VALÈNCIA. El personaje de María Magdalena es, probablemente, uno de los más enigmáticos y controvertidos del cristianismo y de entre los que más tinta se ha vertido. Entre la penitencia o la sensualidad, la “apóstol de apóstoles” ha sido utilizada como un símbolo que hoy coquetea con los estudios de género y hasta el pop, Ángela Carrasco y Dan Brown mediante. Todos quieren dar respuesta a esa gran pregunta -quién es María Magdalena- o, al menos, usarla como canal transmisor, una figura que ahora se erige como mujer de mujeres, espejo de las feminidades y de su representación a lo largo de la historia.
Quien busque respuestas concluyentes en este artículo, me temo, acabará decepcionado, aunque no por ello el relato merece poco la pena, el de una figura que ha interpelado durante siglos a propios y extraños y cuyo puzzle se completa en gran medida desde la historia del arte. En este sentido, algo de contexto para aquellos que optaran por Ética como asignatura optativa en la escuela. Son pocas las referencias a ella en el Nuevo Testamento, en este caso en tanto que testigo de la crucifixión de Jesús y su posterior resurrección, una ‘leyenda’ que engrosó cuando el papa Gregorio I, ya en el siglo VI, la identificó como María de Betania, hermana de Lázaro, una Magdalena que sería entonces la encarnación de la mujer pecadora. Todas las mujeres en una.
“Cuando se realiza esa síntesis, lo que se hizo fue ni más ni menos que esponjar enormemente el personaje. Al crear un personaje sincrético entre diferentes mujeres del evangelio se formó alguien mucho más humano”. Estas palabras las firma Pablo González Tornel, director del Museu de Belles Arts de València y comisario de la exposición Magdalena. Ni santa ni pecadora, una ambiciosa producción que propone una profunda reflexión historiográfica sobre la cultura visual del Barroco a través de una figura tan compleja e iconográfica como la de María Magdalena.

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- Foto: MUSEU DE BELLES ARTS/ MIGUEL LORENZO
La muestra reúne en torno a setenta obras de grandes maestros del Renacimiento y del Barroco como son José de Ribera, Artemisia Gentileschi, Pedro de Mena o Domenico Tintoretto, procedentes de instituciones como el Museo del Prado, los Musei Capitolini, las Gallerie Nazionali d’Arte Antica de Roma o el Monasterio de la Cartuja de Granada, además de los propios fondos del museo.
Pintura, escultura y obra en papel componen la exposición, algunas de “extrema delicadeza”, señaló el comisario, quien presentó la muestra junto a la consellera de Cultura, Carmen Ortí, y el presidente del Consell Valencià de Cultura, José María Lozano. Pero también en su envoltorio encontramos pistas sobre el proyecto. En los propios elementos de la museografía la exposición juega con esa idea de espejo, la de una María Magdalena que fue y es reflejo de cada época en la que fue representada así como, en algunas ocasiones, depositaria de las ambiciones de futuro.
La penitente y la "aventurera"

- Pablo González Tornel, Carmen Ortí y José María Lozano -
- Foto: MUSEU DE BELLES ARTS/ MIGUEL LORENZO
Fue en la Edad Media, con todo, cuando se fabricó esa María Magdalena compuesta de varias referencias, una fusión que sirvió al arte para ejemplificar la caída del ser humano y posterior redención en forma de prostituta arrepentida o mujer llorosa a los pies de la cruz. Destacan en esta primera sección obras como Cristo y la mujer adúltera, del pintor flamenco Anton van Dyck, en la que destaca la mano de Cristo abierta dirigida a la mujer, o la imponente Resurrección de Lázaro de Pietro Novelli, que recoge el momento en el que Jesús hace volver a Lázaro de entre los muertos, rodeado de distintos personajes entre los que se incluiría a sus hermanas Marta y María.
Precisamente acompañada de Lázaro, relatan leyendas posteriores, habría cruzado el mar mediterráneo huyendo de las persecuciones en Tierra Santa, un desembarco en la actual Saintes Maries de la Mer (Francia) que alimentó esa visión de una María Magdalena “aventurera”. La difusión de la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine convirtió a Magdalena en evangelizadora de la Provenza, momento en el que adquiere especial relevancia la confrontación con la imagen de la Inmaculada Concepción. La voluntad y el libre albedrío frente a la ausencia de pecado.
Las escenas narrativas dieron paso a una Magdalena penitente que concentró su representación en tiempos de Contrarreforma, brillantemente representada por Domenico Tintoretto o en la escultura de Pedro de Mena, siendo habitualmente reflejada con una calavera como símbolo de la fugacidad de la vida o un bote de ungüentos. Con estas obras comparte espacio la excepcional escultura de Pedro Duque Cornejo procedente de la Cartuja de Granada y que ha sido restaurada para esta exposición.
Un personaje "irreductible"

- La Magdalena penitente (Tintoretto) y María Magdalena como la Melancolía (Artemisia Gentileschi) -
- Imagen: Musei Capitolini/ Catedral de Santa María la Sede de Sevilla
La deliciosa María Magdalena como la melancolía de la italiana Artemisia Gentileschi sirve como una suerte de bisagra para acercarnos a la visión más ‘contemporánea’ del personaje, una evocadora obra en la que se representa entre el abatimiento y la reflexión intelectual, con la cabeza sostenida por la mano y mirada ausente. “Es una plasmación del carácter melancólico, vinculado al intelecto, a la inteligencia. Ya no es solo penitente, es inteligente, capaz de tomar las riendas de su propio destino”, explicó González Tornel.
La obra de Gentileschi, como si de una llave se tratara, sirve para abrir la última puerta de la exposición, que pone el foco en la soledad -y fortaleza- de la Magdalena, una sección que desarrolla hasta sus últimas consecuencias el análisis del libre albedrío y de la reflexión intelectual como vía de acción de la agencia femenina en la Edad Moderna. Así, María Magdalena se muestra como filósofa cristiana, mujer de libros e intelectual refinada, en convivencia con los desnudos de Girolamo Sciolante da Sermoneta y Pietro Negri, “en el que dos hermosas mujeres reclaman, como Magdalena, la autonomía de su persona”.
“Además de personaje del evangelio, se convirtió en un elemento en el que espejarse para muchas mujeres de los siglos XV y XVI”, apuntó González Tornel. Si bien, a partir del siglo XVIII la religión va dejando poco a poco de ser un elemento central de la vida y, con ella, su representación. “María Magdalena es retomada con movimientos posrománticos como el simbolismo, igual que se recuperan personajes como Ofelia. Tenemos Magdalenas muy sofisticadas, pero son ya algo anecdótico y vacío de contenido. Puramente decorativo”.
Quizá, pues, entre esas obras y esos espejos que habitan ahora el Museu de Belles Arts de València se encuentren las respuestas para recomponer desde 2026 a un personaje que “tiene la fuerza suficiente para ser irreductible”.