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MEMORIAS DE ANTICUARIO

A propósito del cine, ¿somos todos sector cultural o unos más que otros?

2/02/2020 - 

VALÈNCIA. Las colaboraciones que bajo mi firma pueden leer los domingos en Culturplaza suelen tener un corte divulgativo con un trasfondo en ocasiones también reivindicativo, y mi intención es que siga siendo así. A veces más pegadas a la actualidad y otras mirando más al pasado. Este domingo mi ánimo es ante todo opinativo lo que suele tener un carácter más de excepción. Una reflexión con ocasión de la intervención de un joven director, Eduardo Casanova, en la 'alfombra roja' de la gala de los premios Goya celebrada en Málaga que ha creado cierta polémica. Más allá de las formas un tanto histriónicas empleadas, este realizador reclamaba abiertamente, sin tapujos, dinero para el cine español. Le alabo su sinceridad. No demandaba más facilidades para rodar, menos burocracia en los trámites, mayores desgravaciones, un IVA todavía más reducido (en la actualidad es del 10%) o una ley de mecenazgo más potente para que la empresa privada o las personas físicas inviertan en el cine. Su intervención no pudo ser más explicita: al presidente del gobierno le pediría más dinero para hacer nuestras películas… para que siga existiendo el cine español necesitamos dinero público para nuestras películas”. No hablaba de forma extensiva de la cultura, sólo lo hacía en nombre del cine. Nada que decir. El cine español recibe dinero de forma directa, como es sabido; el IVA que se le aplica es el reducido del 10% y existen importantes desgravaciones fiscales a quienes invierten  en un proyecto cinematográfico. Es cierto que respecto a otros países de nuestro entorno, el cine español no sale bien parado. Por ejemplo, la comparación con Francia, Italia y Estados Unidos es especialmente hiriente. Estoy seguro que el cine español necesita más dinero en un entorno tan competitivo (me inclino, no obstante, más por una ley de mecenazgo más fuerte que abarque todos los sectores culturales), pero me resisto a entrar en cuestiones de un sector al que no pertenezco ni lo conozco con la suficiente profundidad. En principio no me parece mal que se ayude económicamente en la medida de lo posible a la cultura, y el sector audiovisual lo es, de eso no hay duda.

Dicho esto, el del audiovisual es un sector económico que desarrolla su labor dentro de otro más amplio que podríamos adjetivar como “cultural” pero no parece que todo el sector cultural se tenga en igual consideración. El del audiovisual y las artes escénicas no es un sector que desarrolla su encomiable labor guiado por amor al arte y una vocación “que lo compensa todo”, y por tanto en el que los resultados crematísticos son una cuestión tangencial, secundaria; como tampoco el sector del arte antiguo y contemporáneo (galerías, anticuarios, restauración…) está movido única y exclusivamente por la codicia en un contexto elitista (en fin..) presidido por la fría compra y venta de objetos con la obtención de la mayor ganancia posible.

Quizás se me quiera argumentar, no lo sé, que un sector es cultura y el otro no, o no lo es tanto. O sin ser tan categóricos, uno es cultura con mayúsculas y el otro por desarrollarse en el ámbito del “comercio” (¿en el audiovisual no se “comercia”?), son cuestiones “poco significativas” la recuperación, valoración y divulgación del patrimonio artístico, del patrimonio etnológico, de la cultura y tradiciones  populares, la divulgación de los artistas vivos y la memoria de los desaparecidos, de la puesta en valor de las formas de vida y de relacionarse en el pasado, y, en definitiva, el fomento de la valoración de todo ello por la sociedad, a riesgo de perderse. Parece que hoy es más importante “lo que se hace” en el presente y no “lo que se hizo” en el pasado. En este sentido entono mi mea culpa por no haber sabido explicar convenientemente a la sociedad (y en definitiva a los poderes públicos) nuestra función. Pero sigo en el empeño.

Hace unos días adquirí lejos de nuestra ciudad, y literalmente rescaté del olvido y la destrucción -sí la destrucción- unos dibujos que en algunos casos he tenido que mandar a restaurar, y que en su día fueron realizados por alumnos de la Academia de San Carlos de Valencia a finales del siglo XVIII y parte del XIX con el fin de superar sus estudios. Algunos me veré en la necesidad de restaurarlos, con el coste que ello va a suponer, además de lo que me ha supuesto su compra a los descendientes de este académico valenciano. No se me ocurre, porque además es algo que no viene contemplado en ninguna norma ni programa, solicitar una ayuda económica para ello, lo que no me vendría mal (mi sector necesita dinero, como diría Eduardo Casanova). Creo que podría justificar, en este caso, el intentar pedir una subvención desde el punto de vista del rescate de estas obras dibujísticas por la importancia documental que tienen con lo que contribuye a completar capítulos de la historia de la Academia y en definitiva de la historia de Valencia de finales del siglo XVIII. En este sentido podría citar innumerables capítulos protagonizados por profesionales de mi entorno que han conseguido rescatar del olvido o mantener en la memoria colectiva artistas, talleres, escuelas artísticas locales, pintores y escultores semiolvidados… en definitiva memoria colectiva. Los museos y las instituciones hacen una magnífica labor pero no se imaginan lo que los profesionales y coleccionistas, por ejemplo en el conocimiento, valoración, rescate o promoción entre quienes nos visitan hacemos de aquello que a través de los siglos se ha producido en esta tierra, como por ejemplo, y es el mejor de los ejemplos, nuestra cerámica. González Martí, de quien toma su nombre el Museo Nacional de Cerámica era un coleccionista privado y su magna obra en tres tomos “La cerámica del levante español” publicada hace ya ochenta años es cultura y una pieza fundamental para conocer y valorar nuestro patrimonio histórico en cuanto a la cerámica se refiere. Libros que están en bibliotecas de colecciones de todo el mundo. Todo esto también es cultura, creo yo.

Por otro lado es el nuestro un sector que se desarrolla en el ámbito del llamado pequeño comercio tradicional, no sujeto a las normas de las grandes corporaciones. Un sector que tiene que competir día a día en desigualdad de armas con grandes marcas que van copando los centros de las ciudades y los locales y calles más comerciales de la ciudad, despersonalizándolas. El pequeño comercio tradicional va siendo relegado a otras zonas cuando no se ve obligado a desaparecer por la dificultad de representa el pago de alquileres que no paran de subir o bien porque los competidores juegan otra partida. Nunca he recibido yo ni mis compañeros de batalla (aquí me abro a otros sectores), una sola ayuda en forma de subvención (tampoco las hemos reclamado, quizás sea un error por nuestra parte) por contribuir humildemente (junto con otros profesionales: libreros, galerías, talleres, comercios históricos…) a hacer del centro histórico de mi ciudad un espacio con personalidad propia no intercambiable con el de otras ciudades.

Cuando asistimos a ferias fuera de nuestra ciudad llevamos el nombre de València y presentamos y promocionamos nuestro “producto”, sin embargo no se contempla la posibilidad de subvencionar públicamente la asistencia a un evento de este tipo. Es excepcional que museos e instituciones públicas de nuestra ciudad se interesen por piezas y obras con las que completar sus colecciones de arte antiguo o artes decorativas. Dicen que no suele haber dinero y no mienten. No seré yo quien diga que la Generalitat no deba comprar, como viene haciendo, obra de arte contemporáneo, pero creo que me van entendiendo.

No quiero olvidarme de profesionales como los restauradores de arte, que realizan una compleja labor profesional encaminada a la recuperación del patrimonio cultural. Como colectivo tampoco son beneficiarios de subvenciones públicas por realizar una tarea imprescindible en el sector cultural español. No solamente los entes públicos a través de sus talleres en museos o institutos llevan a cabo esta encomiable labor en un país con un enorme patrimonio necesitado de intervención. En parte vivimos de ello y el sector turístico “aprovecha” este legado para “vender” España. No hay dinero para esta profesión. Tampoco es que se reclame todos los días pero se recibiría con los brazos abiertos medidas como unas cotizaciones sociales de acuerdo con el volumen de facturación, o el Iva del 21 por ciento podría igualarse al del audiovisual del 10%  entre otras medidas.

Como decía, el sector audiovisual y las artes escénica se benefician de un IVA del 10%, llamado IVA cultural. Me parece una medida necesaria pero la denominación no es precisa en realidad se trata de un “Iva reducido para ciertos sectores de la cultura”. Los compradores de arte tanto antiguo como moderno son consumidores de cultura ¿o no?. Me pregunto por qué es “más cultural” la compra de un libro, la asistencia a una película que la adquisición de un cuadro de un artista vivo o muerto. En este país se gobierna a base de prejuicios, y sobre el mundo del arte abundan, así que me temo que mis ojos no verán salir el sol del día que se considere que mi sector es merecedor de estar incluido en el llamado Iva cultural, posiblemente porque quien recupera, pone en valor, divulga y finalmente pone en el mercado patrimonio artístico, parece que no se dedica exactamente a la cultura.

Dicho esto, todo va suficientemente rápido para que en un futuro no tan lejano veamos cambiar algunas cosas. Todo consiste en la importancia que una sociedad da a determinadas cuestiones. Seamos optimistas.

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