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EL CABECICUBO: SERIES, DOCUS Y TV

'The Handmaid's Tale': serie distópica en Estados Unidos, neorrealismo en Iraq y Siria

El cuento de la criada, estrenado por HBO España, es una adaptación de la novela futurista de Margaret Atwood. El argumento trata sobre un regreso al fundamentalismo religioso en Occidente que, desgraciadamente, no es distopía en otras regiones del mundo actual

6/05/2017 - 

VALÈNCIA. Un 8,9 en imdb en solo tres capítulos. La puntuación llama la atención poderosamente en tiempos en los que, se ponga uno como se ponga, no hay series al nivel de las que ya se consideran grandes clásicos: A dos metros bajo tierra, Soprano, The Wire y Mad Men. También la han acompañado no pocos titulares de "serie del año" en las previas a su emisión por HBO España. Por tanto, empezar a verla al menos era obligado.

La línea clásica, la del melodrama realista, no la tenemos. Estamos de nuevo ante los socorridos "what if": qué pasaría si. Un género muy explotado. Qué pasaría si un hombre tiene que prostituirse por la crisis, Hung. Qué pasaría si una burguesa tiene que traficar porque se queda viuda, Weeds. Qué pasaría si un químico tiene que traficar porque le detectan un tumor, Breaking Bad. Qué pasaría si un psicópata mata, pero para hacer el bien, Dexter. Etcétera, etcétera. Y ahora vamos a por un escenario hipotético la verdad es que muy bien traído: Qué pasaría si algo como el ISIS pero con una moral fundamentalista basada en el puritanismo calvinista se implanta en Estados Unidos. Al cóctel le añaden una crisis ecológica y un problema con el que el nuevo régimen tendrá que lidiar: una epidemia de esterilidad. Mola.

El argumento llega en un momento muy oportuno. En Estados Unidos ha sido elegido un presidente que sugiere más incógnitas y miedos que expectativas, en Francia puede llegar al poder este mismo fin de semana la ultraderecha y el Estado Islámico está ahí, existe. En The Handmaid's Tale o El cuento de la criada en España, se llama la República de Gilead. También está rodeada por la guerra, pero la acción transcurre dentro de sus fronteras, en el meollo de su sistema represivo.

El libro de Margaret Atwood en el que está basada es de 1985 y tenía sus aciertos en la anticipación. No en vano, la galardonaron con el Premio Arthur C. Clark 87. La protagonista, antes de que llegase el nuevo gobierno, trabajaba en una biblioteca pasando a discos de ordenador los libros para ahorrar espacio. Es decir, un proyecto de digitalización como tantos se desarrollan en la actualidad. Un día, asesinaron al presidente y ametrallaron el Congreso, el ejército decretó el estado de emergencia, acusó a los islamistas del atentado y suspendió la Constitución.

Mientras esto sucedía, en el libro se pronunciaba la famosa frase del pastor protestante Martin Niemöller atribuida a Berltolt Brecht con una adaptación muy divertida: "clausuraron las tiendas porno (...) A mí no me dio pena que desaparecieran. Ya sabíamos que eran una tontería". En las luchas moralistas de Estados Unidos a principios de los 80, las disputas iban por la libertad de expresión del porno y la música popular.

En contraste con la realidad, el Estado Islámico no llegó por una conspiración política urdida ni en Siria ni en Irak, sino por la desestabilización de la región que llevaron a cabo los miembros del "trío de las Azores" con aquella profusión de silogismos y metáforas baratas con las que nos martillearon. La serie, sin embargo, se centra ese punto clave, en que cuando anularon la Constitución, "tampoco despertamos", recuerda la protagonista, y luego pasó lo que pasó.

Por sorpresa, fueron aprobándose leyes de segregación de las mujeres, se las expulsó de sus trabajos, se cancelaron sus cuentas bancarias... hasta llegar al momento en el que transcurre la acción, cuando solo valen para parir hijos en sentido estricto. Son una especie de criadas, esclavas, cuya única función es la gestación. Se controlan todos sus movimientos y conversaciones y son adiestradas en la repetición de mantras religiosos.

 La mejor escena de los tres primeros capítulos hace referencia a esa forma de reproducción. La protagonista, Elisabeth Moss, nuestra querida Peggy Olson de Mad Men, tiene que acomodarse entre las piernas de su ama para que el marido, su amo, la penetre de forma muy aséptica con el único fin de dejarla preñada. La escena, en la que se pretende reflejar frialdad de la pareja que quiere engendrar, su rechazo a todo placer, está muy lograda por cuanto refleja el acto sexual como algo mecánico y desprovisto de cualquier tipo de pasión, amor o sentimiento afectivo. El ideal que promovía en la España de la etapa totalitarista del franquismo la Santa Madre Iglesia.

Hay un pasaje bíblico que abría el libro original que justificaba este método reproductivo: "Y viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana, y dijo a Jacob: «Dame hijos o me moriré». Y Jacob se enojó con Raquel y le dijo: «¿Soy yo, en lugar de Dios, quien te niega el fruto de tu vientre?». Y ella dijo: «He aquí mi sierva Bilhá, únete a ella y parirá sobre mis rodillas, y yo también tendré hijos de ella». Génesis, 30:1-3". Muy buena idea buscar argumentos en la biblia. Y muy bien escogido el pasaje, con elegancia, porque el de Las hijas de Lot habría resultado más delicado de llevar a la pantalla.

En los 90, el gran Volker Schlöndorff llevó una adaptación de esta obra al cine que hacía aún más hincapié en la naturaleza fundamentalista religiosa del nuevo gobierno, que salía dando discursos por televisión proclamando que se estaba ganando la batalla de Dios desterrando a los que no creen en él. Las escenas sexuales eran prácticamente idénticas solo que la chica, Natasha Richardson, sufría más que Elisabeth Moss mientras, en este caso, Robert Duvall la penetraba y era sujetada por Fate Dunaway. En la película, este momento era mostrado más explícitamente como lo que es, una violación.

No revelaremos aquí lo que ocurre a continuación si continúa este seguimiento del libro, pero lo dejaremos caer. Porque sí, se trata de la identidad. En el mundo actual, las viejas identidades cada vez son algo más difuso y ciertos sectores se resisten a perderlas. Pero no solo ellos, quieren establecer las estructuras para que no las pierda nadie. Añoran el pretexto que se dará en los próximos capítulos para la implantación del fundamentalismo: el propósito común. La ilusión de que todo el mundo camina por la misma senda, la obsesión prototípica de la gente acomplejada y sin autonomía personal. Es algo más típico de Estados Unidos, donde la restauración del pasado edénico en la época contemporánea se ha reivindicado constantemente y más torpemente que en Europa.

Pero el gran acierto de la serie es la representación de un "what if" tan recurrente en una era, la actual, en la que cada vez se tienen más en cuenta las reivindicaciones feministas. En los flashbacks que hace la protagonista de la distopía, las fuerzas de la reacción someten a las mujeres con paramilitares. Vemos escenas de manifestaciones de mujeres que se disuelven a balazos. Sinceramente, son escenas que sorprenden, nada previsibles.

Y el quid de la cuestión es que todo esto parece un delirio, una fantasía distópica más, pero las escenas de los ahorcamientos con grúa que salen en la serie, con vigas en la peli, las hemos visto idénticas en el Estado Islámico. Podemos mirar las fotos de las estudiantes iraquíes en la Universidad de Mosul en los 70 y ese mismo centro en la actualidad, completamente bombardeado por Estados Unidos al considerarlo los cuarteles del Estado Islámico, y analizar cómo iban vestidas las estudiantes y cómo van ahora las mujeres del Daesh, para hacernos una idea de lo que ha pasado. Es decir, esta regresión que vemos como fantasía distópica, con cuatro cambios sutiles y geográficos, sería neorrealismo.

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