VALENCIA. “[Dar] el sosiego necesario al que se dedica a su formación cultural, al mismo tiempo que se lleva la tranquilidad a las familias de los alumnos residentes” en un momento de crecimiento del volumen de estudiantes y de “modernas orientaciones concebidas cada día con espíritu más liberal”. Esta es la justificación con la que el despacho del arquitecto Javier Goerlich argumentaba la necesidad de levantar una residencia de estudiantes para Valencia, un proyecto reflejado en un memoria que fue firmada en agosto de 1935 y que hoy descansa en el Archivo General de la Administración, en Madrid. Si bien bajo el genérico nombre de ‘residencia’ no resulta del todo familiar, la cosa cambia cuando se habla Colegio Mayor Luis Vives. Proyectado durante la Segunda República, fue en 2012 cuando cerró sus puertas, el edificio es uno de los ejemplos de desarrollo educativo en la ciudad y, no menos importante, destaca por su inconfundible estilo arquitectónico, el de un Goerlich por el que se podría trazar una ruta en la ciudad.
Con la incógnita en torno al futuro del inmueble, la Institució Alfons el Magnànim-Centre Valencià d’Estudis i Investigació y David Sánchez Muñoz, doctor en Historia del Arte y técnico especializado en patrimonio cultural de la Universitat de València, han editado un libro que compila la importancia del espacio desde el punto de vista formal y humano. Así, el estudio La Residencia de Estudiantes y la Ciudad Universitaria: el Colegio Mayor Luis Vives recorre el proyecto y puesta en marcha de un edificio que se ha convertido casi exclusivamente en el único referente valenciano de carácter público de la arquitectura racionalista de las primeras décadas del siglo XX, una construcción “estilo barco” que hoy languidece en la avenida Blasco Ibáñez rodeada de facultades.