VALÈNCIA. Son las luces las que crean las sombras, y cada cual tiene su sitio donde puede, donde quiere o donde le colocan. Podría parecer que Antonio Palomino vive bajo el foco de sus frescos de la Basílica de la Virgen de los Desamparados o la Iglesia de los Santos Juanes en València, pero la mayor parte de su obra y su contribución al arte español se ha quedado agazapada en la Noche Barroca.
Más allá de ser un nombre y un apellido imprescindible para entender el patrimonio valenciano, el Museu de Belles Arts reivindica, en la primera retrospectiva dedicada a Antonio Palomino, a un "artista total", que no solo creó sino también teorizó sobre la escena pictórica española.
Cerca de 70 piezas procedentes de una veintena de colecciones desvelan la figura del pintor y tratadista. El comisario José Riello materializa años de investigación rescatando de archivos y depósitos obras apenas vistas o directamente desconocidas para el gran público. Pero, ¿por qué la Historia del Arte tiene esa deuda pendiente? La respuesta está en los tiempos en los que vivió.
Palomino habitó el tránsito entre el Barroco y la Ilustración y, en palabras de Riello, "no supo o no quiso enterarse de lo que estaba cambiando". Ferviente defensor del Antiguo Régimen, el cordobés acaba representando el principio y el final de una época.
El final es evidente; el principio es más complejo. Su tratado El museo pictórico y escala óptica fijó algunas de las bases sobre las que después se construiría el relato del arte español, diferenciándolo de otras escuelas europeas y reivindicando rasgos como su vocación realista. También reunió las biografías de decenas de artistas y dibujó el marco desde el que todavía hoy se estudia la pintura española del Siglo de Oro, con Velázquez como gran referencia.
La exposición se articula en cuatro ámbitos que permiten recorrer todas las facetas de Palomino. Y esas facetas son, en realidad, indisociables entre sí: para el pintor, la creación artística estaba al servicio de una Monarquía que se concebía como garante de la fe católica.
Su formación religiosa no fue un elemento accesorio de su trayectoria, sino una parte esencial de su pensamiento. En sus escritos defendió que el pintor debía poseer un conocimiento intelectual que trascendiera la mera destreza técnica para ser capaz de representar los grandes misterios de la doctrina cristiana. Destaca, en este sentido, sus estudios sobre la Inmaculada Concepción, aún no convertida en dogma; un misterio que Palomino intenta desentrañar a través de diferentes alegorías, aquí vistas en lienzos de gran formato.

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- Foto: MIGUEL LORENZO / MUBAV
La sección dedicada a sus obras de temática teológica sirve para entender también su propia evolución como pintor. Empezaría “balbuceante” y copiando a sus referentes, y acabaría demostrando su propia maestría. Su acceso a la Corte, el contacto con otros artistas de renombre y, especialmente, la influencia de Luca Giordano, acabarían formando el artista que fue.
Como otros grandes artistas barrocos, Palomino entendía la pintura como una disciplina capaz de dialogar con la arquitectura, la escenografía o los rituales urbanos, y así lo demuestran los frescos pero también otras obras derivadas de su trabajo al servicio de la Corte. Palomino fue también un artista de encargos, y eso permite incluir, por ejemplo, un boceto del estudio arquitectónico de los frescos que finalmente diseñaría para la Basílica de la Virgen de los Desamparados.
Palomino, un teórico entre dos épocas
El recorrido concluye con el tratado que terminó convirtiéndose en su legado más influyente. Publicado en tres volúmenes entre 1715 y 1724, El museo pictórico y escala óptica no solo aspiraba a enseñar el oficio del pintor, sino también a reivindicar la pintura como un arte liberal en un momento en el que ese debate todavía seguía abierto en España. Sus páginas reunieron conocimientos acumulados durante generaciones y fijaron un canon que marcaría la historiografía artística durante siglos.
Pero ese mismo tratado refleja también el límite de su mirada: mientras Europa comenzaba a abrirse a nuevos modelos estéticos e intelectuales, Palomino permaneció fiel al universo barroco que había contribuido a consolidar. Su obra terminó convirtiéndose así en el testimonio brillante de un mundo que estaba a punto de desaparecer. Más aún al cruzar el hecho artístico con el inevitable shock histórico del cambio dinástico de los Austrias a los Borbones. Cuando se cumplen trescientos años de su muerte, el Belles Arts saca de las sombras su obra más allá de sus bóvedas valencianas.