VALENCIA. Imagina que pudieses comprar el cielo. Imagina que la vida eterna estuviese al alcance de tu bolsillo, indistintamente de tu adscripción religiosa, indistintamente de si te portaste bien o mal durante tu vida, de si fuiste devoto o un bala perdida, de si frecuentabas el templo mucho, poco o nada, de si respetabas las normas o eras experto en saltártelas. Imagina además que el cielo no fuese uno, sino que existiese un cielo para cada persona, uno que tú mismo te encargases de proyectar y en el que todas tus fantasías, desde las más infantiles hasta las más adultas se hiciesen realidad, conviviendo incluso de un modo aparentemente natural. Por ejemplo: un edén de aspecto arábigo poblado por dragones, personalidades célebres ya fallecidas, surcado por naves espaciales en las que poder montarte, contrapuesto a un cielo con varios soles, de una extensión enorme. La gran promesa de las religiones tradicionales, hecha realidad. Si todo esto fuese posible, dime, ¿no firmarías un contrato por milenios prorrogables con la mayor empresa tecnológica de todos los tiempos para que te transfiriese al paraíso?
Suena bien. Lo malo es que romper el mercado de la salvación puede tener graves consecuencias a nivel mundial, y si la Tercera Guerra Mundial -la Gran Guerra Islámica- fue nefasta, prepárate para Las Guerras Vaticanas, la cuarta hecatombe global, un tremendo conflicto enquistado y convertido posteriormente en guerra de guerrillas: atentados suicidas a porrillo orquestados por una coalición de grandes instituciones religiosas y sectas, ataques constantes, desgaste, erosión, decadencia y... ¿extinción? La Tierra es un amasijo de hierros y escombros humeantes por los que corretean niños-rata, adictos peligrosos y cosas mucho peores. Mientras, Alpha, la corporación que mediante una ciencia cuántica cuyos mecanismos nadie ha logrado entender todavía ha conseguido lo imposible, se erige imponente en mitad de la catástrofe como un cañón de almas, un vastísimo servidor elevado a la categoría de dios. Pero a qué precio.