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diseño para el pensamiento

Un diseñador entró al Ayuntamiento de Valencia y no imaginas lo que encontró

El nuevo gobierno municipal rescata, después de casi tres décadas cogiendo polvo, el manual de uso del logo del Ayuntamiento de Valencia

22/09/2015 - 

VALENCIA. El orden es importante para una ciudad, y para su comunicación. Poder informar de la manera más clara posible es una de las obligaciones que todo ayuntamiento debería fijarse, y para que la comunicación sea efectiva, el proceso de hacer llegar un mensaje de emisor a receptor debe ser lo más sencillo posible, para lo cual se necesita poner orden en los elementos que intervienen.

Por eso el diseño, lejos de ser simplemente una disciplina decorativa, resuelve problemas de comunicación. Y esa debió ser la reflexión de Ricard Pérez Casado cuando a finales de su primera legislatura como alcalde de Valencia, allá por 1986, se puso a crear un Manual de Normas Gráficas del Ajuntament de València.

En efecto, existe un manual corporativo municipal de normas de uso, lo he visto con mis propios ojos, con una imagen gráfica unificada (escudo y logotipo) y toda una declaración de intenciones firmada por Pérez Casado en la que reivindicaba que una administración pública moderna requería de una imagen corporativa que la identificase en sus acciones, y por eso, planteado como necesidad prioritaria, su equipo de gobierno llevó a cabo esta normalización publicando en 1987 este manual que pretendía ordenar la imagen del ayuntamiento en todas sus comunicaciones.

Ese orden que buscaban no era peor que el caos comunicativo al que se enfrenta el Ayuntamiento de Valencia casi tres décadas después, ya que los sucesivos equipos de gobierno municipales terminaron por guardar en un cajón el Manual de Normas Gráficas de 1987. El resultado de este rechazo a la normativa lo podemos ver actualmente en las calles, con infinidad de configuraciones y aplicaciones diferentes de una imagen gráfica desvirtuada y deformada, algo que no hace más que estropear la apariencia de la ciudad y con ello entorpecer el proceso de comunicación cada vez que la corporación intenta hacer llegar un mensaje a los ciudadanos.

Un manual corporativo es un documento que recoge los elementos que constituyen y unifican la identidad visual de una marca, tales como el logotipo, colores, tipos de letra usados o aplicaciones habituales. Y por eso, vista la anarquía corporativa actual, el manual de uso de la imagen del Ayuntamiento de Valencia es algo así como un animal mitológico para los diseñadores gráficos y agencias de publicidad de la ciudad.

Los usos, vejaciones y aplicaciones incorrectas (algunas por negligencia y otras por desconocimiento de las normas aprobadas en 1987) que se han hecho a la marca del ayuntamiento durante tanto tiempo son acordes también a la nefasta calidad de los carteles que en los últimos años servían de herramienta para comunicar (sin conseguirlo) las campañas municipales, una pérdida de tiempo, de recursos y de buen gusto con lo que el proceso de comunicación quedó anulado entre ayuntamiento y ciudadanía. Fue un síntoma más de la opacidad y distancia que separaba a un gobierno sin interés por la gente de a pie, un gobierno que veinticuatro años después ha dado paso ahora a una oportunidad de hacer las cosas bien.

A partir del punto al que se ha llegado, con aquél Manual de 1987 cogiendo polvo en algún despacho, no sería difícil tomar un buen camino a seguir. El diseñador valenciano Ibán Ramón opina que el logo del ayuntamiento, mientras no intente ser el eje principal para campañas, no es el problema: «Desde el punto de vista gráfico no resulta ni moderno ni anticuado, y técnicamente no presenta problemas su uso. ¡Qué más se le puede pedir a un logo institucional! Otra cosa distinta es la versión que nos puede llegar a los profesionales, redibujada y copia de copia.»

Ibán Ramón recuerda cuando en los carteles municipales de mayor tradición histórica, como Fallas o la Feria de Julio, el escudo era interpretado libremente por el cartelista: «El diseño incluía una interpretación del escudo municipal, una práctica que se venía haciendo desde los años 30, por supuesto mucho antes de la normalización de la identidad gráfica que ahora conocemos, y se siguió aplicando incluso una vez incorporado el manual de identidad, como excepción que parecía natural en el área de la cartelería.»

«Con la incorporación a las bases de los concursos municipales de la posibilidad del uso del ordenador (hasta muy avanzados los años 90 estaba prohibido presentar propuestas realizadas con la "ayuda" de procedimientos informáticos), también se empezó a prescindir de la obligatoriedad por parte del autor de la rotulación completa de textos complementarios y escudos, y finalmente se descartó» recuerda el diseñador gráfico, quien durante varios años ganó los certámenes de carteles de fiestas de la ciudad.

«Miedo me da si siguiéramos con esa libertad de realizar diferentes versiones del logo. Con el tiempo me he dado cuenta de que aquella barrera anacrónica que suponía la prohibición del uso del ordenador hacía a la vez de filtro. No hacían carteles aquellos que no sabían rotular (entre otros rasgos de profesionalidad) y tampoco presentaban carteles los que no dominaban una técnicas de representación gráfica propias y exclusivas del oficio» reflexiona Ibán Ramón. «Hoy casi que el uso estricto de la normativa de identidad municipal es lo mejor que nos puede pasar», concluye.

La simbología del escudo de Valencia, desde su primera versión de una ciudad amurallada sobre olas (esculpido en la puerta gótica de la Catedral) hasta el basado en la Señal Real de Aragón al que se le fueron incorporando elementos con el tiempo (el premio de la corona, el título de dos veces leal representado por las dos ‘L’, posteriormente la figura del murciélago y por último las dos ramas de laurel al finalizar la Guerra de la Independencia Española) da mucho pie a reinterpretaciones gráficas, y a estudios de simplificación del logo actual, que parece la evolución más natural. De ahí que algunos diseñadores hayan optado por hacer su reinterpretación propia para comercios o proyectos personales, algunos buenos trabajos que evidencian la necesidad de aire fresco a una identidad visual que se diseñó hace treinta años.

Al igual que en su día hizo Pérez Casado, alguien del nuevo equipo de gobierno del Ayuntamiento de Valencia que se constituyó hace apenas tres meses ha diagnosticado el problema de nuevo, llegando a las mismas conclusiones y, de hecho, ha rescatado del olvido aquél Manual de 1987. Se trata de Carlos Galiana, Concejal de Relaciones con los Medios de Comunicación, quien hace unas semanas publicaba en redes sociales la portada del enigmático manual junto a su intención de cumplir de nuevo las normas gráficas de uso de la tan maltratada imagen corporativa del ayuntamiento. Y de ahí que servidor, al preguntar por este tema, haya sido invitado al despacho del Concejal a ver, tocar y oler (algo rancio, han pasado 3 décadas sobre ese papel couché) la famosa y misteriosa guía de usos.

La amable predisposición del Concejal, gracias a la que he podido constatar la existencia del manual de uso que pasa de animal mitológico o leyenda urbana a algo tangible y material, se da de bruces con la actitud del consistorio en la anterior etapa de gobierno, que hacía oídos sordos de forma sistemática durante años en temas de materia de diseño y cultura, y se comportaba de forma tensa e incluso autócrata. Y el resultado de esa poco adecuada actitud se plasmó, de forma muy arraigada ya, en una lamentable comunicación institucional que ha calado demasiado hondo.

Además, dando un paso más, la idea de Carlos Galiana en un futuro es poder mejorar algunas aplicaciones adaptándolas a las campañas de hoy día para ganar efectividad desde el consistorio en sus comunicaciones. Una línea con la que coincide Ibán Ramón, quien cree que el uso y aplicación de las versiones extendidas de la marca con los nombres de las concejalías debería limitarse al material interno y corporativo: «El afán de protagonismo y la competencia que se crea entre diferentes concejalías resulta a veces ridículo, y para un cartel en un mupi de la ciudad, con que se utilizara el símbolo con el único texto Ajuntament de València sería más que suficiente».

En ocasiones no hay que decir más de lo necesario en un cartel, es la “incontinencia comunicativa del anunciador” a la que se refiere Ibán Ramón: «Al ciudadano lo único que le interesa es saber cuál es la institución que está detrás de un evento y no qué departamento exacto, cosa por otra lado deducible siempre». Ya es buena señal que institución y profesionales coincidan en el rumbo a tomar.

Galiana asume el reto de, a partir de esta tarea, aportar de nuevo valor a la ciudad de Valencia y utilizar el diseño como herramienta potenciadora. Para el sector del diseño en primer término, y para la ciudadanía como resultado. «Estamos recomendando al resto de concejalías y delegaciones no sólo el cumplimiento de estas normas sino la contratación de profesionales del diseño para las campañas institucionales», señala el Concejal.

Todo parte de algo sencillo, pero costará mucho corregir el vicio que supone que prácticamente la totalidad de archivos de trabajo, documentos y aplicaciones repartidas sean incorrectas. De hecho, el propio pase de visitante a la casa consistorial, expedido este mismo año, arrastra una configuración de logo no incluida en el manual de uso así como el 'Valencia' en valenciano sin tilde (la tilde de la discordia), y también algunos carteles publicados recientemente han salido a la calle sin seguir las normas que el Ayuntamiento de Valencia quiere recuperar. Esfuerzo y tiempo, de los que esperamos dispongan.

Curioso que, en 1987, Pérez Casado planteaba un manual de normas gráficas como solución a la confusión en la comunicación de la organización municipal y hoy, 28 años después, el desafío es el mismo. En España, los gobiernos conservadores no saben compaginar sus políticas con el cuidado y fomento de las artes y la cultura, y eso termina siendo un lastre para una sociedad con cierto retraso heredado del estancamiento cultural y exilio de creatividad que ya supuso el franquismo.

A todos los que ignoraron el diseño en sus políticas podemos señalarles como cómplices no sólo de un histórico de carteles aterradores desde el punto de vista gráfico e inútiles desde el comunicativo, sino partícipes también de la falta de buen gusto del público general.

Es una suerte encontrar cargos políticos con sensibilidad para comprender la verdadera función del diseño para Valencia, y que saben recuperar políticas de diseño para el bien de la ciudad. O tal vez no es suerte, pero estábamos ya muy mal acostumbrados.

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