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NO ÉRAMOS DIOSES. DIARIO DE UNA PANDEMIA #30

¡Arriba, mis librerías!

24/04/2020 - 

VALÈNCIA. El experto de las cejas —esas cejas en las que me reconozco— asegura en la tele que la epidemia del coronavirus evoluciona mejor de lo esperado. Lo ha dicho que una comparecencia en la que se han conocido los últimos datos de la incidencia de la peste china: 22.157 muertos y 213.024 infectados, según las cifras oficiales. El número de fallecidos ha experimentado otro leve repunte, hasta los 440.

Hay algo que no acaba de cuadrar. Llevamos casi mes y medio de arresto domiciliario, incluidas las dos semanas en que estuvo paralizada la economía, y no bajamos de los 400 muertos ni de los 4.000 contagiados diarios. Sin embargo, las autoridades sostienen que la situación mejora. Los medios adictos al régimen añaden que la curva se ha estabilizado. ¿Mejora? ¿Estabilización? Llegará el momento en que esa mejora tenga que darse por fuerza porque no quedará población libre de la influencia del virus.

Como otra cortina de humo, una de tantas con las que se entretiene a las audiencias agradecidas, el Gobierno calamidad presenta, por mediación del filósofo Illa y el vicepresidente comunista, las condiciones en las que los menores de 14 años podrán salir a la calle a partir de este domingo. Enseguida el vicepresidente comunista se hace el amo de la escena. Viste un traje gris claro y una camisa blanca. Se ha sabido que se compra ropa en Zara, la empresa que denostaba no hace mucho por estar en manos de un explotador.

Como siempre, emplea un tono de seminarista (Stalin tampoco llegó a tomar los hábitos) para buscar la complicidad de los interlocutores. En esta ocasión se dirige “a los niños y a las niñas”, futuros votantes, no se nos olvide, a los que pide “perdón” por los fallos de comunicación del Gobierno, es decir, por los errores cometidos por sus socios socialdemócratas que habrá que combatir cuando llegue el momento oportuno.

Los viejos de 80 años, marginados de las UCI

Los niños son merecedores de toda clase de cuidados pero no así los viejos. Nadie se acuerda de estos últimos. Leo que menos del 2% de los pacientes de más de 80 años, enfermos de coronavirus, fueron tratados en la UCI de un hospital. Los dejaron en planta, a la espera del desenlace. Muchos fallecieron por no recibir la atención adecuada. Otros pacientes de menor edad sí la tuvieron. Me resisto a dar por buena esta práctica inmoral y repugnante. Parece una eutanasia encubierta.

Escaparate de la librería La Guarida de las Maravillas en València.

Quién me lo iba a decir. En la farmacia hay mascarillas. ¡Hurra! El dueño me ha ofrecido de dos tipos: las de 0,95 euros y otras caras, que cuestan más de siete. Puestos a gastar, elijo las segundas. Me he llevado cuatro y un bote de gel hidroalcohólico. Pero no hay guantes. Y sin guantes el riesgo de contagio es elevado.

Los parados no acuden al campo, y eso que pueden compatibilizar el jornal con la prestación por desempleo. Las cosechas pueden perderse por falta de mano de obra. El 90% de los temporeros son extranjeros. Un agricultor extremeño revela que los españoles sólo aguantan un día en el trabajo. Si no fuese por los inmigrantes, no sé qué íbamos a comer.

El Día del Libro más triste

Hoy, 23 de abril, se conmemora la muerte de un fracasado que escribió su gran obra teniéndolo todo en contra, en una España gobernada por manos corruptas e ineficientes, como la de hoy. Apenas hemos avanzado. Aquí escribir es llorar y huir.

Ha sido un triste Día del Libro porque las librerías están cerradas. Me he acordado de algunas que he visitado: de las librerías Popular y Herso en Albacete; de París-Valencia y Soriano en València; de Santos Ochoa en Logroño y Torrevieja; de La Central y Visor en Madrid; de Ulises en Benidorm.

¡Qué mal lo deben de estar pasando sus dueños y empleados! Esta crisis ha sido lo que necesitaban los canallas de Amazon para acabar con las librerías pequeñas e independientes.

Por mí no quedará. Cuando me dejen salir del cautiverio, iré a València a comprar una pila de libros, no todos ellos de ocasión, como acostumbraba.

Sin libros, como sin cines o teatros, una ciudad es más pobre y menos interesante.

Los libreros saben que contarán conmigo y con muchos lectores, que tampoco esta vez los dejarán tirados. Los libros, que son el carburante del pensamiento y la crítica, serán un dique de contención contra la barbarie que nos aguarda en los próximos años.

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