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el tintero / OPINIÓN

Año I CC (con covid)

Hace exactamente un año estábamos rumoreando, mientras esperábamos que comenzara la mascletà, si se suspenderían las Fallas y lo veíamos casi como una locura paralizar algo tan gigantesco y miren como estamos un año después

10/03/2021 - 

El maldito covid es mucho más que un virus que comenzó en China hace más de un año y que en pocos meses se extendió por todo el mundo con una preocupante y escalofriante velocidad y facilidad. Cuando estamos en el aniversario del primer año de la nueva era que parece que esta pandemia inaugura en nuestro mundo actual, las políticas y las decisiones de muchos gobiernos analizadas desde un punto de vista de derechos fundamentales y libertades públicas, están guiadas por la prohibición, cancelación, anulación, derogación y un sinfín de restricciones a las situaciones más básicas y cotidianas. 

El argumento supremo es siempre el mismo: derecho a la vida y a la salud, y aquí entramos en terrenos y planteamientos tremendamente contradictorios, que por supuesto incomodan al poder. El derecho a la vida reconocido en el art. 15 de nuestra Constitución no sólo se defiende manteniendo a los ciudadanos en casa o implantando ad eternum un toque de queda quizá también empleando muchos más recursos económicos y materiales para cuidar la integridad física de sanitarios, empleados de hospitales y miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, por ejemplo. Colectivos que, pese a su entrega y trabajo sin descanso, se han sentido maltratados cuando no abandonados. 

La prueba sobre cómo reacciona una sociedad que se considera moderna y avanzada, e incluso reivindicativa ante una restricción tan potente y prolongada de sus derechos más básicos, en mi humilde opinión, es desoladora. Todos actuamos bajo el miedo, que como bien sabemos es libre, y también bajo una bondad infinita que nos hace pensar que los gobernantes son: buenas personas, diligentes en sus actuaciones y además conocen mucho más que nosotros sobre qué y cómo hay que actuar. Tres variables que son cuestionables y en muchos casos rotundamente falsas.

FOTO: EFE  

De ahí que un año después de ver como podemos perder el derecho a salir a cenar o a pasear solos por un parque sin usar mascarilla, no dejo de preguntarme si el ser humano tiende con excesiva facilidad a acatar normas por ilógicas que puedan ser, contradictorias o incluso contraproducentes. Podemos afirmar que en la esencia de las personas hay un ánimo de obedecer para sentirnos buenos ciudadanos y casi sin percatarnos vamos anulando el juicio, la razón y el espíritu crítico. Características propias de una sociedad democrática. Admito que puede ser un poco tremendista esta visión, pero piensen cuantas cosas están prohibidas o lo han estado y parece que en cualquier momento pueden volver a estarlo. 

Se habla, especialmente en esta semana, de los derechos fundamentales, entre otros el de reunión (art. 21, CE) o el de circular por el territorio nacional (art. 19, CE), y salvo en contadas excepciones, y cuando la presión mediática y social se pone manos a la obra, estos y otros tantos derechos empiezan a parecernos una quimera. Expertos juristas alertan constantemente de la colisión de derechos fundamentales, de la compleja convivencia de unos y otros, pero mientras los políticos toman decisiones que afectan de una manera brutal a nuestra vida en aspectos cada vez más elementales. Me recuerda mucho al famoso síndrome de la rana hervida, que no explicaremos, pero puede encontrar fácilmente en internet.  

Ojalá esta columna que sirve de triste aniversario de un año terrible sea la primera y última de este tipo y a partir de ahora, pese a las no Fallas, pero la segura primavera, unido a la vacunación (realizarla como toca y sin descanso también sería garantizar el derecho a la vida) y el descenso de fallecimientos, nos haga recuperar la libertad y con ello avancemos hacia una deseada prosperidad. A los ciudadanos no nos interesa estar presos de subvenciones y ayudas, pero no tengo tan claro que a muchos políticos les incomode tanto una sociedad amordazada y asustada que pueden controlar y dominar a golpe de boletines oficiales del Estado y de las CCAA. 

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