no dispongo de arma alguna? ¿Hemos llegado a un punto en la evolución de nuestras sociedades y sus poderes fácticos en el cual ya no hay vuelta atrás, y la dominación es imposible de revertir? El tiempo y la perspectiva dirán si hemos entrado en una era en la que las herramientas de los poderosos son demasiado efectivas, su alcance mundial e imposible de repeler.

La autoridad ordena, y nosotros obedecemos. Directa o indirectamente. Porque la autoridad da miedo. Que Ray Loriga (Madrid, 1967) se haya hecho con el Premio Alfaguara de Novela 2017 con Rendición, una fábula sobre el conformismo, la resignación y sus catastróficas consecuencias, es un síntoma de que los hechos preocupan a los cronistas de nuestra época. Porque la literatura, incluso en sus ficciones más aparentemente alejadas de la realidad, esconde el espíritu del tiempo en que es creada. La historia ganadora de Loriga nos transporta a un escenario bélico en el que los límites de dos facciones se desdibujan a medida que avanza la guerra. En esta coyuntura, una familia se ve forzada a abandonar su comarca con lo puesto, quemando en su huida cualquier recuerdo de su vida previa al exilio. Se les ordena prender fuego hasta los cimientos a su hogar, y así proceden, sin queja alguna, porque es su deber, de la misma manera que tuvieron que entregar a sus dos hijos al ejército para defender una causa que desconocían y no opusieron resistencia, del mismo modo que permitieron que se llevasen a sus animales pese a que precisaban de ellos para subsistir.

Alguien les ha prometido que llegarán a un lugar mejor. Una ciudad protegida por una cúpula de cristal y construida a partir de cristal, un refugio en el que todo está sistematizado, optimizado, un lugar donde nadie tiene que preocuparse por qué vestir, qué comer, qué comprar o qué ocultar. En la ciudad transparente todo ha sido cuidadosamente planificado: nada más llegar se les asigna un trabajo, ya sea manipular y reciclar excrementos humanos o dirigir una sección de la biblioteca. Todo es por el bien de la comunidad, e incluso pasar el día entre desechos procedentes de intestinos desconocidos resulta menos trágico de lo que podría parecer porque allí nada huele, gracias a un misterioso proceso al que son sometidos todos los habitantes de la ciudad conocido como cristalización. Nada huele, ni las heces, ni el sudor, ni la piel de los seres queridos. La asepsia es absoluta. Cuesta acostumbrarse a ella, como cuesta acostumbrarse a que todo esté a la vista permanentemente: cualquier elemento de la ciudad es transparente, de tal manera que uno desde su apartamento puede ver las plantas de los pies del vecino de arriba y la coronilla del de abajo. No hay secretos, ni siquiera los más necesarios.

El sexo no se puede cubrir con sábanas porque las sábanas son transparentes. Las paredes de la taberna son transparentes. El tren subterráneo es transparente, y el suelo de la calle también. Todo es transparente, hasta el gobierno de la ciudad, que de tan transparente que es resulta incomprensible para los recién llegados. En la ciudad transparente el grado de claridad es tan elevado que nunca anochece. La luz del mediodía brilla de forma perenne. La oscuridad ha sido convertida en un recuerdo enterrado en el pasado. También la tristeza ha desaparecido, aunque nadie sepa bien cómo ni por qué. La única norma parece ser obedecer esas pautas que tampoco se sabe a ciencia cierta de dónde provienen, porque como bien entiende el protagonista, un hombre humilde, acostumbrado a hacer más que a pensar: “se obedece porque conviene y se duda porque se piensa”. Sin embargo, cuesta acallar la conciencia y la memoria de la comarca perdida, la sombra de los hijos que ya no están y la fatiga de la felicidad impuesta, el olor de la tierra, la sagrada imperfección de nuestras elecciones. Es entonces cuando se comienzan a divisar las grietas, es ese el momento exacto en que se produce la fractura en el cristal del mundo feliz.

En la novela de Loriga brilla constantemente esa perversa ecuación que relaciona seguridad y libertad con un vínculo inversamente proporcional, una fórmula que nunca sabremos despejar correctamente, que nos hace enfrentarnos una y otra vez a nuestra propia naturaleza y a las necesidades que conlleva. Ahí radica la trampa y el principio de la rendición.

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