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MEMORIAS DE ANTICUARIO

A propósito de Ignacio Pinazo

18/09/2016 - 

“Sin público no hay nada, ni general, ni pintor, actor, comercio, ni religión, ni Dios. Yo con no saber nada, soy yo. Hay muchos que son porque ellos no son ellos”

“No se puede vivir. Hay demasiados cuadros que sólo sirven para comer y beber”

“Cuando se me considera un gran pintor, tengo miedo de pintar; pero tengo valor cuando no” 

Ignacio Pinazo Camarlench

VALENCIA. Hay pocas cosas que hagan más favor a la cultura que el debate. La tibieza en el ambiente es demoledora. Salí especialmente contento la noche en que el Palau de les Arts entró en la pubertad con el primer abucheo, que aunque tibio, que se produjo en el estreno de la ópera de Berlioz “Las troyanas”, dirigido concretamente a la fallida escena de la Fura dels Baus, otrora muy aplaudida con el antológico Anillo wagneriano. Ese día creí que el proyecto aun difícil se tornaba posible. El arte, en todas sus manifestaciones, o es dialéctica o no es nada.

Visitada ha sido ya la exposición dedicada a Ignacio Pinazo Carmarlench (1849-1916) en la Sala de la Muralla del IVAM, titulada “Pinazo y las vanguardias. Afinidades electivas”. Por si hay algún despistado que todavía no lo sabe, este año se cumple el centenario de su fallecimiento en 1916. Lo primero que debo decir es que la muestra es absolutamente recomendable, por no decir obligatoria, se hayan configurado la sucesión de afinidades con otros artistas de forma más feliz o menos (en algunos casos la analogía es meramente casual, tangencial y cuestionable). Ya sólo el hecho de promover una contemplación activa, caso por caso, por parte del espectador es motivo de interés y de aprendizaje a lo largo de la longilínea sala.

Fascinantes son esas pequeñas tablillas inacabadas que más de un siglo después todavía vibran (permítanme que este artículo venga ilustrado exclusivamente por obras de esta naturaleza). Pinazo, dejando la obra en un aparente suspense, nos está hablando de su arte: “lo que quería contar ya lo he dicho, sin que haya más que añadir, y si lo hay, será superfluo, así que pasemos a la siguiente pieza”. Con esa personalidad tan acusada en formatos tan pequeños, sin embargo se erige en dueño y señor de su arte. Hay artistas que se ven superados por su pintura pero con Pinazo sucede lo contrario. En la muestra hay una docena son para robarlas a punta de catálogo, con especial predilección por esos paisajes urbanos de tejados nevados-sí en Valencia nevaba de uvas a peras- y cielos rosáceos, pálidos, un tanto melancólicos.

El extraordinario dibujo subyacente emerge de entre las nerviosas y precisas manchas de óleo. Ya me lo advirtieron hace mucho, como un consejo: “Si ves un “Pinazo” mal dibujado no es un Pinazo” . Pinazo ha sido falsificado, cómo no, y en más de una ocasión, uno ha tenido en sus manos uno de esos risibles fakes, fáciles de desbaratar, puesto una falsificación, en el caso de Pinazo, precisa de un dibujo de primer orden. Cuando sale una conversación “pinaziana”, todavía me comenta mi madre el lote de pequeñas tablillas que mis padres adquirieron allá por los años 80, y la consiguiente noche en vela que pasaron esperando la contestación, a su oferta, que la propiedad les debía dar al día siguiente. Eran tablitas minúsculas, cuyas fotografías en papel todavía conservo en un pequeño álbum. Dicho esto, sería negar la evidencia no ver la mano de un gran artista en esa otra pintura más académica (“Domingo de ramos”, La primavera, y otras tantas), y que mira decididamente al siglo XIX, ambiciosa en cuanto a acabados y formatos, y con la que quizás el pintor quería llamar la atención de aquellos de los que podría haber alcanzado un mayor y merecido reconocimiento en vida.

Iré al grano: mi opinión es que la obra de Pinazo no debería estar expuesta en el IVAM, a pesar de que el propio museo manifieste lo contrario en el texto de presentación de la obra. Las dudas permanecen y no es esta que mantengo una opinión minoritaria entre aquellos con los que hablo de estas cosas. Buena parte de la obra de Pinazo es de una significativa modernidad, como también lo fue la de Goya, Turner, Blake y otros muchos, en mayor medida si cabe, para su época. La cuestión no es la indiscutible modernidad de Pinazo, sino si es un artista que pertenece a la actual modernidad. La modernidad entendida como el conjunto de “ismos” que han nacido y muerto en los albores del siglo XX, o incluso iniciados en el XIX. Pinazo está cerrando junto con otros artistas la figuración decimonónica, lo que vendrá inmediatamente después será otro mundo, pero ahí ya no estará nuestro pintor.

Teniendo como excusa a Ignacio Pinazo y su ubicación, déjenme a modo de digresión, que les diga que Valencia debería tener tres sedes museísticas. Una, en el Museo de Bellas Artes hasta Vicente López, una segunda sede dedicada al frondoso e importante siglo XIX, hasta Pinazo (que merecería toda una sala) o incluso más allá temporalmente aunque no formalmente, y una tercera dedicada al arte del siglo XX en cuanto siglo de vanguardias y movimientos posteriores hasta nuestros días.

Ayer pasó por la galería un cliente que muestra querencia afectiva por la pintura contemporánea. No obstante llegaba mostrando su entusiasmo por la exposición de Pinazo ya comentada. A los pocos minutos ya estaba sobre la mesa otro de los asuntos clásicos: la injusta valoración de su arte y su figura, incluso de su poco conocida labor como excelente creador de textos sobre arte y artistas, siendo considerado como uno de los mejores artistas-escritores del siglo XIX español. Ello nos llevó a ese mantra, no por ello menos cierto, sobre el no “ser profeta en la tierra de uno”, y de carrerilla, a “lo difícil que es esta querida Valencia para ganarse la vida con el arte” (Pinazo en sus últimos años aborreció de esta tierra y del carácter de sus gentes). Es un dato significativo que el artista ni siquiera tenga una calle o plaza: la tienen “Los Pinazo como saga” ( sus hijos José Pinazo Martínez (1879 -1933), pintor, como Ignacio Pinazo Martínez (1883 -1970) también fueron artistas), pero no se ha valorado su figura, en el caso del callejero, de forma singular.

Para ilustrar mi opinión al cliente le comenté al respecto que el año pasado tuve colgado en mi galería un óleo de pequeño formato de nuestro artista. No era una escena con personajes- ojalá- pero sí que eran unos claveles magníficamente “tocados”. El cuadro estaba, incluso, recogido en el catálogo de sobre el autor de Vicente Aguilera Cerni, concretamente en su página 258. El precio era atractivo, muy asequible, más si cabe tendiendo en cuenta cómo se nos llena la boca con el nombre del pintor. Vio el cuadro un nutrido grupo de personas, incluso aquellos que se autodenominan, engolando, coleccionistas de pintura del XIX, que en realidad lo que buscan son muy buenas obras a precio de ganga. Con el paso de los meses, el cuadro seguía colgado hasta que una casa de subastas de Barcelona lo sacó a subasta, y se adjudicó a un comprador de esa ciudad. Dicho esto, señoría, no tengo nada más que decir.

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