VALÈNCIA. Desde el aeropuerto de Tempelhof en Berlín se puede contar parte de la historia reciente de Europa. Concebido como símbolo de poder de la Alemania nazi -no en vano, fue el edificio más grande del mundo hasta la construcción del Pentágono en Estados Unidos-, la terminal fue un enclave estratégico desde entonces y durante las décadas posteriores, en las que pasó a ser espacio de resistencia democrática durante el bloqueo soviético a Berlín Occidental, al ser usado por los aliados para abastecer a los aislados habitantes de la zona.
No sería hasta el año 2008 cuando el aeropuerto cesó definitivamente sus operaciones convirtiéndose en un gran parque que ha acogido distintos eventos sociales y culturales, entre ellos algunos festivales de música, un espacio que también fue utilizado en 2015 como albergue temporal de refugiados.
Este simbólico espacio es el objeto de estudio de una de las obras más monumentales del artista Anselm Kiefer, que desde esta semana se puede ver en el Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH) como parte de la exposición individual que le dedica el centro, un doble hito, pues es la primera propuesta temporal del museo desde que abriera sus puertas al público en noviembre de 2023 y, además, la primera que protagoniza el artista en casi dos décadas en España, siendo en 2007 cuando el Museo Guggenheim de Bilbao le dedicó una retrospectiva.
Sobre la obra, que hasta ahora solo se ha visto en una exposición en Nueva York en 2022, tan solo hemos contado la mitad de la historia. Hay más. El espacio que Kiefer presenta, con apenas una sombras tras la ventana como habitantes, está cubierto por pan de oro, un brillo que corona el inmueble y que hace referencia al mito de Dánae -que da nombre a la obra-, que narra cómo el rey Acrisio de Argos la encerró para evitar la profecía de que su nieto lo mataría. Zeus, sin embargo, burló el encierro convertido en lluvia dorada, dando luz Dánae a Perseo.
Ambicioso montaje

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- Foto: KIKE TABERNER
“Para mí, la historia siempre ha sido una materia, como la arcilla para el escultor que la modela para crear su propia historia”, afirmaba el propio artista. La mitología, la literatura o la música son una constante en la obra de Kiefer, en la que conviven con los ecos de una infancia profundamente marcada por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, un diálogo que tiene, entre otras consecuencias, esta monumental Danaë. “Kiefer combina en esta pieza sus temas favoritos, la mitología griega y la historia alemana”, relató Javier Molins, director artístico del CAHH y comisario de la exposición, quien describió la pieza como “el Guernica” del alemán.
Molins presentó la exposición junto a la mecenas Hortensia Herrero, quien destacó de la obra como “siempre hay luz” a pesar de que el primer impacto sea “duro”. El acto, que no contó con la presencia del artista por motivos de salud, llega tras varios días de intenso trabajo para transformar el Palacio Valeriola, una reconfiguración que ha obligado a mover unas 60 obras y vaciar seis galerías para abrir paso a la imponente obra de Kiefer en un recorrido que incluye la sala de exposición permanente con la que ya contaba el centro, en la que se presentaban tres piezas.
El montaje ha sido todo un reto, como lo fue en su día la instalación de las mencionadas piezas, para lo que se tuvo que reforzar la estructura del centro debido al gran peso de las obras, una instalación que ha funcionado como un reloj y que se inició, en realidad, en Francia, donde el artista tiene su estudio. “Cuando visitamos a Kiefer en su estudio de Croissy me quedé impresionada porque había recreado a escala real las salas de este centro con la selección de obras idóneas”, desveló Herrero.
"Ningún paisaje es inocente”

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- Foto: KIKE TABERNER
“La idea era profundizar en las obras que hay en la colección porque la obra de Kiefer es un océano inabarcable. Hay tantas lecturas, tantas capas, que uno puede llegar a perderse”, señaló Molins sobre unas piezas de la colección que son parte del recorrido y punto de partida intelectual del proyecto. Es el paisaje es el tronco central que conecta la selección de piezas que desde hoy se exhiben en el CAHH, unos paisajes que, si bien, cuentan con numerosas capas en las que se van desvelando las obsesiones del artista, un relato en el que se integran también las constantes referencias culturales que, muchas veces de manera explícita, forman parte de su producción.
“Esta exposición es una buen ejemplo de la obra de Kiefer porque tenemos referencias a mitos griegos, presentes en obras como Elektra o Danae; tenemos a poetas como Walther von der Vogelweide o Rilke, o el mito germánico de Walhalla, que aparece en la ópera de Wagner, porque Kiefer quiere confrontar ese pasado trágico de Alemania, en el que el nazismo se apropió de símbolos como Wagner”, apuntó el comisario. “En estas obras podemos ver belleza pero también historia, literatura, naturaleza, amor o tragedia. Como dice Kiefer, ningún paisaje es inocente”.
Ese paisaje poco o nada inocente tiene que ver con la huella que dejamos los humanos en él, bien sean las de un encuentro amoroso o las de la guerra, espacios que el alemán captura en su ausencia de virginidad. Esos espacios, por cierto, también pasan por lo íntimo, pues la selección incluye la obra Des Malers Atelier (El taller del pintor), en el que pinta uno de los pabellones de cristal en La Ribaute, la antigua fábrica de seda en la que Kiefer fijó su estudio en 1992, o una de sus vitrinas, Johannis Nacht, con helechos en su interior.

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- Foto: KIKE TABERNER