VALÈNCIA. ¿Cómo termina un ingeniero forestal convirtiéndose en una de las grandes figuras del arte español de la segunda mitad del siglo XX? Con mucha curiosidad. Aunque puedan parecer mundos contrarios, el conquense Gustavo Torner, fallecido en 2025, conjugó de manera singular su visión sobre la naturaleza, una mirada analítica y reflexiva que tradujo en una obra que explora con ahínco las leyes que rigen nuestro entorno. “La realidad es solo aquella parte que vemos, que conocemos, pero yo quiero que la realidad coincida con naturaleza”, expresaba.
Parte de ese legado intelectual se cobija ahora en València gracias a la exposición La armonía secreta del pensamiento, que presenta Fundación Bancaja, un recorrido por cinco décadas de producción, con piezas que van de 1955 a 2004, y que supone el gran homenaje de la ciudad al artista tras su fallecimiento. “Era un hombre tremendamente reflexivo, que entendía el arte más como plantearse preguntas que como la búsqueda de respuestas”, señaló la comisaria de la exposición, Alicia Vallina, quien presentó la muestra este jueves junto al presidente de la fundación, Rafael Alcón.

Esta idea de Torner como un “gran curioso”, una de las palabras que más se repitió durante la presentación, es algo de lo que él mismo era consciente, de la importancia de usar la obra de arte como vehículo para el conocimiento. “La magia del arte puede hacer que coexista lo terrible y lo sublime a la vez, porque plantea más profundas preguntas. El arte no enseña con respuestas, sino con la ampliación de preguntas”, reflexionaba el propio artista. El arte como “forma de conocimiento” y “herramienta de reflexión”, subrayó Alcón, es el pilar de una carrera y, por ende, de una exposición que quiere ofrecer un fotografía global de su trayectoria, marcada por obsesiones mantenidas en el tiempo pero con soluciones creativas que le llevaron a explorar distintos recorridos.
En este sentido, resulta especialmente interesante observar la obra más antigua que presenta Fundación Bancaja, el Bodegón del cesto (1955), una pintura que convive en pocos metros cuadrados con algunas esculturas de pequeño tamaño, como La rectitud de las cosas I (1980), u otras piezas en las que juega con el ensamblaje de materiales como tableros, correas de cuero o una cinta métrica, como son Homenaje a Pitagoras I (1965) o Medida de la vida (a Jorge Manrique) (1975).

El hilo invisible que conecta sus obras a través de los años es esa búsqueda constante del orden oculto de la naturaleza, un trabajo que pasa por descifrar las leyes matemáticas y geométricas que la sostienen. Lo hace desde una doble vía, pues desde la razón y a partir del conocimiento científico sobre el entorno natural se conecta con un lenguaje místico y trascendental que es igual de importante y que culmina en una obra que no trata de imitar la naturaleza sino de desvelar sus estructuras, ritmos y tensiones. “Todas sus obras son armónicas, son refugios para el silencio”, declaró la comisaria.
Con La armonía secreta del pensamiento, Fundación Bancaja se convierte en la sede del gran homenaje de València a un Gustavo Torner que, siendo artista autodidacta, fue figura clave en la consolidación de la abstracción en España, también como parte de la creación del Museo de Arte Abstracto Español junto a Fernando Zóbel, una trayectoria en la que también se desarrolló como museógrafo, llegando a colaborar en la reestructuración de las salas de pintura flamenca del siglo XVII en el Museo del Prado.