El arte como mapa: de los modelos de Nantes y Oviedo al futuro de València

Arte y fotografía

Nantes guía al viajero con la línea verde de Le Voyage à Nantes. Oviedo invita a descubrir sus calles a través de esculturas de personajes literarios, históricos y populares. València inicia ahora su propio proyecto para convertir la literatura y el cine en una nueva forma de descubrir la ciudad

  • Nantes
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VALÈNCIA. La ficción saldrá de los libros, los cómics y el cine para instalarse en las calles de València y convertirse en una nueva forma de descubrir la ciudad. El Niño Aragonés y Doña Manuela, protagonistas de Arroz y tartana, ocuparán la plaza del Mercat, donde Vicente Blasco Ibáñez situó parte de la acción de la novela. En el barrio del Carmen, Mortadelo y Filemón tendrán su propia escultura en las inmediaciones de la calle de Dalt, junto a algunas de las localizaciones donde Javier Fesser rodó La gran aventura de Mortadelo y Filemón, incluida la recreación de la célebre 13, Rue del Percebe. 

No serán esculturas aisladas. Forman parte del proyecto con el que el Ayuntamiento de València quiere crear una ruta dedicada a personajes de la literatura y el cine vinculados a la ciudad. Más allá de su valor artístico, la propuesta plantea una forma distinta de descubrir València, enlazando cultura, patrimonio y gastronomía e invitando a vecinos y visitantes a recorrer rincones menos transitados, favoreciendo un turismo más pausado y distribuido.

Las esculturas del Niño Aragonés, Doña Manuela y Mortadelo y Filemón constituyen solo la primera etapa de un proyecto concebido para seguir creciendo. El objetivo es crear un museo al aire libre formado por personajes de novelas y películas ambientadas en València, representados a tamaño natural y situados en los escenarios donde transcurren sus historias. Cada pieza incorporará un código QR con información sobre la obra y su contexto. Aunque todavía no se han anunciado las siguientes incorporaciones, el estudio que sirve de base a la iniciativa incluye títulos como Cañas y barro, Flor de mayo, L'Espill, El chico que robó un millón, Todos a la cárcel, Tranvía a la Malvarrosa o Tomorrowland.

La idea no es nueva, aunque sí inédita en València. Ciudades como Nantes y Oviedo llevan años demostrando que el arte al aire libre puede convertirse en una herramienta para descubrir una ciudad desde otra perspectiva. La primera lo hace a través de un itinerario que enlaza patrimonio, arquitectura y creación contemporánea; la segunda, convirtiendo sus calles en un museo habitado por personajes históricos, literarios y populares.

Nantes: el arte como hilo conductor

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Visitar Nantes es seguir una línea verde, casi como Dorothy seguía el camino de baldosas amarillas en El mago de Oz. Pintada sobre el suelo, se extiende a lo largo de más de veinte kilómetros, cruza plazas, se adentra por callejuelas estrechas, bordea edificios históricos y atraviesa jardines. No solo guía hacia los monumentos imprescindibles de la ciudad; también invita a desviarse para descubrir una obra de arte, una fachada singular o un rincón que probablemente pasaría desapercibido sin ese trazo.

Seguirla es, en realidad, adentrarse en Le Voyage à Nantes. Nacido en 2011, el proyecto ha convertido el arte en la mejor carta de presentación de la ciudad. A cada pocos metros, el recorrido sorprende con una nueva intervención integrada en el paisaje urbano. En el Jardín Botánico se alza L'Homme de bois, de Fabrice Hyber, una escultura realizada con madera de árboles de Nantes que gotea agua de forma constante y que, con el paso del tiempo, irá cubriéndose de una pátina natural sobre la que crecerán musgos y helechos. 

Entre las primeras obras que transformaron el paisaje urbano destaca Les Anneaux, de Daniel Buren y Patrick Bouchain. Los dieciocho anillos metálicos iluminados en el muelle de los Antilles se instalaron en 2007, antes de que naciera Le Voyage à Nantes, y hoy son uno de los lugares más fotografiados de Nantes. En ese recorrido, cuatro fuentes llaman la atención de quien se detiene a observarlas. A simple vista parecen cuatro fuentes de hierro fundido del siglo XIX, coronadas por las características cariátides diseñadas por el escultor nantés Charles-Auguste Lebourg para el filántropo británico Richard Wallace. Durante décadas permanecieron inmóviles, sosteniendo el peso de la estructura y ofreciendo agua a los viandantes. Hasta que el ilustrador Cyril Pedrosa imaginó que aquellas figuras femeninas habían decidido abandonar, por fin, el papel que les había sido asignado. En cuatro intervenciones repartidas por la ciudad, las cariátides bajan de sus pedestales, caminan, conversan y emprenden una huida que se convierte en una metáfora de la libertad y la emancipación.

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La línea verde también conduce hasta Les Machines de l'Île, otro de los grandes símbolos de Nantes. El elefante mecánico de doce metros de altura, creado por François Delarozière y Pierre Orefice sobre los antiguos astilleros de la ciudad, resume la misma filosofía que inspira Le Voyage à Nantes: convertir el espacio urbano en un lugar donde el arte, la imaginación y el patrimonio dialogan con naturalidad. 

Esa capacidad del arte para cambiar la forma de recorrer una ciudad resume el espíritu de Le Voyage à Nantes. El proyecto enlaza patrimonio, arquitectura y creación contemporánea a través de una línea verde que sigue creciendo edición tras edición. Hoy reúne 84 obras permanentes repartidas por la ciudad, fruto de un festival que cada verano incorpora nuevas intervenciones, algunas destinadas a integrarse de forma definitiva en el paisaje urbano. La 15.ª edición, que se celebra del 4 de julio al 6 de septiembre de 2026, inaugura un nuevo ciclo inspirado en los cuatro elementos. La Tierra es la protagonista de este año y sirve de punto de partida a una serie que continuará con el Agua, el Aire y el Fuego. La fórmula sigue demostrando su capacidad de atracción: la edición de 2025 registró 741.266 visitas en los espacios contabilizados del recorrido, un 8 % más que el año anterior en el mismo perímetro de medición.

Quince años después, aquella línea verde sigue demostrando que una ciudad también puede descubrirse siguiendo una obra de arte tras otra.

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Oviedo: un museo al aire libre

En Oviedo los personajes de ficción abandonan las páginas de los libros para mezclarse con quienes pasean por sus calles. Ana Ozores dejó atrás Vetusta —el nombre ficticio con el que Leopoldo Alas, Clarín, retrató una ciudad inspirada en Oviedo— para instalarse en la plaza de Alfonso II el Casto. Allí permanece, con la mirada dirigida hacia la catedral, mientras tras ella se alza la torre desde la que don Fermín de Pas observaba la ciudad con su catalejo cuando «la heroica ciudad dormía la siesta».

A diferencia de Nantes, donde un proyecto cultural dio forma a un recorrido, en Oviedo el museo al aire libre se construyó poco a poco, fruto de una apuesta sostenida durante décadas. A partir de los años noventa, el Ayuntamiento comenzó a incorporar esculturas al espacio público con la intención de acercar el arte a la ciudadanía y convertir el paseo por la ciudad en una experiencia cultural cotidiana.

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El resultado es una colección de más de un centenar de esculturas que conviven con la vida diaria y transforman cualquier paseo en un encuentro inesperado con un personaje histórico, un escritor, un artista o una escena costumbrista. Concebidas a escala humana y sin grandes pedestales, forman parte del paisaje cotidiano.

Así, Mafalda espera sentada en un banco del parque de San Francisco. Quino la inauguró personalmente en 2014, tras recibir el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Desde entonces, el banco rara vez permanece vacío. No porque Miguelito o Susanita la acompañen, sino porque siempre hay alguien dispuesto a compartir unos minutos —y una fotografía— con ella.

No muy lejos de allí, Woody Allen camina por la calle Milicias Nacionales como un ovetense más. Su presencia recuerda las palabras con las que el director describió la ciudad al recoger el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2002: «Oviedo es una ciudad deliciosa, exótica, bella, limpia, agradable, tranquila y peatonalizada; es como si no perteneciera a este mundo... Oviedo es un cuento de hadas». 

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Unos metros más allá, en la plaza Porlier, el viajero de El regreso de Williams B. Arrensberg, de Eduardo Úrculo, continúa aguardando junto a sus maletas, como si estuviera a punto de emprender un nuevo viaje.

Aquí no hay una línea que marque el recorrido. Cada paseante construye el suyo propio, casi como en un Elige tu propia aventura, descubriendo las esculturas al doblar una esquina o adentrarse en una calle. La mayoría se concentran en el casco histórico y el Ensanche, por lo que pueden recorrerse fácilmente a pie, aunque el Ayuntamiento también propone cuatro itinerarios temáticos —Mujeres, Oficios, Literario y Personalidades— para explorarlas.

El proyecto del Ayuntamiento de València todavía está dando sus primeros pasos. Nantes y Oviedo muestran que, cuando el arte sale a la calle, deja de ser únicamente un elemento decorativo para convertirse en una forma de recorrer la ciudad. Ahora será València la que deba demostrar si sus personajes son capaces de convertir la ficción en un nuevo mapa para descubrir la ciudad.

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