Michavila, de principio a fin

Arte y fotografía

Fundación Bancaja conmemora el centenario del nacimiento del artista con una gran retrospectiva que viaja por sus obsesiones: la música, la ciencia o la Albufera

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VALÈNCIA. Las normas establecidas nunca fueron con Joaquín Michavila. Cuenta Horacio Silva que durante una de sus singulares clases, Michavila sorprendió a los presentes poniendo un álbum de Bach, con la pieza Tocata y fuga en re menor, sin apenas ofrecer una explicación al respecto. Tras el asombro inicial llegó el gozo de la escucha en silencio y un final de trayecto que regresó a la casilla de salida, la de la sorpresa: la tarea que encomendó a sus alumnos era pintar una portada para esa música que acababan de escuchar.

Esta anécdota, que relata Silva en el documental Mestre de mestres, producido por el Taller de Audiovisuales de la Universitat de València, encapsula en gran medida quién era aquel Michavila en el que convergen muchos Michavilas: el pintor, el docente y el eterno alumno. El curioso, siempre curioso. Hablamos del maestro de maestros, sí, pero también del aprendiz de aprendices, aquel apasionado del teatro o la ciencia, que amaba la filosofía y la naturaleza. El Michavila del Centre Excursionista y el presidente de la Real Academia de Bellas Artes San Carlos.

Todos esos Michavilas, de principio a fin, se dan cita en la gran exposición retrospectiva con la que Fundación Bancaja conmemora el centenario de su nacimiento. El centro cultural configura así un “retrato total” del artista valenciano -Ximo, tal y como reivindica el título de la muestra-, un creador de “extraordinaria inquietud creativa e intelectual”, señaló el presidente de Fundación Bancaja, Rafael Alcón, quien presentó la muestra junto al comisario de la exposición, Juan Manuel Bonet; y la hija del artista, Carmen Michavila.

Esta retrospectiva ofrece una mirada amplia a una producción que, antes de llegar a la abstracción paisajística por la que fue tan reconocido, marca su inicio en una fase figurativa inicial, un punto de partida que nos lleva a los años 50 y unos primeros retratos en los que pinta a su padre en la biblioteca o a Joan Fuster, uno de los escritores con los que, como Francisco Brines, con quien viajó a Francia, Suiza o Alemania, frecuenta el pintor por aquel entonces. 

Entre València, Cuenca y Roma

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Profundamente marcado por la Guerra Civil, que le dejó heridas físicas y morales en su condición de víctima de un bombardeo de la aviación franquista, Michavila se formó como maestro durante la posguerra, dando paso a unos primeros años de producción pictórica en los que representa lugares como la serranía de Cuenca, por la que le guía Fidel García Berlanga; Segovia, donde amplió su formación, o unas primeras representaciones de esa Albufera que años después sería su obsesión.

Roma, donde se desarrolló a finales de los 50 como pensionado de la Diputació de València, fue una ciudad clave para el desarrollo de un artista inquieto por naturaleza, un creador con una “curiosidad multiforme”, señaló Bonet, y que nunca pareció dar pasos atrás en su camino creativo. Sus ‘hogares’, que fueron tanto físicos como sociales, también fueron el Grupo Parpalló, fundado por Manuel Gil Pérez y cuyo principal impulsor fue Vicente Aguilera Cerni, y un menos estudiado Movimiento Artístico del Mediterráneo (MAM), impulsado por Juan Portolés Juan, un momento clave en su desarrollo que dio paso a una proyección internacional que le llevó a Buenos Aires o la Bienal de Venecia.

El “despegue” de Michavila llegaría como “geómetra sensible” en la década de los 60, etapa de la que la exposición muestra una nutrida selección de obras, época en la que tiene como faro a artistas como Auguste Herbin, Max Bill, Vasarely, el constructivismo ruso o el arte cinético y en la que funda el grupo Antes del Arte, al que pertenecieron artistas como Eusebio Sempere, José María Yturralde o Soledad Sevilla, entre otros. En este tiempo, como en todas sus etapas artísticas, se entretejen intereses que superan la pintura, como, en este caso, la astronomía. “Era una persona renacentista”, apuntó Bonet. 

Retorno a la Albufera

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Precisamente, este juego entre el Michavila pintor y el Michavila observador, el aprendiz constante, es una de las claves para entender su biografía y su obra, un camino que pasa por esa pasión por las ciencias pero también su acercamiento a disciplinas como el cine experimental o las artes escénicas, siendo no poco importante su labor como escenógrafo teatral, que queda reflejada en distintos documentos exhibidos y que forman parte del archivo custodiado por la Diputació. “El arte es una manera de representar de forma plástica mis pensamientos, esa parte tan oscura del alma que todos tenemos”, pronunció el propio Michavila en 2002 durante la presentación de una exposición en la misma Fundación Bancaja.

En 1978, tras una crisis, su psicólogo le dice que “vaya a un lugar agradable que le inspire”, señaló el comisario, otro momento clave en el que da por agotado su ciclo de geometrías para iniciar un nuevo viaje. “Entonces coge el Land Rover y va a la Albufera”. El pintor vuelve entonces a aquel paisaje que ya había captado su atención en los años cincuenta, aunque en realidad no se trata de un regreso al pasado, pues aunque sea el mismo escenario no deja de ser el espacio en el que toma forma su obra del futuro.

La Albufera pasa a ser su nueva obsesión, que traslada al ciclo El Llac, con su subciclo El Riu, en el que Michavila se reinventa como impresionista abstracto, posando su mirada en un espacio con luces y sombras. “Yo creo que no es ecologista en el sentido militante, pero hay una conciencia del deterioro de que ese paisaje está condenado a reducirse”, apuntó el comisario. Prueba de ello es una selección en la que conviven algunas luminosas piezas con otras en las que llaman la atención por sus colores negros.

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Los colores del concierto de John Cage

Y, de nuevo, la música. El fin de trayecto de la muestra, como el de este mismo artículo, nos envuelve en notas musicales, como la propia biografía del pintor. No en vano, fue en la Coral Polifónica Valentina en la que conoció a su esposa, la soprano y profesora de canto y piano Carmen Mas, con quien en 1972 acudió al primer concierto de John Cage en España. Precisamente a él le dedica uno de los cuadros de esta última tanda de piezas, que se integran en el ciclo Contrapunto, en el que también rinde tributo a creadores como Kurt Weil, Arnold Schönberg o Pierre Schaeffer, creador de la música concreta. 

Para terminar la playlist, un bonus track, una última frase que, en este caso, corre a cargo de Carmen Michavila y que puede servir tanto de fin como de principio de la exposición: “El arte cura la salud del alma”. De principio a fin, Michavila.

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