VALÈNCIA. Por mucho que desde la política se crea que ya se ha contado todo sobre la represión franquista y sus consecuencias a lo largo de gran parte del siglo XX (hay quien se atreve a decir que incluso demasiado), solo hace falta acercarse a alguna familia que las haya sufrido y preguntar. Ahí estará el silencio impuesto, los dóndes, cómos y cuándo aún sin resolver; heridas que no solo nunca se han cerrado, sino que ni siquiera han empezado a supurar.
Y es que la memoria no siempre se hereda, a veces también tiene que reconstruir desde esos fragmentos y silencios. En Memòria de l’Oblit. La repressió franquista a la Safor, la fotoperiodista Eva Máñez se adentra en ese territorio incierto donde la historia oficial aún no ha llegado, pero sí persisten las marcas de la violencia.
“El proyecto nace de una inquietud personal por entender qué había pasado en mi entorno más cercano. Había muchas historias que estaban ahí, pero que nunca se habían contado del todo”, explica a este diario.
Como cualquier otro lugar, la comarca de La Safor contiene todas las caras de esta represión; pero cada caso es también único. Por un lado, fue uno de los últimos territorios de la II República en caer; por otro, están las montañas que sirvieron a los maquis; y la playa, desde donde bombardeaban las tropas italianas y huyó parte del último gobierno repúblicano, se convertiría después en uno de los primeros laboratorios del modelo turístico de las últimas décadas de dictadura, que pervive actualmente.
Con todo esto, Máñez combina investigación histórica y práctica artística, imagen y texto, a una colección de historias que forman un mapa cruel.
La fotógrafa define este trabajo, en su prólogo, como un “ejercicio de memoria sin venganza”. “Es una advertencia a esa gente que tiene miedo a la memoria democrática. No se trata de rendir cuentas con una libreta para ir apuntando quién denunció a quién. Pero la gente sí necesita una reparación. Sí hace falta qué a quién se le incautaron tierras, reconocerlo. Esto es una reparación simbólica”, explica.

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En ese ejercicio, amplía el campo de estudio de su proyecto anterior, Paterna. Memòria de l’horror, centrado en la fosa más grande de España. De hecho, cerca de una treintena de personas de La Safor también acabaron en ese punto negro del fascismo.
Si bien los episodios más cruentos de la Guerra Civil se han contado largo y tendido, aún es una cuenta pendiente documentar la represión estructural que se mantuvo durante décadas. Torturas, incautaciones, denuncias, modelos de territorio…
“La represión, en su conjunto, en realidad es un tema que se ha tratado muy poco. Y creo que después de una década de exhumaciones, es un buen momento para abordarlo, para abrir el foco”, señala. También con la intención de que las víctimas “vean que esa historia de su familia no es solo una historia familiar, sino que es una historia colectiva”.
Una fotografía; un encuentro
El libro lo componen, esencialmente, una serie de retratos que recogen, de paso, los testimonios de las personas represaliadas y que buscan justicia y memoria para un ser querido. Máñez llega a ellas muchas veces con la ayuda de asociaciones civiles, pero también del boca-a-oreja. Algunas hablan y después prefieren que no se publique su historia finalmente por vergüenza o miedo al señalamiento. Las supuestas heridas cerradas.
“En Xeraco, recojo una historia, y después de eso, casi me llevan casa por casa para recoger otras historias. Y en todas había pasado algo. La represión fue generalizada, estructural y se mantuvo a lo largo de toda la dictadura; incluso algunos coletazos siguen actualmente”, relata Máñez.
El texto resultante es un resumen de un encuentro de horas. La fotoperiodista recoge unas notas, le da forma, las devuelve a la persona que ha dado su testimonio y las finiquita. La fotografía no es un mero registro, sino que retrata personas que miran a cámara “porque están interpelando a la persona que lee el libro”. “También porque siento que están mirando al futuro”, completa.
Las presentaciones del libro o la exposición que acompaña este proyecto acaban removiendo las historias familiares, conectando intergeneracionalmente, activa testimonios, genera pensamiento crítico donde antes había una distancia generada por el miedo.

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Exhumaciones
El punto de partida del proyecto fue el inicio de las exhumaciones en la fosa de Gandia. Un caso que, para Eva Máñez es paradigmático y símbolo de que los recursos que ha tenido Paterna no han sido la regla sino la excepción (y aún, insuficientes).
El juez que instruía el caso decidió investigar los crímenes como violentos, haciendo un procedimiento diferente a lo que solían hacer en otros juzgados. Ha tenido durante años los cuerpos retenidos y sin posibilidad de identificación por parte de los familiares. Ayer, la Associació de Víctimes del Franquisme de Gandia anunció que se han identificado por fin los primeros cuatro cuerpos.
Pero la reparación será, como mucho, parcial. Parte de la fosa está bajo un nicho, construido encima y que dificulta muchísimo más el proceso burocrática y económicamente. “El maltrato a las víctimas de La Safor es un ejemplo cruel y equiparable a la tortura”, sentencia la periodista.
Por eso quería que el libro no fuera solo a partir de la fosa. Porque hay mucho más allá que contar y reparar. Y también, por qué no, a las personas que no se sienten víctimas del franquismo, hay mucho más allá de mirar de una forma diferente, crítica: las huellas de lo que sucedió y siguen presentes.