VALENCIA. Como buena carta de presentación que es, y como elemento principal en la comunicación de la promoción, el cartel de una película será visto y recordado por mucha más gente que espectadores tendrá. Será el elemento gráfico más expuesto gracias a las campañas de publicidad que han pasado de aparecer en páginas de revistas o banners a colarse en tus redes sociales y en anuncios virales. En el mejor de los casos, el cartel de una película pasará a formar parte del imaginario colectivo, de la iconografia del cine, o por el contrario será olvidado haciéndole un flaco favor al filme.
El cartel hablará de la película al igual que una marca o una identidad corporativa contarán la historia de una empresa, ya que la función clave del diseño es mantener la coherencia en el encargo. Actualmente en España son pocos los estudios profesionales que se reparten la cartelera, sin un nivel especialmente competitivo, poco definido y muy homogéneo, evidentemente incomparable con países donde el cine mueve una industria mayor, cuidada y respetada, donde la cultura no es menospreciada. Y es algo que viene de lejos, ya que históricamente no ha habido una edad de oro del cartel de cine español, aunque sí es cierto que echando la vista atrás hay pinceladas de maestría cuando han sido profesionales del diseño (y no especializados en el sector del cine) los que se han encargado de la comunicación en forma de cartel. Entonces había menos producción y probablemente los tiempos de trabajo eran mayores, sin el intrusismo de que quien tiene un ordenador puede hacer un cartel, con otras técnicas y mucho más mimo, con destacables tándems que dieron pie a maravillosos carteles de Cruz Novillo para Berlanga o de Óscar Mariné para Almodóvar, marcando además tendencias gráficas en los 70s y 90s respectivamente.